Derechos humanos por muslitos de pollo

Derechos humanos por muslitos de pollo

La pandemia demostrará que Cuba está a años luz de la “soberanía alimentaria”, que consiste en comer lo que seamos capaces de producir; o sea, casi nada

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Policía media en cola para comprar alimentos. La Habana, Cuba (foto: AFP)

LA HABANA, Cuba. – Lo peor de ser un país subdesarrollado, bajo una dictadura y en medio de una pandemia, no es el miedo a enfermarse y acabar en uno de los destartalados hospitales de nuestro sistema de salud; tampoco el hambre que estamos pasando y que va a multiplicarse en días venideros; ni siquiera la incertidumbre sobre cómo y cuándo va a acabar esto, porque si miramos bien a nivel global, los países con mayores recursos están sufriendo cuantiosas pérdidas económicas a pesar de tener una productividad y un balance de importación-exportación infinitamente más saludables que el nuestro.

Atrapados entre dos contingencias abrumadoras, los cubanos somos más pobres y dependientes de la dictadura que nunca. En este momento no tenemos de dónde sacar el básico ni el extra que ayudaba a llegar a fin de mes. No hay trabajo ni invento. Frente a la inflación desbocada muy poco alivian las remesas, que también van disminuyendo conforme se complica la situación de los familiares en el exterior, golpeados por la misma crisis en formas que los de aquí no podemos entender, porque hemos crecido dando por sentado que lo único que importa es “la jama”.

Nada puede ser peor que no ver el final de esta nueva “coyuntura” y comprobar cómo el dinero ahorrado a costa de tanto esfuerzo, seguramente con propósitos más inspiradores que poner un plato de comida en la mesa, desaparece a velocidad meteórica sin que la dictadura presente un plan de ayuda para mitigar el impacto de la recesión en los hogares. En lugar de soluciones, las familias cubanas escuchan los disparates de Rodrigo Malmierca, titular de Comercio Exterior e Inversión Extranjera, sobre recuperar prácticas del Período Especial, a la par que asegura que la cosa no está como en los años noventa, que “se tienen mejores condiciones para enfrentar los actuales desafíos”.

Así habla el ministro mientras cierran gran cantidad de comercios, supuestamente para evitar aglomeraciones, y la policía exige el carné de identidad en las colas para obligar a la gente a comprar en su municipio, como si hubiera un mercado abastecido en cada esquina. Racionamiento, localismo, represión. Esas son las medidas que prepara el régimen castrista, “con mentalidad optimista y al mismo tiempo realista”, palabras también de Malmierca. La recua de gordos que improvisa tras el timón de esta nave al pairo llamada Cuba, hablan de optimismo, seguridad alimentaria y derecho al desarrollo delante de un pueblo que se levanta a las tres de la madrugada para marcar en las colas, durmiendo en aceras y portales, a la espera de que repartan los turnos para comprar pollo.

Si colosal resulta el descaro de los ministros en televisión, peor es la ignorancia, inducida o voluntariamente cultivada, de una ciudadanía que no comprende que su enemigo jurado es este sistema antinatural que ha llenado el país de planes porcinos para reconocer públicamente, desde antes de la pandemia, que la carne de cerdo escasea. A ese mismo sistema debemos una empresa de cárnicos a base de soya y un Complejo Lácteo que en plena crisis no produce leche en polvo, yogurt ni queso.

En los agromercados decrecen los lotes de viandas, frutas y vegetales, pero nadie se pregunta por qué culpan a Estados Unidos si solo el 7% de las tierras cultivables en la Isla cuenta con sistema de riego artificial. Después de 61 años del “triunfo” la agricultura depende casi en su totalidad de la lluvia, debido a la falta de inversiones en el renglón primordial de sustento para el pueblo.

La pandemia demostrará que Cuba está a años luz de la tan presumida “soberanía alimentaria”, que consiste en comer lo que seamos capaces de producir; o sea, casi nada. No hay modo de sustituir importaciones porque no existe la producción nacional, y la alimentación de 11.2 millones de ciudadanos no es algo que se resuelva exportando médicos, café, tabaco y ron; mucho menos con lo que roban esos intermediarios convenientemente descartados por los operativos policiales televisados, que siempre apuntan al delincuente de más abajo.

De cara al revés económico provocado por la COVID-19, la mayoría de los países están reservando para consumo nacional los bienes o excedentes que antes exportaban. Cuba, en cambio, no tiene con qué responder a la demanda de un pueblo que durante años ha reducido drásticamente sus expectativas, conformándose cada vez con menos, a condición de que sea masticable.

La COVID-19 ha puesto al mundo entero en la línea de arrancada para volver a empezar, enfatizando más que nunca los beneficios del mercado libre, la empresa autónoma y un Estado que actúe como regulador, sin entorpecer el desarrollo de los sectores productivos. El castrismo, en su lógica, apuesta a lo contrario. La mayor de las Antillas continuará fuera de esa ecuación, esperando migajas de los países “hermanos” y canjeándole a Estados Unidos derechos humanos por muslitos de pollo.

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Acerca del Autor

Javier Prada

Javier Prada

La Habana, 1979. Graduado de Lengua Inglesa por el Instituto Superior Pedagógico “Enrique José Varona”, durante ocho años fue maestro en los niveles de enseñanza Medio y Superior, donde también debió impartir clases de Historia de Cuba debido al déficit de personal docente. Desde 2014 se desempeña como profesor particular de inglés. En su tiempo libre se dedica a la pesca y el dibujo. Actualmente incursiona en la prensa independiente.

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