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El Capitolio y una Habana que se cae a pedazos

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Vista de la entrada posterior con las arcadas tapiadas. Anteriormente se podía observar el interior desde la calle Industria. Foto P. Chang

LA HABANA, Cuba. – El espectacular Capitolio de La Habana, en cuya reparación total el gobierno cubano ha invertido alrededor de 6 millones de dólares, pareciera mostrar desprecio por una ciudad que se cae a pedazos.

Es el mensaje que cualquiera percibe al observar lo que ha sucedido con la triple arcada de la entrada posterior, la que da a la calle Industria, y tras la cual transcurren los recibimientos oficiales a las delegaciones y personalidades extranjeras que visitan la nueva sede de la Asamblea Nacional.

El hecho es que el majestuoso zaguán ha sido tapiado con tabiques de yeso que bloquean la visión desde el exterior.

Lo que siempre estuvo a la vista de todos, y que debió continuar así por tratarse de un edificio que (al menos teóricamente) cumple funciones públicas, ahora se ha puesto a resguardo de las “molestas” miradas de esa inmensa mayoría de cubanos a la que el Partido Comunista no considera “la vanguardia de Cuba”, de acuerdo con las mismas categorizaciones impuestas por el régimen, basadas en el grado de “lealtad” a las principales figuras en el poder.

Lo que parecía un recurso circunstancial mientras duraron las labores de restauración, ahora ha pasado a ser una decisión permanente, con la cual quizás pretenden resolver esa “incomodidad” de tener que soportar la presencia de esa “chusma” que se resiste a abandonar los únicos cuatro edificios de vivienda que quedan en ese tramo de calle, a pesar de estar todos en peligro de derrumbe.

Pero el gobierno recién en septiembre de 2019 eliminó los subsidios a la vivienda y no piensa ofrecer opciones justas a quienes han quedado fuera de la planificación del presupuesto estatal.

Hay dinero para acomodar a los diputados y divertir al turista pero el pueblo debe arreglárselas como pueda.

“Están esperando a que se caigan para hacer parqueos y oficinas”, es lo que en resumen opinan algunos de los habitantes del lugar, renuentes a trocar sus casas de toda la vida por albergues de tránsito o apartamentos mal terminados alejados del centro de la ciudad, una estrategia que, para beneficio propio, le ha funcionado al gobierno en otras ocasiones, sobre todo en la Habana Vieja, tanto así que algunos consideran que se trata de una “habilitación” para el turismo más que una “restauración”, teniendo en cuenta la política de desplazamientos aplicada en los sitios y edificaciones más significativos.

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Edificio en la calle Industria que está situado frente al zaguán del Capitolio, ahora tapiado. Foto P. Chang

De hecho, el centro de la ciudad, más allá de la zona más antigua, hace ya tiempo fue divido en parcelas con el objetivo de ofertarlas al mejor postor, según se advierte en la propia Cartera de Oportunidades publicada y ampliada todos los años por el Ministerio de Comercio Exterior y la Inversión Extranjera de Cuba.

Los tabiques en el zaguán del Capitolio no solo son una expresión o extensión materializada de ese secretismo y voluntad de ocultamiento que practica el gobierno cubano en casi todos los ámbitos de la realidad cubana sino, además, del desdén con que asume aquellos asuntos relacionados con el bienestar de los ciudadanos, donde el déficit y la precariedad de la vivienda parecieran ocupar el lugar más importante pero que, en la práctica, se constata que no existe una voluntad real, creíble, para encontrar soluciones.

Hace días, en una de las tantas reuniones de Miguel Díaz-Canel con funcionarios de la vivienda, se escuchó de manera excepcional la crítica de uno de ellos a los planes de reparación de inmuebles.

Señalaba esta persona que el presupuesto asignado a las localidades para la rehabilitación de edificios multifamiliares era insuficiente, y favorecía apenas el 0,5 por ciento de las necesidades reales.

Hacía referencia a situaciones absurdas como la de planificar la reparación anual de uno o dos edificios en repartos y barriadas que cuentan con más de doscientos bloques residenciales, de modo que el cumplimiento (y hasta sobrecumplimiento) de planes jamás pudiera constituir una noticia para regocijarse sino más bien para crear la ilusión de que las cosas marchan bien cuando en realidad la situación empeora y las soluciones se limitan al ajuste por defecto de las cantidades planificadas.

No hay que hacer muchos cálculos para comprender que, a ese ritmo, al gobierno le tomaría más de un siglo reparar los edificios de una comunidad como Alamar donde existe más de un centenar.

No obstante la prensa oficialista habla de “cumplimiento” en los titulares y hasta los organismos ejecutores se alzan con la distinción de “Proeza Laboral”. Una verdadera tomadura de pelo que se torna más burlesca cuando descubrimos que por “reparación” en la mayoría de los casos se entiende apenas la renovación de la pintura exterior de los inmuebles, algo que contrasta con el derroche de recursos empleados en acondicionar ese gran elefante blanco de la economía cubana llamado Capitolio.

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Los cuatro edificios de vivienda ubicados en el tramo de calle, al fondo del Capitolio. En primer plano, edificio de la fábrica Partagás, restaurado. Foto P. Chang

Un ejemplar que ni es único ni excepcional sino que es tan solo un ejemplo de cuáles son las verdaderas prioridades en estos tiempos de sálvese el que pueda.

Pero volviendo a la queja del funcionario de vivienda a la que me refería, lejos de suscitar una refriega de Díaz-Canel contra los responsables de tanto “ilusionismo económico”, fue respondida por este con el usual desplazamiento “simulado” de la culpa hacia quienes sufren las consecuencias de ese maremoto de falta de compasión y bandidaje (más que ineptitudes) que ha destrozado Cuba durante más de seis décadas.

Según el presidente cubano serían los vecinos de esos edificios multifamiliares quien deberían ellos mismos asumir las reparaciones acudiendo a colectas entre los propios inquilinos para adquirir los materiales y pagar a las brigadas de albañiles, plomeros y pintores puesto que es necesario despojarse de esa “vieja mentalidad” para la cual el Estado debe ser el encargado de tales asuntos.

No es necesario llamar la atención sobre lo sarcástico de tal respuesta.

Quien conozca nuestra realidad de bajos salarios y carestías perpetuas, de voluntarismos, obstaculización y criminalización de las iniciativas individuales, no necesitará de explicaciones sobre por qué, en nuestra circunstancia, le corresponde al gobierno asumir esos gastos.

Y por carambola también intuirá lo que significan esos tabiques en las arcadas del zaguán del Capitolio: son algo mucho más terrible que cortinas para cubrir la suciedad.

El paseante no tendrá modo de saber qué sucede en ese lugar del edificio, así tampoco los invitados extranjeros que sean recibidos allí podrán detenerse a apreciar el fuerte contraste entre la fastuosidad del “Parlamento comunista de Cuba” y las ruinosas ciudadelas que, en las inmediaciones, milagrosamente resisten la indiferencia de los diputados más que el paso del tiempo.

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