Cubanos paralizados por el miedo

Cubanos paralizados por el miedo

Cunde el pánico a “comprometerse” o “complicarse” por el mero hecho de emitir un criterio


LA HABANA, Cuba.- Varias veces, durante el año 2017, el equipo de CubaNet soportó inconvenientes para realizar su trabajo, y no necesariamente por culpa de la Seguridad del Estado. Sucede que, en proporción al agravamiento de la crisis social y económica en Cuba, ha aumentado la cantidad de personas que se niegan a opinar ante las cámaras, aun tratándose de temas poco o en absoluto relacionados con la política.

Además de la timidez, existen otros factores que impiden a los cubanos expresarse con coherencia y claridad. El miedo patológico a “comprometerse” o “complicarse” por el mero hecho de emitir un criterio, demuestra que las secuelas dejadas por décadas de represión y espionaje popular han paralizado a varias generaciones de criollos.

Si bien es cierto que hoy se cuestionan muchas cosas abiertamente y no es tan sencillo coaccionar a un ciudadano por decir lo que piensa, la sensación de inmovilismo sumada a la apatía general, ha producido una interesante estratificación en lo concerniente a la opinión pública.

De acuerdo a la experiencia del equipo de CubaNet, los cubanos no hablan por miedo, pero también por ausencia de interés e información. Sea cual sea el tema a tratar, no faltan respuestas como “yo no sé nada de eso”, el “apuro” evasivo, o “la política no me interesa” como si los interpelados vivieran en otra dimensión y la política fuera una galaxia paralela, divorciada de la vida cotidiana.

La paranoia colectiva que se ha vivido durante sesenta años de totalitarismo es evidente en la negación a responder con honestidad incluso cuando se trata de asuntos sociales que a todos nos conciernen. Abundan las personas evasivas que utilizan el apuro como escudo para huir de la respuesta y aquellas que no entienden la pregunta ni, aunque se emplee un lenguaje de pre-escolar. En contraste, no faltan quienes se tomaron en serio aquello de que “en cada cubano hay un comandante en jefe” y hablan tanto como el difunto, sin decir nada que valga la pena, por el mero hecho de no quedarse callado.

Algunas personas se niegan a responder porque asumen que “aquí todo se sabe” y las situaciones no se resuelven. A menudo nos devuelven una incómoda pregunta: “¿algo va a cambiar si hablo?”, como si el remedio estuviera a cargo de los periodistas. Es la reacción más lógica si se considera que la inmensa mayoría de los cubanos residentes en la Isla, han dejado su vida y su futuro a merced de un gobierno fallido desde todo punto de vista.

Los nacionales saben menos sobre su propio país que muchos turistas de a pie. Muy pocos se cuestionan la situación social y el destino político de la nación; y no hay nada más descorazonador que recibir una negativa a opinar porque “la empresa no lo autoriza”, aún si el tema en cuestión es de carácter personal.

La persistencia del miedo y la indiferencia en un contexto delicado, que demanda atención por parte de cada ciudadano, es la evidencia incuestionable de que la democracia en Cuba consiste en lanzar la afirmación más delirante, aunque la realidad indique lo contrario.

Los cubanos se consideran ciudadanos y hablan del país con las mismas palabras y entonación de la jerga oficialista; pero no están conscientes de que la ciudadanía es un concepto que cada sujeto debe llenar con su participación voluntaria y honesta.

Negarse a hablar por no buscarse problemas puede ser tan nocivo como las interminables apologías del oficialismo. Bajo esta premisa, no solo resulta difícil entender cuáles son los problemas de Cuba si sus habitantes no tienen nada que decir; también parece insensato esperar que la comunidad internacional demuestre la clase de interés que no se aprecia en los principales perjudicados.

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