Deambulantes en Cuba: los dueños de la calle

Deambulantes en Cuba: los dueños de la calle

En su mayoría, se trata de personas abandonadas por su propia familia, discapacitados o jubilados que piden limosnas para vivir, algunos sin viviendas donde pernoctar

(Foto de la autora)

VILLA CLARA, Cuba. – El hedor que desprende la ropa de Gilberto se percibe a varios metros del lugar donde está sentado. Los niños que juegan en el parque le han lanzado escupitajos y chorros de agua fría que sacan de un pozo cercano. Gilberto García dice que se llama así, pero no recuerda con exactitud si este año cumple 56 o 57 años. Su aspecto, no obstante, lo hace ver como un señor mayor. Está vestido con un pantalón verde olivo y un abrigo roto que le regalaron para cubrirse del frío en etapa del año.

Gilberto sabe que apesta a orina, a grasa, a humo de tabaco, por eso asume que los niños lo atormenten, que le lancen latas vacías para hacerlo enojar. Apunta que no está loco, que vive en la calle porque se quedó sin techo a causa de un conflicto familiar por la vivienda donde residía. Gilberto está catalogado a instancias psíquicas y gubernamentales como un habitante de la calle, como una persona con conducta de deambulante.

El parque donde permanece Gilberto está atestado de gatos callejeros que hurgan en la basura en busca de restos de comida. A menudo, los vecinos del lugar le han visto luchando con los gatos para extraer alguna lata o pedazo de aluminio que le sirva para vender a materias primas. “Yo no como de la basura”, advierte él, sin embargo. “Lo que hago es pedir, lo que me puedan dar, y con eso me compro una pizza o una hamburguesa con un refresco. Siempre cae algo a diario. Yo no molesto a nadie”, recalca.

Santa Clara es una de las ciudades de Cuba con mayor número de personas que viven y duermen en las calles. Así lo ha reconocido la prensa oficialista que, en 2016, se hizo eco de la apertura de un centro de clasificación de deambulantes, el cuarto del país, para “encaminar y reinsertar” a quienes reúnan características tales como discapacidad o enfermedad psiquiátrica y comportamientos como el asedio al turismo o alcoholismo extremo. Una vez dentro del establecimiento eran alimentados, aseados y una comisión médica y de asistencia social determinaba si debían ingresar en asilos o se ponían a cargo de familiares cercanos.

Muchos de los deambulantes que alguna vez fueron tratados allí regresaron a las calles a pedir limosnas y a pernoctar en las aceras una vez que le “otorgaron la libertad”. El propio incremento de estos vagabundos en el último año apunta al mal funcionamiento del proceso de reinserción social que alguna vez se propuso dicho centro. Por otra parte, quienes aún no cumplan los 60 años están despojados del derecho a ingresar a un asilo de ancianos subvencionado y, los que se acojan a estos servicios, deben renunciar a su “chequera” de jubilación, en caso de que la posean, razón principal de que prefieran mendigar o dormir en las aceras.

Uno de los problemas principales que ocasiona la actual proliferación de los deambulantes es el constante asedio al turismo y su estancia en centros gastronómicos o en las puertas de las tiendas de divisa. “Aquí viene una mujer con sus niños, los veo desde chiquitos pidiendo”, comenta una trabajadora del bar del Hotel Central, un sitio prácticamente exclusivo para el turismo por sus altos precios. “Se paran afuera y les piden a los extranjeros. No sé si tienen casa o no, pero se pasan la vida en la calle. Algunos de los que piden limosnas aquí no gritan ni molestan, pero los turistas se quejan, sobre todo, por el mal olor que traen. Al final, esto es un lugar para su disfrute”.

Marisol espera todas las noches a que los dependientes de las pizzerías cercanas al parque Vidal saquen las bolsas negras de basura. Dentro hay muchos recortes de la pasta, lo suficiente para comer ella y guardar para el desayuno. “Están limpiecitas, no tienen nada, las botan casi enteras”, repite cuando alguien se le acerca a criticar su conducta. “Yo no rompo los sacos, yo nada más reviso a ver qué hay”, dice la mujer con un notable déficit mental. A Marisol le han dicho tantas cosas que se ha tornado indolente a las burlas. Le gritan asquerosa, loca, le piden que se vaya de los lugares públicos por la propia suciedad de su ropa y el tufo que su cuerpo segrega. En varias ocasiones ha amanecido cubierta de orine, suyo o de los perros que la acompañan cuando se acuesta en los portales. Dice que no tiene familia o, tal vez, ha querido olvidar que alguna vez la tuvo.

