Desde Río hacia Tokio

Desde Río hacia Tokio

Los organizadores de la cita olímpica no decepcionaron

Estadio de Río de Janeiro (Foto: Mark J. Terrill/AP)
Estadio de Río de Janeiro (Foto: Mark J. Terrill/AP)

MIAMI, Estados Unidos.- Terminan las Olimpiadas de Río y lo que muchos anunciaban como la explosión de una tormenta perfecta finalmente se disipó. Crisis política, recesión, el zika, precisamente en la zona de la populosa sede de los Juegos, la inseguridad de las cercanas favelas pacificadas y problemas organizativos que incidieron hasta el último minuto no se conjugaron contra el evento deportivo que cedió dignamente el testigo a Tokio.

De la presente edición del 2016, con la particularidad de un encuentro deportivo inscrito en el período veraniego y celebrado en un punto del planeta que está en etapa invernal, quedan las imágenes de una inauguración y clausura sin grandes despliegues de tecnología, lo cual se tradujo en gasto mucho más ajustado a la realidad económica del país sudamericano. Con un coste diez veces inferior a los de Londres y la mitad del dinero utilizado en los de Beijing, los Juegos Olímpicos Río de Janeiro ofrecieron un espectáculo bello a fuerza de coreografías, luces y efectos digitales, ganando por ello el reconocimiento al esfuerzo de austeridad.

El efecto zika, que hizo temer por la celebración de los juegos, quedó anulado por el despliegue de una campaña de saneamiento que al parecer logró su objetivo principal de conjurar la amenaza. Al menos las noticias no reflejaron casos en la población ni entre los miles de participantes de la justa, competidores, delegaciones y turistas, que escogieron enfrentar los riesgos dimensionados a través de la prensa y voces reconocidas como las de Paul Gasol, que pusieron en duda su presencia en la competición. Pero casi coincidiendo con la inminencia inaugural de Río el zika hizo una abrupta irrupción en una zona de Miami, a muchos kilómetros al norte de la ciudad carioca. Cabe la pregunta si a los mosquitos trasmisores les dieron un acta de advertencia para que desaparecieran de la sede olímpica y de paso una especie de destierro temporal a las playas miamenses.

De la inseguridad poco se pudo hablar. Amén del reporte de algún robo, cosa imposible de impedir en tal conglomerado, las expectativas no se vieron superadas. El supuesto asalto armado denunciado por el nadador norteamericano Ryan Lochte, terminó siendo una farsa que ahora coloca al deportista contra las cuerdas de la credibilidad que su mentira infantil le puede generar. De política menos se puede decir. El impeachment contra Dilma Rousseff siguió su curso, paralelo a los eventos competitivos que centraron mayor atención entre los brasileños. El triunfo de la selección de futbol, la de voleibol masculino o la dupla masculina del voli playero bastaron para hacer olvidar los tejemanejes de la política nacional.

De esta justa merecen señalarse destellos individuales y de acciones específicas. La participación de un equipo excepcional conformado por deportistas refugiados trajo consigo historias de magnitud olímpicas. Una de ellas la de la nadadora siria Yusra Mardini, que salvó 20 vidas a golpe de brazadas para remolcar el bote averiado en que estas viajaban. Con ese acto la joven de 18 años se hizo acreedora de una presea más valiosa en reconocimiento a su calidad humana y deportiva. También quedará para la historia el detalle de la corredora Nikki Hamblin, quien abandonó su carrera en la clasificatoria de los 5 000 metros para auxiliar a otra competirá lesionada. Viendo el gesto de dolor de la norteamericana Abbey D’Agostino, la neozelandesa la ayudó a ponerse en pie, trató de llevarla hasta la meta y ante la imposibilidad de movimiento no dudó en quedarse a su lado hasta la llegada de los paramédicos. Un gesto que habla por sí solo del verdadero espíritu deportivo legado por Pierre de Coubertin, fundador de estos eventos en la Modernidad.

La edición del 2016 queda con el relieve de tres atletas épicos. Una gracia para quienes coincidimos en el espacio temporal de su existencia para ver la actuación combinada de Simon Biles, Usain Bolt y Michael Phelps. La jovencita norteamericana se llevó las palmas de esta Olimpiada, Bolt logró igualar el record en medallas de Carl Lewis y Phelps, contra todos los pronósticos, se convirtió en el deportista olímpico con mayor cantidad de medallas (28) obtenidas en estas justas. Junto a ellos, historias humanas que hablan de superación personal.

Emocionante la despedida de Marta Karoly. El trabajo de esta entrenadora legendaria, junto al de su esposo Bely, enlaza el resultado de dos genialidades de la gimnasia femenina: Nadia Comaneci y Simon Biles. Con ellas Karolyi cierra un formidable ciclo de destacadas actuaciones iniciado por el fenómeno rumano y el culmen de la inspiración que este dio al desarrollo de los equipos ganadores norteamericanos.

Pero en Río también se han roto mitos. El más espectacular el de la nadadora Simone Manuel, primera afronorteamericana en subirse en el podio dorado en una competencia que ha sido señalada como imposible para los deportistas de raza negra por razones morfológicas. Manuel se colgó cuatro medallas, dos de ella de oro. Otro que parece ponerse cada vez más en evidencia es el del amateurismo que ha sido señalado como características en estos eventos. La participación de atletas profesionales se hace cada vez más amplia y frente a ello no queda disminuido el papel de muchos llamados amateurs.

Por otro lado Río ha sido la Olimpiada que reconoció con plenitud la participación de competidores transgénero. El caso de la jugadora de rugby Isidora Cerullo abre una interrogante, no sobre el derecho de los LGBT a competir en eventos de alta competitividad,  sino en la justeza de las posibilidades que tiene un transgénero masculino integrado en el grupo femenino con el que se identifica en su nueva identidad.

Con la muerte de la llama olímpica, vencida por una cascada de lluvia, parte artificial y parte real, se cierran las puertas de Río. Desde ahora mismo comienza el camino hacia el llamado país del Sol naciente. Japón será la meta de un recorrido que durará cuatro años y que traerá nuevas experiencias e historias. Ojalá cuando llegue la hora no se tengan que lamentar las mismas fotos sobre el destino sufrido por instalaciones costosas de anteriores sedes. Ejemplo palpable en las divulgadas de Atenas y Beijing. Triste contemplar las de la capital griega en un estado peor, en comparación, al que presentan las célebres ruinas de la lejana civilización helénica.

Por ahora Tokio es una incógnita abierta con la esperanza de ver a una delegación rusa en toda su capacidad competitiva, el vencimiento del dopaje y sus nocivas consecuencias, la asimilación real del espíritu de estos juegos deportivos donde lo que debe importar es el ser humano que compite y no la bandera o la ideología que con ella se arropa. Nuevas sorpresas vendrán con nuevos rostros y aquellos conocidos que se empeñen en competir hasta el último momento por la gloria de una medalla. Sorpresas no habrá de seguro en el respetuoso comportamiento que la cultura nipona imprime a su gente y el uso de la tecnología, a la que el genio nipón seguro acudirá para provocar exclamaciones como aquel “¡Derrrroche de tecnología!” del desaparecido narrador cubano Héctor Rodríguez (nunca supe si marcada por el asombro, el desprecio o una mezcla de ambos sentimientos) cuando Sídney encendió su pira olímpica.

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