A Díaz-Canel se le está yendo la mano

A Díaz-Canel se le está yendo la mano

Si aceptó lo que otros pactaron, tiene tanta responsabilidad como los hermanos Castro en el empeoramiento de la catástrofe nacional

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Miguel Díaz-Canel (AFP)

LA HABANA, Cuba. – A Díaz-Canel se le está yendo la mano. No sé si está o no al tanto de por dónde van la censura y la represión; pero todo está yendo a su cuenta. Alguna gente quiere creer que está haciendo un esfuerzo por enderezar esto; otros insisten en que su agenda de desgobierno estaba preparada desde mucho antes que asumiera la presidencia. Si aceptó lo que otros pactaron, tiene tanta responsabilidad como los hermanos Castro en el empeoramiento de la catástrofe nacional.

El repunte de violencia por parte de la Seguridad del Estado es su culpa; la ofensiva contra el sector privado también, y ahora la coge con los humoristas por burlarse de los dirigentes. Un alabardero de Cubadebate se prestó para tender el dedo acusador hacia el programa “Vivir del Cuento”, porque en su opinión es contraproducente convertir a los funcionarios de la dictadura en blanco de críticas y burlas.

No quieren pasar por ridículos los mandamases de la Isla-Prisión; pero en los últimos meses sus estupideces mezcladas con rabietas, voluntarismos e indolencia han dado mucho de qué hablar. Entre los absurdos más comentados está el lamentable capítulo en que el propio Díaz-Canel compareció en televisión para asegurar que “ningún gobierno se preocupa por contar qué cantidad de salchichas le toca a cada quien”; para acto seguido redondear su triste apología con la lapidaria conclusión de que “en el capitalismo compra el que tiene, y el que no tiene que resuelva como pueda”.

La enormidad del dislate se ha convertido en motivo de chiste entre los cubanos, que tienen el capitalismo metido en su casa gracias a la abundante publicidad que pasan por “el cable” (señal clandestina que capta los canales de Miami) y las anécdotas que traen los compatriotas radicados en Estados Unidos y otros países normales. A estas alturas se sabe que en el capitalismo compra todo el mundo, excepto quizás los homeless; pero todo el que tiene trabajo (detalle que omitió el gobernante) puede satisfacer sus necesidades. La cantidad de los bienes adquiridos puede variar, pero la calidad es, cuando menos, buena.

La engañifa de glorificar este sistema inservible a costa de denigrar al capitalismo, apenas surte efecto ante la avalancha de información que reciben los cubanos y que ha carcomido el mito de que “solo en el socialismo el hombre puede alcanzar su dignidad plena”. Mientras Díaz-Canel reconoce ante el mundo que la miseria de Cuba es tan grande que hay que racionar las salchichas, todo el que tiene cable se entera de que en la red de tiendas Sedano´s la libra de cañada de res de primera calidad, “limpia y cortada a su gusto”, cuesta 1.99 USD la libra, costeable con salarios en dólares. Las TRD (tiendas recaudadoras de divisas), por el contrario, comercializan carne de res de segunda y llena de sebo a 8.55 CUC el kilogramo; precio excesivo en un país donde el salario medio alcanzará en el mejor de los casos, con los nuevos aumentos, la cifra de 1067 pesos equivalentes a 43 CUC.

Es decir, que ni siquiera los que trabajan pueden aspirar a una alimentación saludable y balanceada en este país atenazado por una pobreza que no da tregua. Por eso lucen tan ridículos los dirigentes al caer en necias comparaciones, como si el pueblo cubano continuara desentendido del mundo, o fuéramos imbéciles sin remedio.

La ridiculez de la cúpula castrista rebasa incluso los límites de la mezquindad y la desfachatez, porque hay que ser un sujeto muy miserable para, como el canciller Bruno Rodríguez, condolerse públicamente por aquel padre salvadoreño y su pequeña hija que murieron ahogados tratando de cruzar el río Bravo para llegar a Estados Unidos; y no mencionar a los migrantes cubanos muertos durante la crecida de un río en la selva del Darién, el pasado mes de junio.

Ridículos son también sus topes de precios que pronto traerán más miseria y discordia a un pueblo desunido. Ridículas sus arengas a los atletas que hicieron su mayor esfuerzo en los Panamericanos de Lima, y no fue suficiente porque la mitomanía postmórtem de Fidel Castro seguía reclamando más.

Para colmo piden que se burlen del maceta, el vago y el indeseable, como si las tres especies no fueran un producto genuino de la Revolución. Todas han adquirido protagonismo gracias a la escasez que provoca acaparamiento y especulación; a la porquería de salarios que convencen a los jóvenes de que no vale la pena trabajar; al fracaso de una educación adoctrinada que pone más interés en la deformación ideológica que en los valores cívicos.

Los artífices de la dictadura llevan sesenta años dando pena y ahora se sienten ofendidos por las humoradas de Pánfilo, cuando lo que realmente merecen es una parodia cargada de denuncias, de esas que levantan a pueblos enteros como ocurrió aquella noche de 1869 en el Teatro Villanueva. Hoy, al igual que entonces, quedan cubanos con vergüenza. Pero hay muchos otros que no la tienen ni buena, ni regular, ni mala.

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