Camas de piedra

En los bancos de la terminal intermunicipal duerme “Chocolate”. Lo apodan así y se reserva el nombre por temor a que vayan a recogerlo, porque no quiere regresar a la casa donde vivía con su hermano. “Ya yo he tenido algunos problemitas…Este es mi banco y todo el mundo lo sabe”, espeta con cierta autoridad. “Yo lo cogí y el que venga tiene que irse porque es mío”. La cama de granito de Chocolate está bajo una cornisa. Si llueve, solo se salpicará un poco, por eso le gusta su banco. Se trasladó hacia ese sitio para evitar el bullicio del parque central y las molestias de los policías y los perros callejeros que suelen ladrar toda la noche. “Allá no se puede descansar, aunque se encuentran más cosas baratas para comer”, cuenta. “Yo me paso el día de aquí para allá, pero vengo a dormir aquí”.

La mayoría de la población de deambulantes que existe en la cabecera provincial está conformada por personas abandonadas por su propia familia, discapacitados o jubilados que piden limosnas para vivir, algunos sin viviendas propias donde pernoctar. Diversos factores, entre ellos, la poca remuneración que perciben como subsidio, ha obligado a muchos ancianos que sobrepasan la tercera edad a pedir dinero para suplir sus necesidades básicas o bien para mantener vicios de alcohol o cigarro.

Aun cuando en Cuba no existe ley alguna que prohíba permanecer en las calles, el código penal, en su artículo 275, establece la privación de libertad para “el que abandone a un incapacitado o a una persona desvalida a causa de su enfermedad de su edad o por cualquier otro motivo siempre que esté legalmente obligado a mantenerlo o alimentarlo”. La sanción, en estos casos, puede ser de tres meses a un año, o la aplicación de una multa de cien a trescientas cuotas. Además, “si como consecuencia del abandono se pone en peligro la vida de la víctima, o se le causa lesión o enfermedad grave, la sanción es de privación de libertad de dos a cinco años”.

Yusniel Becerra, un taxista que trabaja, fundamentalmente, en áreas de la terminal, conoce las historias de gran parte de los callejeros que permanecen en este lugar. “Algunos me han dicho que fueron combatientes. Les gusta estar haciendo sus cuentos, no sé si son reales. Hay muchos que tienen familia, pero no los quieren., y no veo que les pase nada por abandonarlos. Uno, a veces, anda quejándose con lo que la vida nos da y, mira a estas personas, están peor que cualquiera. La gente pasa y les da siempre alguito para comer, aunque algunos de ellos prefieren tomarse el dinero. Oye, me parte el alma verlos dormir allí con este frío”.

La casa de “Chocolate” es la calle y su banco la cama. Tanto los parques, como las terminales o los portales que circundan el parque se convierten en el hogar de los deambulantes. Los pozos antiguos situados en algunas esquinas les proporcionan el agua potable. A dos cuadras de la plaza central de la ciudad, mendigos y vagabundos acostumbran a bañarse a la luz pública, tender su ropa y dormir en las noches sobre los incómodos asientos de hierro y madera. Forman, incluso, parejas entre ellos y defienden el derecho a su propio territorio. En ocasiones, la policía se los lleva del lugar, cuando protagonizan algún escándalo público o molestan a las bandadas de extranjeros que se pasean con cámaras por el centro histórico.

Tanto “Chocolate” como Rolando, también “propietario” de otro de los bancos, recogen cajas de cartón en la basura para cubrirse del frío en estas noches de enero. “Cuando cae la madrugada es cuando pela el mono”, dice “Chocolate”. “Uno termina acostumbrándose al hambre, a la frialdad, a todo se acostumbra uno”. Ni él, ni los suyos, se bañan a menudo, ni se cambian la ropa durante semanas. Se le has visto cargar con sacos, también usados como almohadas, donde acumulan sus pocas pertenencias. “Cuando los baños de la terminal están abiertos hacemos ahí las necesidades. A veces, nos dejan entrar gratis”, agrega el viejo. “A nadie le gusta vivir así, pero mis huesos me duelen para trabajar. Además, aquí nadie me dice lo que tengo que hacer”.

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