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Estupidez y pillaje: los dos carriles de la política cubana

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LA HABANA, Cuba.- La producción azucarera en Cuba ha muerto. No dejará de existir dentro de dos años como pronosticó el gobernante Miguel Díaz-Canel. Es un hecho. No vale la pena hablar de proyecciones a corto o mediano plazo. Ni siquiera es posible imaginar cómo será Cuba en 2024; pero al menos sabemos que su deuda externa crecerá en 100 millones de euros, puesto que de la nada, India ha decidido ocupar el lugar de los acreedores tontos, al abrir una línea de crédito para un país que le debe fortunas a medio mundo.

Según la nota publicada por Prensa Latina a propósito del acuerdo, los 100 millones podrían ser destinados a sectores como las fuentes renovables de energía, la agricultura o la biotecnología; pero no se precisa cómo ni cuándo serán invertidos. Lo más probable es que este capital termine donde mismo lo hizo el crédito ruso de 1200 millones de euros aprobado en 2016 para incrementar la generación eléctrica en Cuba entre 2022 y 2024. Basta observar la situación energética actual para comprender que aquella enorme cantidad de dinero fue destinada a fines oscuros, y que la suma aportada ahora por India no hará ninguna diferencia en la calidad de vida de un pueblo que ve aumentar la inflación y con ella el hambre, avivada por el martirio de los apagones.

El régimen sigue estrechando manos y estampando firmas sin dar explicaciones a los “electores”. Díaz-Canel reconoce el desastre de la industria azucarera y a la vez exhorta a utilizar la biomasa cañera para impulsar la generación de energía eléctrica, como si fuera una novedad y una solución factible a corto plazo. Pero ni una cosa, ni la otra.

En el año 2000 la generación de electricidad en los centrales azucareros a partir de esta fuente orgánica llegó a cubrir el 6.1% de la generación del sistema energético nacional. Han transcurrido más de veinte años, se han deteriorado tanto los centrales como las plantaciones de caña, y durante ese tiempo el sistema energético se hizo dependiente del combustible que llegaba gratuito y a borbotones desde Venezuela.

Sin materia prima, tecnología y mano de obra suficiente, no será posible resucitar lo que fue una industria próspera por más de tres siglos. Cualquier “enfoque” que proponga Díaz-Canel chocará con la verdad que el Partido Comunista se niega a admitir en toda su fatídica dimensión: no hay dinero para rescatar la industria que nos hizo país.

Entre 2002 y 2004 cerraron 100 centrales azucareros de los 156 existentes. Los que quedaron en pie continuaron operando en pésimas condiciones, rindiendo cada vez menos hasta el colapso actual, con la peor zafra en más de cien años, en la cual intervinieron 35 centrales y solo tres cumplieron su plan de producción.

No es posible que ahora la gran meta sea generar electricidad a partir de biomasa cañera, no habiendo siquiera caña que moler. Primero habría que recuperar miles de hectáreas de tierra, contratar abundante mano de obra y remunerarla con salarios acordes a la debacle ocasionada por Murillo. Habría que optimizar los centrales capaces de moler grandes volúmenes del cultivo, garantizar transporte y distribución (entiéndase cantidades ingentes de combustible), y disponer de una infraestructura tecnológica eficiente para transformar la materia orgánica en energía.

Esa hipotética recuperación estaría en manos del mismo régimen inepto y derrochador que lleva meses remendando antiguas termoeléctricas para “garantizar el verano”. Un gobierno que se rehusó a gastar en equipamiento moderno para evitar la crítica situación energética en que se halla el país, pero justo ahora, en plena bancarrota, propone una solución que demanda inversiones millonarias en tecnología, si realmente se quiere salir del atolladero.

Díaz-Canel planifica en base al dinero que no tiene, tal como lo hizo en abril pasado el primer ministro, Manuel Marrero, cuando exhortó a darle vida a Varadero más allá de sus hoteles; a embellecer sus espacios urbanos y sostener las ofertas gastronómicas. Y lo dijo como si sus anhelos fueran realizables con un golpe de varita mágica, porque en eso consiste la política económica cubana: traficar con fantasías.

Mientras se destruye el patrimonio agrícola del país, los verdaderos dueños del chiringuito multiplican las inversiones en la construcción de hoteles, las telecomunicaciones y las importaciones destinadas a los mercados online, donde se exprime a la emigración cubana. El resto no cuenta, pues mientras haya un “ñongo” de pollo o una salchicha por los cuales hacer cola, el pueblo seguirá sin prestarle atención al trasiego de millones entre gobiernos que son o se fingen idiotas y las arcas del castrismo, dueño de un país donde no hay nada que administrar, salvo el hambre de sus ciudadanos.

Díaz-Canel firma el acta de defunción de la industria azucarera, y López-Calleja presume el imponente hotel Be Live Collection La Habana, que abrirá sus puertas en agosto próximo, a despecho de la galopante miseria que se extiende por el país. Y después hay que leer en el diario Tribuna que un grupo de militares se interesa por “generar espiritualidad positiva en el pueblo”.

Esos son los “cuadros” que cobran miles de pesos por sentarse en una oficina con aire acondicionado para repetir las mismas sandeces, garabatear algo en sus agendas y engordar tres o cuatro libras más. A esos inútiles, entre los que figura Díaz-Canel, se les ha ordenado reconocer públicamente que la cosa está mala; mientras los pillos de verde olivo y guayabera la ponen peor sin dar la cara, ni dejar de engrosar sus cuentas en paraísos fiscales.

ARTÍCULO DE OPINIÓN
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