Los cubanos comemos peor que los esclavos del siglo XIX

Los cubanos comemos peor que los esclavos del siglo XIX

Difícil es encontrar en una mesa cubana un plato con carne de res, como en el siglo XIX, sonando sus grilletes, comían los esclavos cimarrones

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(Foto archivo)

LAS TUNAS, Cuba. –  El pasado viernes 2 de agosto, el semanario 26, órgano del comité provincial del Partido Comunista en Las Tunas, publicó que los criadores de cerdos en esta provincia, “despliegan una estrategia en centros multiplicadores de razas criollas para elevar sus índices y alcanzar las anheladas 12 mil toneladas en el año, que es la demanda, con dos kilogramos per cápita”.

La información me hizo recordar que, esos “dos kilogramos per cápita” de carne de cerdo, todavía inalcanzables en Las Tunas, era el per cápita nacional de carne de puerco en Cuba en 1953.

En 1953, según un informe del Instituto Nacional de Reforma Económica (INRE), como promedio cada cubano sólo consumió cuatro libras de carne de cerdo; imagino que, en forma de tocino o chicharrones en arroces con frijoles y potajes, o, en lechón asado allá por Nochebuena, Navidad, las fiestas de fin de año, los carnavales u otras festividades, porque lo que sí consumieron, quizás en exceso, fue carne de res.

Ciertamente el lechón asado forma parte del plato nacional cubano. Pero hoy, más que ícono, es necesidad: no tenemos otra carne a mano: es prohibido a los cubanos sacrificar vacas, pescar langostas o tortugas y, la carne de pollo, ya resulta difícil adquirirla.

Según datos del INRE, si en 1953 el consumo per cápita de carne de cerdo fue sólo de cuatro libras, en ese mismo año, el consumo per cápita de carne de res de los cubanos fue de 144 libras; esto es, algo así como el consumo diario de seis onzas.

“Bueno, ése era el consumo diario de los esclavos”, dirá algún entendido.

En octubre de 1955 fue publicado un artículo titulado El cubano: un pueblo defectuosamente alimentado; resultaba que, groso modo, si los cubanos consumían mucho más de 100 libras de carne de res anualmente, en su alimentación sólo empleaban al año unos 40 huevos, unas 17 libras de pescado, algo así como 27 libras de tomates y otras hortalizas, poco más de dos libras de carne de ave, unas 70 libras de plátanos, 35 libras de frijoles, 127 de arroz, sólo unas 14 libras de cítricos, 25 libras de manteca de cerdo…

Dicho de otro modo: para el cubano de hoy esos alimentos representan un lujo, pero lo “defectuosamente alimentado”, provenía de la desproporción de la dieta, no porque los productos alimenticios en Cuba fueran escasos o nulos, como hoy, que, por comprar carne de res propiedad de un vaquero para comerse un bistec o un tasajo aporreado, el cubano incurre ante el juez en delito de… “receptación”.

Avergüenza decirlo: Los cubanos hoy estamos peor alimentados que los esclavos en el siglo XIX. Las cifras están ahí. Son parte de nuestra historia.

Según Manuel Moreno Fraginals en El Ingenio, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1978, “a mediados de siglo (XIX), con una población cercana al millón de habitantes, Cuba importaba anualmente en cifras redondas, 8 mil toneladas de bacalao, 16 mil toneladas de tasajo, 700 toneladas de carne salada de vaca y puerco, 800 toneladas de jamón y 200 toneladas de tocino. Esto da un per cápita de 25,7 kilogramos (55.7 libras) anuales de importación de carnes”.

Según Moreno Fraginals en su acucioso estudio de todo lo concerniente a la producción azucarera cubana, por su larga tradición ganadera, el consumo de carne en Cuba fue “siempre muy elevado” y los ingenios situados en las zonas de Sancti Spíritus y Puerto Príncipe (Camagüey), “daban a sus esclavos, exclusivamente, carne fresca, que resultaba más barata que el tasajo”.

