Desmontemos dos viejos mitos del castrismo

Desmontemos dos viejos mitos del castrismo

Ni Cuba era colonia de Estados Unidos ni los desposeídos arribaron al poder en enero de 1959

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Raúl y Fidel Castro, 1977 (foto: UPI)

LA HABANA, Cuba. – Como parte de su campaña permanente por demeritar la imagen de la República y exaltar la revolución de Fidel Castro, la propaganda oficialista acude con frecuencia, entre otras armas de su arsenal, a dos viejos mitos. Así lo hemos constatado una vez más en un reciente artículo aparecido en el periódico Granma titulado “República neocolonial, Revolución y posposiciones”.

Nos referimos a la supuesta condición de colonia o neocolonia de Estados Unidos que exhibía la Cuba republicana, y el advenimiento al poder de los humildes y desposeídos a partir del 1ro de enero de 1959.

Con respecto al primero de esos mitos, no hay más que repasar el curso del pasado siglo XX para comprobar cómo actuaban realmente las metrópolis en relación con sus colonias. Las metrópolis no permitían bajo ningún concepto que en sus colonias sucedieran cambios de régimen que afectasen el estatus colonial.

El mejor ejemplo de lo anterior lo observamos en el accionar de la Unión Soviética con las naciones de Europa oriental que construían el denominado “socialismo real”. En primer término la entrada de los tanques soviéticos en Hungría en 1956 con el propósito de impedir la toma del poder de elementos reformistas que pretendían sacudir el yugo impuesto por el Kremlin,

Menos de un decenio después, la fatídica Doctrina Brezhnev se ponía de manifiesto cuando las tropas soviéticas penetraron en Checoslovaquia para poner fin a la denominada Primavera de Praga. Esas sí eran colonias de verdad. Y, a propósito, Fidel Castro apoyó en su momento la última de esas intervenciones militares

Lo que sucedió en torno a Cuba, en cambio, transcurrió de una manera muy diferente. Casi desde el arribo de Castro al poder fue evidente que su régimen sería un adversario permanente de Estados Unidos. Sin embargo, Washington no implementó ninguna acción directa, con sus marines, para desalojar del gobierno a Castro y sus seguidores. Ya eran otros tiempos. La Enmienda Platt había sido derogada en 1934 en el contexto de la Política del Buen Vecino llevada a cabo por el presidente Franklin Delano Roosevelt. Evidentemente, Cuba no era una colonia de Estados Unidos en ese momento.

Por otra parte, es poco menos que risible esa recurrente afirmación de que el pueblo cubano llegó al poder junto con los barbudos de la Sierra Maestra. No existe ningún ejemplo de gobierno comunista de partido único donde la clase obrera haya ejercido realmente el mandato de su nación.

Incluso, los propios medios académicos reconocen tal realidad. En el libro De Petrogrado al socialismo en Cuba, cien años después (Editorial José Martí, 2018), de reciente circulación en la isla, el académico castrista Orlando Cruz Capote, al referirse al partido de los bolcheviques en el poder, escribió que “Un Partido Comunista de nuevo tipo, concebido por Lenin, que de un rejuego retorcido y burócrata dio lugar, erróneamente, a una dictadura de las élites del partido y estatales bajo la concepción estalinista, no representando a la mayoría de los explotados y oprimidos”. (Pag 31)

Por supuesto que ese académico circunscribe semejante anomalía a lo sucedido en la antigua Unión Soviética. Él no desea, o no puede, aseverar que eso mismo es lo que ocurre en Cuba. Porque aquí la cacareada dictadura del proletariado, dio paso a la dictadura del Partido Comunista, y esta en realidad a la de la cúpula del partido.

Cómo si no se podría explicar la permanencia por seis décadas en la nomenclatura partidista y gubernamental de Raúl Castro, Machadito Ventura, Ramiro Valdés, y otras figuras de menor relieve. Y por supuesto que ellos no se manifiestan como parte de los desposeídos en el poder. Viven como auténticos reyes.

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Orlando Freire Santana

Orlando Freire. Matanzas, 1959. Licenciado en Economía. Ha publicado el libro de ensayos La evidencia de nuestro tiempo, Premio Vitral 2005, y la novela La sangre de la libertad, Premio Novelas de Gaveta Franz Kafka, 2008. También ganó los premios de Ensayo y Cuento de la revista El Disidente Universal, y el Premio de Ensayo de la revista Palabra Nueva.

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