Si otro mundo mejor es posible, no debe parecerse mucho a Cuba

Si otro mundo mejor es posible, no debe parecerse mucho a Cuba

Algunos intelectuales de izquierda, por nostalgia, por costumbre, por capricho o por estupidez, no conciben dejar de ser solidarios con lo que todavía llaman “la Revolución cubana”

Grafiti del Che Guevara en Cuba (Foto: Internet)

LA HABANA, Cuba. – Algunos intelectuales de izquierda,  por nostalgia, por la inercia de la costumbre,  por capricho  o simple estupidez, no conciben dejar de ser solidarios con lo que todavía llaman “la Revolución cubana”. Piensan que reconocer que fracasó,  darle la espalda, romper con ella, sería darle la razón a la derecha, traicionarse a sí mismos, renegar de sus ideales, quedarse sin alternativas, perder su razón de ser.

Se niegan a admitir que es una dictadura obsoleta, que ha retrotraído al país a niveles de subsistencia, que viola los derechos humanos y bloquea libertades a su pueblo.

Se niegan a escuchar las  críticas al régimen castrista  y viajan periódicamente a Cuba para renovar su fe.  Pero ya en La Habana se dan de narices con el desgaste, los retrocesos y fracasos de “la Revolución”.

Cuando buscan al hombre nuevo, que se supone que en 60 años ya vaya  por la tercera generación, tropiezan con jineteras y jóvenes cínicos, ambiguos y descreídos, aturdidos por el alcohol y el estruendo del reguetón,  que prefieren llevar en la camiseta la bandera norteamericana antes que el rostro de Che Guevara, y cuya principal aspiración es largarse de su país, sin importarles cómo ni adónde.

Entonces, esos intelectuales solidarios, preocupados,  alertan  sobre los peligros del turismo, la doble economía, el acceso jerarquizado y desigual al consumo y “la  penetración de valores burgueses  a contrapelo de la Revolución”.

Se inquietan cuando escuchan a los cubanos de a pie, insatisfechos, clamar por los cambios. Les advierten que deben ser pacientes,  confiar en sus líderes que buscan el perfeccionamiento del socialismo, para que puedan conservar “los logros de la Revolución”. Y conformarse con la salud y la educación gratuita, no importa si es cada vez de peor calidad, porque -no se cansan de recordarnos- Cuba es un país pequeño, pobre y “bloqueado” por los Estados Unidos.

Intentan saber qué le falta al socialismo cubano, y les parece intuir, espantados, cuando les hablan de libertades económicas,  que les hablan del capitalismo. Si no quieren oír de eso, en vez de indagar con los campesinos, los dueños de puestos de viandas, los vendedores callejeros a los que les decomisan las mercancías y les imponen multas de mil pesos, es mejor que sus interlocutores  sean  los militares -gerentes del Grupo de Administración Empresarial SA. (GAESA)– que facturan más de mil millones de dólares anuales.

Los solidarios se escandalizan por los desplantes de nuevos ricos –no los lujos y privilegios  de la elite gobernante y sus parientes, que de eso no se enteran, no se quieren enterar- y se quedan anonadados ante el afán consumista de los cubanos.

No pueden entender que luego de décadas de carencias, muchos cubanos idealizan la sociedad de consumo y aspiran, sin ninguna posibilidad razonable de conseguirlo,  a los niveles de vida del Primer Mundo.

Y me explico el desconcierto de los solidarios, porque es un muy curioso modo de consumismo el de los cubanos: el culto a la pacotilla, las cadenas de oro de los reguetoneros, la ropa de pésimo gusto,  acaparar  lo que mañana puede escasear, revender comida y baratijas en el mercado negro, y afanarse por tener el último modelo de celular para tenerlo sin saldo la mayor parte del tiempo, hasta que un pariente de Miami te ponga una recarga.

Las tres décadas de penitencia purificadora que siguieron al derrumbe del imperio soviético no han conseguido, como suponen tantos intelectuales de la izquierda, hacer florecer la virtud en medio de la miseria. En lugar de ella, aumentaron los corruptos, los ladrones y las putas.

Y para horror de los solidarios, parecen plagas bíblicas los males que azotan al reino  verde olivo. La población envejece y la natalidad decrece. El marabú invadió los campos. Los suelos, erosionados, se hicieron más salinos. Mermó el caudal de los ríos y los manantiales. Con la agricultura y la ganadería arruinada, hay que comprar, pagando al contado, la comida al “enemigo imperialista”. Las fumigaciones contra los mosquitos casi acabaron con las mariposas, los cocuyos y las abejas. Nos quedamos sin flota de pesca y las clarias devoraron los peces en los ríos. Nos invadió el caracol gigante africano. El dengue se hizo endémico y volvió la fiebre amarilla.  Faltó poco para que nos quedáramos sin árboles ni palmas de tanto talar, en los 60, para sembrar caña, la Brigada Che Guevara, y luego nosotros, los de a pie,  después del Periodo Especial, para construir bajareques y cocinar con leña.

Si  otro mundo mejor es posible, no debe parecerse mucho a Cuba. Pero los camaradas solidarios, que tanto sufren en sus viajes por el mundo, quieren creer que sí.

Sólo un intelectual de la izquierda es capaz de valorar la suerte que tenemos los cubanos. Por eso, antes de montar en sus aviones y regresar a sus países, nos advierten de los peligros y las tentaciones que nos acechan, y nos piden que resistamos.

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