Otro año en dictadura… y van 60

Otro año en dictadura… y van 60

Nos convirtieron en una horda de energúmenos, vociferantes e inescrupulosos, en lucha por la subsistencia, sin rumbo, prestos a escapar a donde sea

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Otro año más en dictadura…. y van 60 (foto archivo)

LA HABANA, Cuba. – Sin pan en las panaderías, entre otras muchas carencias, con un pueblo que no oculta su descontento y unos mandamases que disimulan malamente su desazón, contradicciones y retrocesos con una constitución hipócrita y oximorónica, el castrismo llega a un aniversario tan redondo que espanta: el número 60.

Si hiciera un balance de lo que han significado para mí, en lo personal, estos 60 años de castrismo –esa catástrofe que testarudamente y contra toda lógica histórica se empecinan aun en llamar revolución- pesaría más, mucho más, lo negativo. De una forma u otra, directa o indirectamente, es suya la responsabilidad por casi todo lo malo que me ha pasado en la vida. Lo que a la postre pudo resultar positivo de este purgatorio no ha sido gracias sino a pesar suyo, a contrapelo de su ordenamiento y ordenanzas.

Bajo el castrismo ha discurrido más del 98% de mi vida. Aún no había cumplido los tres años cuando en enero de 1959 mis abuelos me llevaron en brazos a la esquina de Dolores y Diez de Octubre, a ver pasar, aclamados por la multitud, a los rebeldes barbudos.

Ya adulto descubrí que era imposible que hubiese visto, como creía, a Fidel Castro al frente de aquellos barbudos, saludando a la muchedumbre. Cuando el 8 de enero de 1959 Fidel entró en La Habana, viniendo del Cotorro y rumbo a Columbia, no pasó por Dolores y Diez de Octubre, sino por la calzada de Luyanó para enfilar por la Avenida del Puerto. A Fidel, entrando triunfante en La Habana, lo vi en mi imaginación, a fuerza de tanto verlo en fotos, en la televisión, en los Noticieros ICAIC y en el dorso de los billetes de un peso. Fidel murió sin que lo viese en persona. Ni falta que hizo, porque es como si siempre lo hubiera tenido delante, rascándose, mesándose la barba, manoteando, dando órdenes, prohibiendo y regañando.

En mi casa, al principio, adoraban a Fidel como a un dios. Recuerdo a una tía que rezó para que recuperara la voz, cuando le falló en un discurso. Pero mi familia no tardó en dividirse irreconciliablemente entre los que estaban a favor y los que estaban en contra. Mi padre se vistió de miliciano y mis hermanos renunciaron a Elvis y se fueron a alfabetizar. Aquella misma tía que rezaba por Fidel, cuando vio la expulsión de los curas y las iglesias cerradas, y a su marido acosado porque voceaba su repugnancia por el comunismo, hizo los papeles y se fue para Miami. Los queríamos mucho, los extrañábamos, pero no podíamos contestar sus cartas: nos decían que había que condenarlos al olvido, porque eran “gusanos, apátridas, traidores”.

Mi niñez, como la de todos los de mi generación, transcurrió entre consignas que hablaban de muerte, lemas que teníamos que repetir con entusiasmo, lutos de martirologio, sustos y preparativos para la guerra, porque nos decían constantemente que el ataque yanqui era inminente. Y no fue mejor la adolescencia, en la que nos fueron apartando de los hogares e intentaron a martillazos forjarnos como comunistas en escuelas de becas y campamentos de trabajo en el campo.

Pero el adoctrinamiento no resultó como esperaban. Algo les falló. Salí rebelde, respondón, ajeno a la obligatoriedad, la uniformidad y la mentalidad de rebaño, renuente a la pompa y la grandiosidad fidelista, que siempre me pareció picúa y papelacera. Chocante en las reuniones y frente a las planillas cuéntame-tu-vida, me gané el cartelito de conflictivo. Y fue peor cuando se tornó enfermiza mi afición por la proscrita música del enemigo. Había incurrido en el pecado mortal del diversionismo ideológico. Me estigmatizaron. Hasta mi familia me excomulgó por tanta majadería e incorrección. Era la oveja negra. Imagínense. Mi hermano estudiaba para ser piloto de MIG y yo era un pelúo que vestía como hippie y andaba con “gente rara”, al que botaron del Destacamento Pedagógico por “problemas ideológicos”, le cerraron las puertas de la universidad, “solo para revolucionarios”, que echó más que una pulseada, una guerra, contra carceleros y siquiatras por declararse objetor de conciencia para no cumplir el servicio militar, y al que luego de ser echado de todas partes, siempre por los consabidos “problemas ideológicos”, solo daban trabajo en la construcción o la agricultura.

Por suerte no me faltaron amigos, buenos amigos, a prueba de todo. Las mejores amistades son las que se hacen en tiempos difíciles, como los que nos tocaron, de carencias, hambre, castigos y prohibiciones. Solo que tuve que acostumbrarme a que se fueran yendo. De muchos no pude ni despedirme. Como pasó con los que se fueron por Mariel, apedreados por las turbas.

Tampoco me faltaron amores, pero todos terminaron mal. Unas se fueron del país y otras me dejaron. Fue porque los padres se oponían, porque el núcleo de la UJC les advertía sobre las consecuencias perjudiciales de estar con un tipo como yo, porque no cabíamos en la casa que se nos caía a pedazos, porque el salario solo nos alcanzaba para malcomer, porque con tanto trabajo apenas nos veíamos, porque “la situación” nos tenía siempre demasiado tensos y amargados, porque apareció otro tipo con mejores posibilidades, etc.

Hoy, es desolador presenciar cómo se diluyen, a pesar de todos mis esfuerzos, las ilusiones de mis hijos, que ya son padres y no avizoran -en medio de ruinas, cochambre y miseria- algo mejor para sus pequeños.

Estos 60 años han significado para los cubanos vernos reducidos a la indigencia, la renuncia a los sueños, el sometimiento a los designios estatales, la obligación de vigilarnos y denunciarnos los unos a los otros en la Gran Tribu Chivata, el reinado del cinismo y la mediocridad. Nos convirtieron en una horda de energúmenos, vociferantes e inescrupulosos, en lucha por la subsistencia, sin rumbo, prestos a escapar a donde sea en cuanto hay una oportunidad.

Escogido desde muy temprano como enemigo por el régimen, a punto de asfixiarme con tanta mentira, hipocresía y simulación, ¿puede asombrar que me haya unido al periodismo independiente? Gracias a ello no enloquecí o morí de tristeza. Escribir, aun con el riesgo de la cárcel, ha sido mi desquite por tanta infamia.

luicino2012@gmail.com

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