Óiganme… ¿Alguien imagina a los trabajadores azucareros cubanos de hoy día, comiendo no, “exclusivamente”, sino de vez en cuando carne fresca de res…?

En el ingenio Las Coloradas, de la familia Valle Iznaga, con 260 esclavos, el promedio era de 2,5 reses sacrificadas semanalmente, proporcionando una dieta diaria de unos 220 gramos de carne fresca por cada esclavo.

Por los libros de contabilidad de numerosos ingenios, en los que anotaban en ocasiones diariamente el consumo de los principales renglones alimentarios de las dotaciones, conocemos que el consumo diario de un esclavo era superior a 200 gramos (media libra son 230 g) de carne o pescado salado.

Cuando las guerras hispanoamericanas interrumpieron las importaciones de carne saladas de Argentina y México, consta que de Estados Unidos Cuba importó un promedio superior a las tres mil toneladas anuales.

Pero no sólo fue carne de res. Documentos de la época lo autentican. El consumo de bacalao aumentó en Cuba ya desde la primera mitad del siglo XIX. Y se sabe que, en buena medida, el desarrollo de la pesca del bacalao de Noruega, se asentó en las plantaciones azucareras cubanas.

Si a finales del siglo XVIII y principio del XIX las condiciones en los ingenios cubanos fueron precarias por lo que hoy conocemos como el ciclo infernal de Albert Sarraut: “El trabajador no como lo suficiente porque no trabaja bastante y no trabaja bastante porque no come lo suficiente”, no por filantropía, sino por conseguir los imprescindibles parámetros económicos que hicieran rentables sus ingenios azucareros, los esclavistas comprendieron que, si no alimentaban adecuadamente a los esclavos, la producción era imposible.

Los 200 gramos de tasajo que como promedio diario consumía la población esclava en Cuba ya a partir de 1825, según cálculos de entendidos debieron proporcionar per cápita, unos 70 gramos de proteína animal, 13 gramos de grasa y 382 calorías que, añadidas a unos 15 gramos de proteína de origen vegetal proporcionada por la harina de maíz, el plátano y otros frutos consumidos a voluntad, como también azúcar, suministraban una alimentación rica en semejantes condiciones, con todo y carecer de determinados nutrientes.

Pero, ni esa lección elemental aprendió el castrismo de sus antecesores esclavistas; con salarios irreales, enfrentados a precios exorbitantes impuestos por el mismo régimen, y, con cada vez menos productos a su alcance, el trabajador cubano que prácticamente labora en condiciones de esclavitud, ahora tiene el inconveniente de comer peor que aquellos ancestros suyos traídos de África encadenados.

En base a dos comidas al día, los esclavos que en 1840 trabajaban en la construcción del ferrocarril Habana-Güines, recibían la ración siguiente: tasajo, 8 onzas; plátanos machos grandes, 8; harina de maíz, 18 onzas.

Los trabajadores blancos consumían: pan fresco, 8 onzas; arroz, 9 onzas; garbanzos, 3 onzas; carne fresca, 10 onzas.

Ya para 1863 había chinos trabajando en el municipio de Cárdenas, y estos recibían al día igualmente dos comidas, en este caso la ración era: arroz, 10 onzas; carne, 5 onzas.

Las raciones de los esclavos cimarrones capturados o de los esclavos sometidos a correccional era: plátanos mayores, o su equivalente en boniato, yuca u otras viandas, 5; tasajo, 6 onzas, u 8 onzas de bacalao.

Transcurriendo ya 19 años del siglo XXI, difícil es encontrar una familia cubana que tenga sobre su mesa un plato con carne de res, como allá por el siglo XIX, sonando sus grilletes, comían los esclavos cimarrones llevados al cepo por luchar por su libertad. Sin masticar tasajos ni bacalaos, ahora son las cazuelas vacías de los cubanos las que suenan cuales cadenas.

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