Cubanos en el exilio: ¿Cucarachas que no acaban de morir?

Cubanos en el exilio: ¿Cucarachas que no acaban de morir?

Llamar “cucarachas agonizantes” a millón y medio de cubanos exiliados ―por la acción de una treintena de compatriotas pro-Trump― resulta, cuando menos, cruel.

Cafetería del restaurante Versailles, un popular sitio de encuentro de los cubanos exiliados (Foto: Sun Sentinel)

MIAMI, Estados Unidos. – Una columna reciente de nuestra colega Dora Amador resulta lamentable, un golpe bajo como respuesta al “golpe bajo” original (lo que ella llama un “acto de repudio” en El Versailles). Entre uno y otro, hay varias diferencias. El “golpe bajo” en la cafetería de la Calle Ocho sucedió: (a) ante unas 25 o 30 personas, (b) fue espontáneo, o sea, no planificado, en respuesta a la intromisión de Amador en un intercambio privado entre un cliente y una empleada, (c) duró quizás media hora, y (d) terminó enseguida, cuando Amador salió café en mano del lugar. 

El “golpe bajo” de Amador, por el contrario: (a) sucedió ante los miles de lectores de la publicación de marras, (b) fue meditado, planificado y calculado nítidamente, (c) perdurará por mucho tiempo mientras esté accesible a los lectores de esa página, y (d) nunca terminará, pues quedará en el ciberespacio para la historia.

Llamar ―por la acción de una treintena de cubanos pro-Trump― a millón y medio de cubanos exiliados “cucarachas” agonizantes, que no acaban de morirse, que siguen expulsando líquido oscuro mientras patalean y destilan odio, es un constructo cruel de la periodista, que oscila entre el desprecio y la pertenencia, si definimos constructo como “una dimensión evaluativa bipolar, simbolizada o no por una etiqueta verbal que discrimina entre elementos dependiendo de la característica en concreto que abstrae”. 

Sí, es cierto, los cubanos padecemos de esos extremismos que ciegamente han dado pie a arranques fanáticos como “¡Paredón, Paredón!”, “¡Pin, pon, fuera, abajo la gusanera!”, “¡Que se vayan, que se vayan!”, “¡Fidel, seguro, a los yanquis dale duro!”, “Fidel, Fidel, Fidel”, “Trump, Trump, Trump”. Pero de ahí a ser calificados de “cucarachas” hay un buen tramo.

Ese abucheo frenético que sucedió en El Versailles contra Amador, una mujer inofensiva e indefensa que por sus canas se deduce mayor, es reprensible e inaceptable. La tendencia cultural al fanatismo ―en su forma de bullying― la arrastramos desde la Inquisición; al menos hemos superado las hogueras. Pero, en eso no pecamos ni más ni menos que cualquier otro pueblo temporalmente enardecido (léase, irracional), y ni remotamente llegamos ―al menos en el exilio― a los extremos que llegaron los españoles falangistas, los alemanes nazis, los italianos fascistas, los chinos maoístas, los rusos estalinistas y los cubanos castristas. 

Recordemos el origen y la naturaleza de los actos de repudio. Se remontan a 1980 cuando los sucesos de la Embajada de Perú y el éxodo del Mariel, cuando turbas coordinadas por el régimen arremetieron contra miles de compatriotas que se irían del país, lanzando huevos y tomates, arremetiendo a pedradas y a palos contra la denominada “escoria”. A esa ignominia siguieron las brigadas de respuesta rápida, creadas a imagen y semejanza de las ejecutadas en el siglo XX contra millones de judíos por las brigadas nazis y las estalinistas en la antigua URSS, al igual que las maoístas en China durante la Revolución Cultural. Hablo de los actos de repudio contra María Elena Cruz Varela, contra Laura Pollán, contra todas las Damas de Blanco desde la fundación del grupo en 2003, contra Oswaldo Payá, contra los activistas del Proyecto Varela y de la UNPACU, contra los y las periodistas independientes, y el más reciente, el pasado 10 de octubre contra los activistas y artistas del Movimiento San Isidro, como ha denunciado la valiente Camila Acosta. Cuando se menciona un “acto de repudio” hay que mostrar respeto por sus verdaderas víctimas.  

Amador dice sentir compasión por el exilio, pero tiene una manera muy torcida de expresarlo. Las cucarachas son repugnantes y sucios insectos parasitarios del orden de los Dictiópteros; se consideran una plaga. Casi nadie en la vida real siente compasión por las cucarachas, como Amador nos llama. Lo que se siente es asco y repulsión; inspiran un pisotón y una completa fumigación (léase, exterminio). La columna de Amador no constituye un escrito compasivo ni comprensivo ni empático sobre esas “cucarachas” bípedas de origen cubano que reaccionaron ante su intromisión en un asunto privado de intercambio de información entre una cucaracha cliente y una cucaracha empleada. Es, por el contrario y tristemente, un escrito de repudio (que surge de su sensibilidad agredida) que, a su vez, sirve como rechazo, humillación y desprecio hacia la comunidad de “cucarachas”, sus cucarachas. 

Es un escrito hiriente y atípico de su autora. Hace mucho tiempo que está de moda desvirtuar al exilio, burlarse de él, menospreciarlo y machacarle la cabeza, partiendo de la premisa que es ciento por ciento derechista, intolerante, republicano y trumpista. Si así fuera, estamos en un país libre y cada cual tiene todo su derecho a opinar como le plazca. Pero es que no es así: muchos, muchísimos de nosotros no somos nada de eso y también en ocasiones se nos ha ofendido. Nadie se escapa del intercambio de insultos y generalizaciones. Pero, ¡qué nos llamen “cucarachas” que “no acaban de morir”! Eso es demasiado fuerte.

Si algo es cierto es que, en 60 años, no se ha aprendido mucho sobre cómo se vive en democracia. Eso es lo más lamentable. 

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Ileana Fuentes

Escritora y feminista. Autora de “Cuba sin caudillos: Un enfoque feminista para el siglo 21”.

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