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Miércoles, 22 de noviembre 2017

Danza macabra

Un solo video se erige en testimonio incontestable de la verdad: la colosal pérdida de valores que sufre la sociedad cubana

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WEST PALM BEACH, Estados Unidos.- El video ha sido viral en las redes En poco más de 24 horas –entre la tarde de este lunes 11 de abril de 2016 y las primeras horas de la noche del martes 12– había sido compartido 42 mil veces  y tenía casi 4 millones de reproducciones. Y la cuenta seguía subiendo exponencialmente. Las imágenes que muestra son más elocuentes que cualquier palabra: niños de no más de 7 u 8 años, con uniforme escolar, se contorsionan en el frenesí de un baile lascivo en lo que obviamente es una escuela primaria cubana. En torno a ellos se escuchan voces (¿sus maestras?, ¿algún otro adulto responsable de cuidarlos y educarlos?), animándolos alegremente, a todas luces gozando del espectáculo.

Aberración, atrocidad, perversidad, vileza, son los adjetivos más bondadosos con los que se podría calificar a los responsables de este hecho.

Los cuerpos de los niños se enroscan y arquean con espasmódicos empujes de las caderas al ritmo de la música, la chiquilla sube su delgada pierna hasta la cintura del chico, o bien se vuelve de espaldas, arrimando sus infantiles nalgas a la pelvis de él, que también imita rítmicamente gestos sexuales propios de los adultos en plena intimidad.  En un momento del baile el niño se tiende sobre el suelo, mientras su compañera de “baile” se agacha entre contoneos, con las piernas abiertas, sobre el bajo vientre del chiquillo, mientras alrededor el jolgorio general llega a su clímax.

Tan insólito divertimento, digno de un prostíbulo o de un club nocturno de la peor categoría, se extiende por cinco minutos y medio, para angustia de cualquier espectador decente y para regocijo de los que alientan  a los danzarines, sin que algún educador o autoridad escolar ponga fin a la lujuriosa danza.

Con seguridad, estos inocentes, con sus pañoletas azules al cuello, sus  blancas camisas y sus pocas cuartas de estatura son de los mismos que juran cada mañana “ser como el Che”, cantan el himno nacional o saludan la bandera tricolor. Cuesta imaginar lo que opinarán otros padres, más responsables y comprometidos con sus familias,  acerca del peculiar “ambiente recreativo y cultural” en que están creciendo sus hijos y de los beneficios que ofrece la muy cacareada educación gratuita, prenda suprema de la superioridad del sistema educativo cubano, ése que es tan elogiado en los foros y organismos internacionales como ejemplo a seguir incluso por los países desarrollados.

He aquí que un solo video se erige en testimonio incontestable de la verdad que se viene denunciando sistemáticamente desde años atrás por numerosas voces de la sociedad civil independiente de la Isla: la colosal pérdida de valores que sufre la sociedad cubana, el escandaloso deterioro de pedagogos y “educadores” que incide directamente sobre la deformación de las más jóvenes generaciones, la inmoralidad que invade incontables hogares y familias cubanas, cuyos miembros ven con beneplácito la precocidad (y procacidad) de sus hijos, despojados de la  conmovedora ingenuidad de la infancia antes de cumplir su primer decenio de vida. ¿Repetirán esta vez, los defensores del castrismo, que se trata de una patraña de los enemigos de la revolución?

Ciertamente, son muchos los factores que han conducido a todo este descalabro moral: las pésimas condiciones habitacionales que hacen que decenas de miles de familias convivan en la mayor promiscuidad –donde adultos y menores comparten los mismos espacios reducidos y en ocasiones hasta las mismas camas–, las perennes carencias materiales, la desesperanza, la corrupción social generalizada, la supervivencia. Un proceso degenerativo característico del sistema sociopolítico impuesto a los cubanos desde hace casi seis décadas.

No faltarán quienes se encojan de hombros o tilden de mojigatos a quienes nos hemos perturbado y sentido repugnancia ante las imágenes que exhibe el video. Pero estos pequeños niños, así expuestos, en realidad han sido víctimas inocentes de quienes deberían velar por su cuidado y educación: sus padres, sus maestros y el sistema político que hipócritamente se presenta a sí mismo como guardián de la infancia.

Han sido violados los derechos de estos niños a la protección de los mayores, a crecer en un ambiente seguro y decoroso, a no ser expuestos públicamente y a recibir una educación apropiada dentro de parámetros y conductas morales universalmente reconocidas. Sin exagerar, estamos asistiendo a la consagración de un crimen que debería ser juzgado y condenado por todas las personas dignas y por las sociedades civilizadas. ¿Qué tienen para decirnos ahora los organismos e instituciones encargados de proteger a la infancia? ¿Acaso callarán ante esta atrocidad para seguir aplaudiendo condescendientemente las increíbles estadísticas oficiales cubanas y los fabulosos “logros” de la educación revolucionaria?

Sin embargo, el asunto no deja de tener una fuerte carga simbólica. La macabra danza de estos escolares lascivos parece encarnar el ritual funerario del que antaño fuera un sólido sistema educativo que formó generaciones de profesionales de alta calificación y amplia cultura.

En cuanto a las autoridades cubanas, habrá que ver cómo se las apañan esta vez para endosar este despreciable delito a alguna retorcida “maniobra de la derecha en contubernio con el Imperialismo”. La tienen difícil.

(Miriam Celaya, residente en Cuba, se encuentra de visita en Estados Unidos)
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Acerca del Autor

Miriam Celaya
Miriam Celaya

Miriam Celaya (La Habana, Cuba 9 de octubre de 1959). Graduada de Historia del Arte, trabajó durante casi dos décadas en el Departamento de Arqueología de la Academia de Ciencias de Cuba. Además, ha sido profesora de literatura y español. Miriam Celaya, seudónimo: Eva, es una habanera de la Isla, perteneciente a una generación que ha vivido debatiéndose entre la desilusión y la esperanza y cuyos miembros alcanzaron la mayoría de edad en el controvertido año 1980. Ha publicado colaboraciones en el espacio Encuentro en la Red, para el cual creó el seudónimo. En julio de 2008, Eva asumió públicamente su verdadera identidad. Es autora del Blog Sin Evasión

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