Aquella Habana que sabía reír

Aquella Habana que sabía reír

Benny Moré, Rita Montaner, Guillermo Álvarez Guedes y Candita Quintana: ¡Oh, La Habana de los años 50! ¡Qué ganas de vivir!

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Benny Moré arrollando a paso de conga con Rita Montaner, Guillermo Álvarez Guedes y Mimí Cal

LA HABANA, Cuba -Tengo ante a mí a Benny Moré arrollando a paso de conga en fila con Rita Montaner, Guillermo Álvarez Guedes, Mimí Cal y otros famosos de La Habana en los 50. Con los brazos en cruz, las risas de oreja a oreja y todo el esqueleto en acción, resulta obvio que están pasándola de maravilla. Tanto que a pesar de verlos mediante una borrosa instantánea en blanco y negro, uno se siente contagiado con su alegría.

La foto fue tomada en el año 1954, durante el show “La Calle”, en el Cabaret Montmartre, cuya ubicación, en calle P, esquina a Humboldt, en el Vedado, ostenta la curiosa peculiaridad de recordarnos juntos los tres momentos históricos más significativos para la vida de los habaneros a lo largo de más de medio siglo.

Desde París hasta La Habana pordiosera de hoy, pasando por la meca del estalinismo en tiempos de los vulgares mega-establecimientos. La simple mención del Montmartre nos fulmina la mente, recreándonos, en primer lugar, una idea de lo que pudo ser el esplendor de las noches habaneras de cabaret, antes de 1959, codo a codo con las mayores luminarias del espectáculo, tanto nacionales como internacionales: Celia Cruz o Edith Piaf, Maurice Chevalier o Ernesto Lecuona o Nat King Cole o Agustín Lara; Olga Guillot o María Félix… Y de seguida, nos remite al restaurante Moscú, el cual, con todo y sus mesas en estricta hilera, su bullicio y su ambiente de comedor obrero, ha pasado a ser parte irremediable de nuestra nostalgia.

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El anuncio de Montmartre, en la calle P, al fondo se ve el Hotel Nacional

Muchos aquí recuerdan todavía al Moscú como el restaurante más grande de la Isla, otorgando al dato una importancia que tal vez no merezca. Hay quienes aseguran que es el único sitio en que han comido caviar. En tanto otros lo guardan agradecidos en su memoria como una plaza idónea para el intercambio de inquietudes intelectuales o de cualquier otro tipo; o para la primera cita amorosa, o para la celebración en familia de fechas u otros acontecimientos de común relevancia.

Lo cierto es que aquella madrugada de los 80, cuando el Moscú encontró su fin envuelto en llamas, moría por segunda vez allí el símbolo de una época, al tiempo que el lugar pasaba a simbolizar otra época nueva, que aún perdura, y sólo Dios sabe hasta cuándo: la etapa de la devastación, las ruinas, la fealdad y la miseria extrema.

Quien no tenga presente la inutilidad administrativa y la enfermiza desidia de nuestras autoridades, no hallará explicación al abandono que ha sufrido, durante más de 30 años, el inmueble donde estuvo el Cabaret Montmartre y luego el restaurante Moscú, ubicado nada menos que al pie de La Rampa, céntrica y populosa como pocos sitios de La Habana, y además muy visitada por el turismo extranjero.

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La esquina de 23 y P, en el Vedado habanero, en 1960 y 1990

Su único beneficio, en tres décadas y, claro, al margen de la ley, ha sido el de albergue de perdularios: alcohólicos, vagabundos, inmigrantes de provincia sin hogar, desahuciados sociales… La entrada principal fue tapiada por quienes al parecer ignoraron que los pobres huéspedes accedían (y aún acceden,) al local por su parte trasera, en la calle Humboldt, desde donde se aprecia vívidamente la atmósfera de morada fantasma, no apta para inocentes, que ocupa casi una cuadra de largo.

Parte el alma el espectáculo que hoy ofrece el antiguo Cabaret Montmartre, o el antiguo restaurante Moscú, descascarado, sucio, con los rezagos ruinosos de aquella entrada en la cual, para que no le falte sustancia, murió aparatosamente un famoso sicario de la dictadura de Fulgencio Batista, el coronel Antonio Blanco Rico, acribillado por la metralla de Rolando Cubelas y Pedro Carbo Servia, ambos del Directorio Revolucionario.

¿Lograremos ver la salvación de este museo del discurrir histórico de La Habana en los últimos cincuenta años? Por lo pronto, una cosa sí podríamos asegurar, y es que no auguramos la menor posibilidad de salvación histórica para quienes lo condenaron.

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Acerca del Autor

José Hugo Fernández

José Hugo Fernández

José Hugo Fernández es autor, entre otras obras, de las novelas El clan de los suicidas, Los crímenes de Aurika, Las mariposas no aletean los sábados y Parábola de Belén con los Pastores, así como de los libros de cuentos La isla de los mirlos negros y Yo que fui tranvía del deseo, y del libro de crónicas Siluetas contra el muro.

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