Un día normal en sesenta años

Un día normal en sesenta años

El 28 de septiembre es desde hace años una jornada penosa para hombres y mujeres de bien; incluso para algunos obligados a aparentar que son revolucionarios hasta la médula

Cartel de los CDR en La Habana
Cartel de los CDR en La Habana (Foto de archivo)

Si algo bueno ha traído la pandemia de COVID-19 es el brusco parón de las algarabías revolucionarias, excepto el molesto, pero cada día más débil escándalo de las nueve de la noche, con el que la claque del barrio reconoce el trabajo de los médicos cubanos. Se sabe ya que los galenos cambiarían esos aplausos por una mejor gestión del régimen para evitar las colas, o una mayor conciencia ciudadana a la hora de cuidarse y cuidar de los demás; pero aplaudir es lo que está establecido y a falta del entusiasmo popular que se hizo sentir durante los primeros meses de la crisis epidemiológica, los cederistas del barrio inician la alharaca y exhortan a sus vecinos a apoyar.

Por tal motivo, la gente evita que el Cañonazo los pille en el quicio o los balcones de sus casas. No tiene sentido aplaudir en medio de un rebrote que tiene a La Habana en paro casi total, asediada por policías dispuestos a multar a cualquiera, sea un infractor o un pobre infeliz seleccionado al azar.

Esa claque incongruente y predecible ha tenido que quedarse sin juerga ni caldosa cederista por culpa del coronavirus. No hubo vísperas de ron y bronca para celebrar la creación de los CDR, ni tributo a la chivatería este 28 de septiembre. Dos días de calma absoluta y un olvido popular que debe estarle quemando al castrismo como un clavo al rojo vivo. Con desgano y hasta vergüenza, obligados por la decisión tomada en otros tiempos, los cederistas concentraron la tradicional gozadera en trozos de papel y cartón con consignas impresas o escritas a mano, con caligrafía de primaria.

“Vivan los CDR” fue la más repetida en las puertas de esos tontos útiles que tuvieron que poner su cartel para que se sepa que son ellos, y solo ellos, quienes se prestan al ridículo. En ciertas cuadras el titular del Comité trató de colocar panfletos en otras puertas y se encontró con negativas rotundas, en muy mala forma algunas, provenientes de vecinos que luego de meses de colas, hambre y estrés, no quieren saber de nada.

Los comecandela no se atrevieron a hacer presión, ni siquiera con el toque de autoridad que les ha concedido el exespía Gerardo Hernández Nordelo, hoy mantenido del castrismo como en la etapa republicana lo eran aquellos zánganos que vivían de las llamadas “botellas” (nóminas políticas infladas y remuneradas). Los chivatones de barrio saben que esta “coyuntura” epidemiológica va a pasar, pero la económica pica y se extiende. Si ahora tienen la “facilidad” de beneficiarse del negocio que antes pertenecía a los coleros, eso se acabará en algún momento y volverán a ser los muertos de hambre que tocan la puerta del vecino para pedir un analgésico, o dos laticas de arroz hasta que llegue la cuota del mes próximo.

El 28 de septiembre es desde hace años una jornada penosa para hombres y mujeres de bien; incluso para algunos obligados a aparentar que son revolucionarios hasta la médula, y otros que siendo verdaderamente revolucionarios, entienden que los CDR son una de tantas fachadas para tapar la corrupción que ahoga al país. No se trata siquiera de una delincuencia organizada, sino de un gremio rastrero que ha disminuido sus expectativas, y con ella el valor de su propia lealtad al sistema como moneda de cambio.

Los cederistas procuran que su chivatería sea selectiva porque saben que todo el mundo sabe a lo que se dedican, y entre esos que saben hay gente a la que no quieren perjudicar, porque la necesitan. Debe ser agotador intentar quedar bien con la dictadura sin violar la ética del barrio. Un presidente del comité probablemente cuente entre los seres más solitarios, aborrecidos e inútiles de Cuba, que cada 28 de septiembre vive a plenitud su propia mentira, convocando a la cuadra, pintando las aceras con cal, yendo de puerta en puerta para recolectar algunos pesitos, forrajeando el pedazo de gordo de puerco, el pobre surtido de viandas y las botellas de ron adulterado que asigna el Gobierno Municipal a algunas circunscripciones.

Todo eso estuvo ausente este año y hay que agradecerlo; en especial porque se hizo sencillo imaginar Cuba sin esos rituales decadentes que recuerdan cuán estúpidos hemos sido y cuán atrasados estamos en todos los sentidos. Consignas, alcohol, música de la peor, palabras obscenas en boca de resentidos, enajenados, indolentes y oportunistas. La bandera cubana, la del 26 de julio, la náusea, Fidel y Raúl. Nunca Díaz-Canel. Los cubanos lo detestan.

Hubo silencio el 28 de septiembre por vez primera en sesenta años. Hubo olvido y asco, y miradas amenazantes. “Que no coma tanta pinga y guarde el cartón pa’ los apagones”, dijo en voz alta una vecina entrada en años que vive en puerta de calle y se negó a que amarraran en su reja uno de los panfletos. Su actitud fue, por mucho, lo mejor del día; la prueba concluyente de que el castrismo está erosionado hasta en su base generacional.

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Javier Prada

La Habana, 1979. Graduado de Lengua Inglesa por el Instituto Superior Pedagógico “Enrique José Varona”, durante ocho años fue maestro en los niveles de enseñanza Medio y Superior, donde también debió impartir clases de Historia de Cuba debido al déficit de personal docente. Desde 2014 se desempeña como profesor particular de inglés. En su tiempo libre se dedica a la pesca y el dibujo. Actualmente incursiona en la prensa independiente.

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