Los cantantes inflados del castrismo

Los cantantes inflados del castrismo

Han exagerado su calidad e importancia para hacer ver que la revolución cuenta con camaradas solidarios que contribuyan a propagandizarla

Cuba cantantes castrismo castro artistas fidel castro silvio rodríguez
Fidel Castro junto a Silvio Rodríguez y Vicente Feliú

LA HABANA, Cuba. – La “infladera de globos” ha sido siempre una de las especialidades del castrismo. Lo mismo que inflaron a 20 000 la cifra de muertos por la dictadura de Batista y la cantidad de atentados contra Fidel Castro, inflan los resultados productivos, los sobrecumplimientos que solo se ven en el NTV, y el crecimiento de la economía y el PIB, calculado a su muy particular manera.

También han inflado la importancia y repercusión del arte y la cultura oficial para el mundo. Como si la humanidad no pudiese prescindir de Silvio, Kcho, Barnet, Retamar, Cándido Fabré, La Colmenita, los documentales de Santiago Álvarez y las décimas de Alexis Díaz Pimienta.

Con su manía de inflar, también han exagerado la calidad e importancia de los artistas e intelectuales extranjeros que visitan Cuba, para hacer ver que también entre los famosos, la revolución cuenta con camaradas solidarios que contribuyan a propagandizarla.

Han tenido que exagerar e inflar porque no son muchos los artistas de excelencia que han visitado a Cuba, y los que han venido, a Casa de las Américas, a los festivales de Varadero, del Nuevo Cine Latinoamericano, Jazz Plaza o la Feria del Habano, no han mostrado ni remotamente el entusiasmo por el castrismo de Antonio Gades y Danny Glover. Es más, muchos que fueron una vez solidarios –Serrat, Sabina, Ana Belén, Víctor Manuel, Fito Páez- luego se desilusionaron y hoy guardan una prudente y pudorosa distancia.

Hubo varios cantantes que en su país eran desconocidos o casi, pero que en Cuba fueron inflados por el aparato cultural castrista.

El primero fue un colombiano, con boina y que tocaba el acordeón, al que Fidel Castro, allá por 1962, invitó a la tribuna durante una multitudinaria concentración contra la OEA. Estudiaba en la escuela de cuadros de la UJC que estaba en Bejucal. Dicen que murió en la guerrilla. Otro de los millares de ilusos que murieron en el intento de trasplantar a mano armada en sus países lo que aprendieron en Cuba. He preguntado a varias personas cómo se llamaba, pero no saben. Sólo recuerdan su estribillo ante el complacido Máximo Líder: “Cuba sí, yanquis no…”

Otra que vino a Cuba a hacer agit-prop, en 1967, al Encuentro de la Canción Protesta que auspició la Casa de las Américas, fue la norteamericana Barbara Dane. Aquí la auparon. Si en la Unión Soviética y Alemania Oriental presentaban al opaco Dean Reed como el Elvis Rojo, a la muy poco conocida Barbara Dane la promocionaron en Cuba cual si fuera más grande que Bob Dylan y Joan Baez juntos (a los que  no ponían en la radio cubana, por muy progres que fueran) y mejor cantante de blues que la mismísima Bessie Smith. Fascinada por la revolución, Bárbara Dane dejó aquí, estudiando en la Escuela Nacional de Arte a su hijo Pablo Menéndez, para que eludiera el servicio militar y no lo enviaran a Vietnam. Desde entonces, Pablo Menéndez vive en Cuba, donde creó una familia, fue guitarrista del Grupo de Experimentación Sonora del ICAIC y dirige el grupo Mezcla.

La búlgara Venchy Sirimajova se radicó en Cuba, donde además de incursionar en el canto lírico, compitió con sus compatriotas Yordanka Christova y Bisser Kirov, de la Orquesta Balkanton, interpretando aquello que decía: “Nunca, nunca, vida mía pienses eso…”

Otra radicada en Cuba fue la italiana Lucía Altieri. Aquí, además de cantar el Borriquito de Peret, esforzándose en vano por imitar a Rafaela Carrá, tuvo un negocio como diseñadora de ropas y consiguió pareja: Laronte, un cantante discotequero, tan joven que podía ser descansadamente su hijo.

La dominicana Sonia Silvestre fue asidua en Cuba a partir de su primer viaje, en 1974, invitada por Silvio Rodríguez. Se hizo muy popular, no con la canción política y los dúos que hizo con Sara González, sino con baladas muy cursis y sentimentalonas, como “la tarde está llorando y es por ti” y “aquel arañazo que me quedó en la cara”. Cuando murió, en 2014, fungía como consejera cultural de la embajada dominicana en La Habana.

Fue por Sonia Silvestre y el puertorriqueño Danny Rivera, otro asiduo en Cuba y simpatizante del castrismo, que los cubanos pudieron conocer las canciones de Roberto Carlos, que por entonces y vaya usted a saber por qué, estaba prohibido. Tan prohibido que el villareño José Valladares aprovechó la coyuntura para hacer pasar como de su autoría “El millón de amigos”.

Hablando de asiduos, no podemos dejar de mencionar al español Luis Gardey. En 1964 compitió para representar a España en el Festival de Eurovisión, pero no lo consiguió. Donde logró triunfar fue en Cuba, en el Festival de Varadero de 1970. En España no se escuchaba, pero en Cuba lo radiaban hasta el cansancio, cantando de qué color es el viento y aquello de la cinta en el pelo y el pantalón vaquero. Hasta llegó a hacer un espantoso disco con la EGREM, en el que las orquestaciones trataban de parecerse al sonido Filadelfia. Todavía Luis Gardey viene a Cuba, donde tiene negocios desde hace años, y hasta canta, o se hace el que canta, en la TV.

Paradójicamente, el aparato cultural del castrismo no supo aprovechar a artistas realmente valiosos. Como a la española Massiel, a quien enojaron las cámaras de Seguridad del Estado que la espiaban en el hotel en que se hospedaba; al recientemente fallecido cantautor argentino Alberto Cortés, que agravió a los gazmoños comisarios por musicalizar los versos de Martí; y a Sergio Endrigo, que al final de su carrera, comunista como era, hubiese necesitado ayuda de los camaradas cubanos.

Endrigo, fallecido en 2005, fue un cantautor italiano, ganador del festival de San Remo de 1968, y muy popular en Hispanoamérica en la segunda mitad de los 60. Actuó en Cuba en los festivales de Varadero de 1967 y 1970, y por última vez, en 1977. Lontano dagli occhi, Yo te amo solo a ti, Canzone per te, Teresa, La rosa blanca (con versos de José Martí), El arca de Noé, fueron muy populares, tanto interpretadas por él como en las versiones de otros cantantes, como el español Dyango con Lejos de mí, o “La paloma”, un poema de Rafael Alberti musicalizado por el argentino Carlos Guastavino y que apareció en 1969 en el primer disco en castellano de Joan Manuel Serrat, pero que había sido interpretada originalmente por Endrigo.

A fines de los años 70, cuando Endrigo fue echado a un lado por las casas disqueras (de su último disco solo se hicieron 1500 copias y no tuvo promoción) no le hubiese venido mal que lo auparan en Cuba. Pero ya los comisarios lo habían olvidado y no reciprocaron su solidaridad.

luicino2012@gmail.com

Recibe la información de Cubanet en tu teléfono a través de Telegram o WhatsApp. Envíanos un mensaje con la palabra “CUBA” al teléfono +1 (786) 498 0236 y suscríbete a nuestro Boletín dando click aquí.

[fbcomments]