Cuba y el terror de las pequeñas cosas

Hace veinte años todo era más fácil para el gobierno. Bastaba eso de que “te desaparecen” o “no eres nadie nunca más” y el terror paralizaba

Foto cortesía del autor

MIAMI, Estados Unidos.- El estado de terror en Cuba se sustenta en las pequeñas cosas, en las sutilezas, en esas que desestabilizan, porque hacen dudar hasta a quien ha sido la víctima. Los presos políticos o el temor a que te golpeen son las manifestaciones más evidentes, pero de las casualidades, de las coincidencias, pocos hablan.

A la mayoría de los cubanos se convence con detalles como el de “si compartes eso en las redes, te cargan”, o lanzando advertencias al aire: “ellos lo saben todo” o “cualquiera puede ser policía”. Pero con los activistas, periodistas y opositores son más incisivos, e intentan introducir el miedo directo al tuétano.

Michel Matos, productor y miembro del Movimiento San Isidro, estuvo fuera de su vivienda un fin de semana y cuando regresó “había una peste del carajo en la casa, estaba el refrigerador abierto y toda la comida podrida”, pero, ¿habrá sido un descuido suyo? En la casa no faltaba nada más.

A Yanetsis Ofarrill, activista por la equidad de género, en un interrogatorio le aseguraron que habían entrado a su habitación de hotel en Perú mientras asistía a un curso convocado por el Instituto Político para la Libertad.

Yanetsis Ofarrill. Foto cortesía del autor

“Allí había otros cubanos, ¿no los vieron?” recuerda que le dijeron, y ella que no había notado nada en ese entonces comenzó a dudar de si había pasado o no.

David D´OMNI regresó de viaje y le envenenaron el perro, un poco antes, a Ailer González Mena y a Antonio Rodiles les envenenaron también una de sus mascotas. ¿Quién fue? ¿Un vecino indolente cansado de los ladridos del perro ajeno?

En el caso de David la víctima pudo haber sido su hijo menor de edad y con una discapacidad intelectual. En casa de Rodiles la víctima pudo haber sido cualquiera de sus amigos.

Ambos casos no dudaron en hacer su denuncia pública, pero siempre hubo quien cuestionó: “esta gente está exagerando”, o “en Cuba no pasan esas cosas”.

Daniurka Gónzalez, miembro de la Red Inclusiva por los derechos de las personas discapacitadas, lleva más de un año sin poder salir de Cuba. Muchos de los que conocen su caso se preguntan: “¿y por qué si a ella nadie la conoce?”, como si la represión distinguiera entre famosos, escandalosos o discretos de bajo perfil.

Sin embargo, lo más “terrorífico” que le ha pasado a Daniurka no ha sido “estar regulada”, sino que entraran a su cuenta de Facebook y chatearan con sus amigos, en más de una ocasión, como si fuera ella misma.

Los chats y las notificaciones de la red social pueden ser una prueba para los escépticos, o para los que propagan el mito de que los cubanos no somos tan importantes como para ser hackeados, y que los ataques cibernéticos se resumen a las ciberclarias y militantes convencidos.

Los artistas Amaury Pacheco e Iris Ruiz, por su parte, regresaron de un viaje y encontraron en su casa un cartel que decía “El Tarrú de Amaury”, y ácido en la puerta y en el suelo. Ellos convirtieron la ofensa en arte, pero ¿quién lo hizo realmente?

El seguroso que “atiende” al poeta asegura que no fueron ellos, pero esa será “la duda” que generará otras dudas entre quienes no conozcan a la pareja.

Yorsikelin Sánchez Perdigon, delegada provincial del CID, describió en su muro de Facebook cómo a su hija de 6 años de edad, el pasado 31 de mayo, un carro la chocó “por el guardafangos de la bicicleta donde se transportaba”. La niña “se golpeó en la frente”, “se partió la boca” y tuvo otras contusiones en el cuerpo, pero, ¿quién fue el chofer que se dio a la fuga? ¿de dónde salió el carro? No hay pruebas de nada. Pudo haber sido un conductor irresponsable, pero el terror ya está sembrado.

En la cúspide de los cuestionamientos y del escepticismo están las condenas a los hijos de las Damas de Blanco.

“Sí, pero…” es la primera frase que dicen aquellos que no son opositores al escuchar historias como éstas, nadie “mete la mano en la candela por defender a adolescentes y jóvenes, más sabiendo cómo está la calle”. Este tipo de comentarios supone que las víctimas pudieron haber cometido el delito de que se les acusa, pero nunca los cubanos reconocerán: “es que tu padre, o tu madre es opositora”.

No obstante, la lista es larga.

Los hijos de Leticia Ramos, Aliuska Gómez, Lázara Barba, María Cristina Labrada, y muchas más, si no han sido condenados han llegado a ser amenazados, y la batalla es demostrar que son inocentes.

Estos, y otros miles de casos, son las historias de miedo a las que no podemos ponerle rostro, porque pueden encarnar a un hombre barriendo una y otra vez, una basura que no existe, en una calle donde nunca ha habido barrendero; un hombre en moto y con casco puesto que encuentras una y otra vez como una aparición; alguien parado en una esquina llena de gente que no te quita los ojos de encima mientras habla por teléfono; un carro que sale de la nada y te da vueltas en círculos dentro de un mismo barrio para evitar que viajes; un desconocido sentado en la esquina de tu casa, mirando a tu puerta sin pestañear; unos inspectores de la corriente o de salud pública; o unos testigos de Jehová que tocan a tu puerta justo cuando estás hablando con unos amigos de lo poco que debiera quedarle al gobierno.

Hace veinte años todo era más fácil para el gobierno. Bastaba eso de que “te desaparecen” o “no eres nadie nunca más” y el terror paralizaba. Ahora que la gente se cree más valiente la estrategia evidentemente ha cambiado: “Vamos a quebrarlos”, “vamos a volverlos locos”, “vamos a hacer que lo que denuncien sea tan insólito que nadie les crea”.

Cualquier se imagina a los arquitectos del miedo tramando su nuevo paso que no por sutil o inofensivo es menos atemorizante. Esas pequeñas cosas de las que nadie puede dar crédito terminan por vencer, y la gente se vuelve paranoica y, por lo general, les gana el desaliento y la indolencia.

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