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Cuba, el Estado totalitario eficiente

Cuba, Díaz-Canel, apagones, felton

LAS TUNAS, Cuba. — Por estos días, la expresión “Estado fallido” —refiriéndose a Cuba— ha estado en boga. Y, ciertamente, Cuba es un muladar, una nación-establo, que es un montón de gente conducida y no una nación. Pero es políticamente incorrecto, y cuando menos redundancia, decir “Estado fallido” de un régimen que eliminó la democracia y la economía de mercado para instaurar la llamada “dictadura del proletariado” y gobernar desde el partido único y los monopolios estatales con prerrogativas de multimillonarios.

En Cuba, pútridas aguas de cloacas vertidas y con heces fecales encharcan las calles ahuecadas donde hace muchos años el asfalto desapareció haciendo aflorar las piedras indígenas, intransitables para limusinas presidenciales; pero mientras las calles cubanas se han convertido en arroyos de aguas pestilentes por obra y gracia de la desidia o el provecho gubernamental, paradójicamente, por las tuberías del acueducto no circula ni una gota de agua potable; tampoco hay luz eléctrica cualquier día, a cualquier hora, y de noche, apagados, los pueblos y las ciudades semejan cementerios rurales a la vera de un callejón sin final, donde, en busca de comida, un soplo de aire o un sendero por donde huir del comunismo, el hambre, la miseria y el terror de una vida sin un futuro promisorio, las personas se apelotonan cual ganado junto a la talanquera.

Colgar el cartel de “Estado Fallido” al castrocomunista es un sofisma tierno para un régimen cruel. En Cuba, país que fuera el mayor productor mundial de azúcar de caña, no hay azúcar —la libra cuesta 100 pesos—, los centrales azucareros son trastos viejos, desconchados y herrumbrosos, como las termoeléctricas que hicieron colapsar el sistema eléctrico nacional. Pero las fábricas y talleres que suministran toda la logística de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR) funcionan perfectamente y hasta están óptimamente pintados como parte de su conservación y estética.

La nación no es sólo el Estado. Nación es “un cuerpo popular que habita un mismo país y está constituido bajo un mismo gobierno”, según el concepto de Webster y según Normann Heller. El Estado es “una unidad de dominación, independiente en lo exterior e interior, que actúa de modo continuo, con modos de poder propios y claramente delimitado en lo personal y territorial”, y no parece que, en Cuba, el régimen totalitario castrocomunista tenga fallos de “unidad de dominación” claramente definidos y bien delimitada esa dominación en lo “personal y territorial”.

No. No nos hagamos ilusiones vanas. El Estado totalitario castrocomunista no es un Estado frágil, a pesar de sus pésimos indicadores económicos, sociales y políticos, concernientes a la deuda pública, la productividad del trabajo, las desigualdades de desarrollo humano, la migración galopante —que ahora está en el nivel más alto de toda la historia de Cuba— y el nivel de vida de la población —encarecido todavía más por la devaluación de la moneda nacional, los bajísimos suministros de alimentos, de agua potable, de medicamentos, de higienización comunal y personal.

A pesar de haber descendido los niveles de confianza de la población en las instituciones gubernamentales, todavía el totalitarismo castrocomunista es fuerte, a pesar de la burla en las elecciones y referéndums, la nula capacidad de los servicios públicos —aun los de mensajería y correos—, la falta de protección de los ciudadanos y los derechos humanos todos conculcados.

Pese a esas fallas, en Cuba, el Estado totalitario es eficaz porque ha conseguido mantener  lo que Max Weber llamó la “asociación de dominación con carácter institucional que ha tratado, con éxito, de monopolizar dentro de su territorio la violencia física legítima (a través de los poderes del Estado) como medio de dominación y que, con este fin, ha reunido todos los medios materiales en manos de sus dirigentes y ha expropiado a todos los seres humanos que antes disponían de ellos por derecho propio, sustituyéndolos con sus propias jerarquías supremas”.

Para quienes las han olvidado, les recuerdo las características universales de las dictaduras totalitarias, según Friedrich y Brzezinski, adoptadas por Fidel y Raúl Castro desde que tomaron el poder en 1959 y seguidas meticulosamente por quienes admiten ser “continuidad” de los hermanos Castro:

  1. Una ideología elaborada con pretensión milenarista.
  2. Un partido de masas único que suele dirigir una sola persona, el dictador, o a falta de un líder carismático, por un buró político.
  3. Un sistema de terror, físico, o psíquico, ejercido a través del control del partido _y lo vimos el 11 de julio cuando Díaz-Canel dio la orden de combate y por la policía secreta.
  4. Un control sobre todos los medios de comunicación de masas, como la prensa, la radio, la televisión y la internet, y en el ciberespacio, recientemente hemos visto como personas que han transmitido protestas sociales, han sido detenidas por la policía.
  5. Un control de todas las armas, incluso, hasta de las pequeñas escopetas de aire comprimido.
  6. Un control y dirección centralizada de toda la economía, tanto interior como de importación y exportación.

Cuba está en manos de un Estado totalitario eficaz, como pocos en la historia de la humanidad, que ha hecho del control estatal un medio y modo de vida de no pocas clases sociales, integradas por personas interesadas en que, política y estructuralmente, nada cambie en el panorama cubano, inalterable por más de 60 años.

En ese sentido, entiéndase que el castrocomunismo no está interesado en políticas públicas destinadas al bienestar de la ciudadanía, sino en técnicas de control operativo para emascular a la persona cívicamente. Desmontar esas técnicas, o por lo menos hacerlas menos efectivas, es la única vía que tenemos para hacer menos eficaz al Estado totalitario.

ARTÍCULO DE OPINIÓN
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