Cuba: cibersexo y “jineteo” virtual en tiempos de la COVID-19

Cuba: cibersexo y “jineteo” virtual en tiempos de la COVID-19

“La pandemia ha sido un desastre pero gracias a esto he descubierto un negocio que me da más dinero”, confesó a CubaNet una trabajadora sexual cubana

La pandemia de coronavirus ha provocado profundos cambios en la sociedad cubana (Foto del autor)

LA HABANA, Cuba. – Lídice siente que su cuerpo se cae a pedazos. Dice que ha pasado la mañana y parte de la tarde en una cola para comprar picadillo y papel higiénico, y que apenas cerró los ojos unos minutos, ni siquiera terminó de comer con la tranquilidad que hubiera querido, porque debía estar lista a las 9:00 de la noche para atender a un par de clientes habituales que la llaman por el servicio de sexo telefónico que ella ofrece desde hace unos meses.

“A veces incluso me llaman a las 3:00 de la mañana, a las 7:00, alguien  que se levanta caliente o que quiere masturbarse diciéndole yo cochinadas. Por supuesto que me molesta pero qué le voy a hacer si eso es como mínimo un peso”, dice la joven, quien recibe saldo telefónico como forma pago para después trocarlo por dinero en efectivo o por algo que necesite: champú, jabón y hasta por un turno en una cola.

La pandemia, las restricciones de movimiento impuestas para intentar frenar los contagios y, por supuesto, la ausencia de turismo, han obligado a Lídice a dejar las calles, donde trabajaba desde hacía varios años como prostituta, y hacer lo que ella con total ironía llama “teletrabajo”.

“¿No dice el Gobierno que hay que quedarse en casa y optar por el teletrabajo? Eso es lo que estoy haciendo yo, jineteo virtual”, afirma la muchacha antes de soltar una carcajada para continuar ofreciendo más detalles de su negocio circunstancial.

La iniciativa se le ocurrió a partir de hacerse miembro de un grupo de WhatsApp. Ella, que jamás había buscado clientes por esa vía de Internet, viendo que pasaban las semanas y no ganaba dinero, se decidió a publicar algunas fotos buscando al menos “pescar un cubano, un viejo loco y tuerto, lo que sea”, ha dicho, porque así de extrema era su desesperación. 

“Primero me metí en un grupo de Facebook y después me uní a un grupo de WhatsApp, a veces es solo sexo por teléfono pero de vez en cuando quedo con alguien. No es lo mismo que hacía antes, se gana muchísimo menos, pero de algo hay que vivir”, comenta Lídice.

Las circunstancias actuales han complicado aún más la situación de los trabajadores sexuales, un grupo de personas que, teniendo en cuenta todas las variantes del oficio, estaría integrado por decenas de miles de hombres y mujeres en todo el país, posiblemente entre los más afectados y vulnerables en las actuales coyunturas económica y sanitaria.

“Todo el mundo pensaba que sería cosa de un mes y ya, después de nuevo a buscar fulas (dólares) pero esto se ha trancado y de mala manera. Ya nadie sabe lo que va a pasar, y si vuelven a abrir dicen que no vendrá la misma cantidad de turistas y eso es malo porque va a haber mucha gente pasmada (sin dinero) y cuando no se puede de una forma hay que buscar otra”, dice Oscar, un joven que se ha unido a un grupo privado en WhatsApp, el cual reúne a personas que buscan relaciones con extranjeros con finalidad de matrimonio.

Habiendo perdido el empleo como camarero en el restaurante de un hotel de La Habana, y sin garantías de que, al reiniciarse las operaciones turísticas, pueda recuperar su antigua plaza o al menos conseguir otra aunque sea menos remunerada, Oscar decidió probar suerte en Internet, a pesar de que nunca pensó en ponerle precio a su cuerpo.

“Me da lo mismo si es hombre o mujer, necesito alguien que me saque o que me mande dinero, cualquier cosa porque esto se está poniendo feo, claro que yo quiero trabajar pero lo que me ofrecieron fue en la agricultura, y mira, eso yo no lo hago. Si pagaran bien, ok, voy para el campo pero lo que pagan es una miseria. En un año y pico cumplo 30 y ya debo pensar en cómo salir de aquí porque la juventud no es para siempre”, comenta quien, junto con Dunia, su novia —también trabajadora del turismo que ha quedado sin empleo a causa de la pandemia—, se aventura como “masajista”, aun sin conocer el oficio.

“Yo le hablé claro y ella estuvo de acuerdo. Ella también está buscando alguien que la saque (…). Claro que no es lo que uno quería pero esto lo ha cambiado todo, y para colmo esta gente (se refiere al Gobierno) lo está poniendo más malo, todo lo han puesto en dólares, lo han trancado todo, si te cogen vendiendo un cucurucho de maní te meten preso (…). Lo que no hacemos es sexo, eso es pan para hoy y hambre para mañana (…). Hicimos lo de los masajes para ir tirando y porque se paga bien, es algo limpio, hay su cosa pero nadie te toca, eres tú quien toca y no pasa de ahí”, explica Oscar.

Por un masaje de una hora y con servicio a domicilio el joven dice cobrar entre 15 y 25 dólares, incluso mucho más cuando debe desplazarse demasiado lejos dentro de la ciudad, o cuando le solicitan un servicio “especial” con “final feliz”.

Son precios bien altos para el nivel de ingresos de cualquier cubano, estandarizados en el gremio, y por tanto los apartados de “Servicios Otros” en las páginas de clasificados comienzan a llenarse de este tipo de propuestas donde algunos aprovechan para introducir una “oferta” similar al masaje pero que evidentemente clasificaría como comercio sexual.

Por la vía de este tipo de publicaciones en Internet pudimos contactar con Gema, una joven que, a diferencia de Oscar, sí ejercía la prostitución desde antes de la pandemia y que hoy se ha visto obligada a modificar varios aspectos de su negocio. A veces vende fotos y pequeños videos de su cuerpo desnudo o semidesnudo a personas que se lo solicitan desde el grupo de Facebook al que pertenece. También ofrece masajes eróticos tanto a hombres como a mujeres.

“Mira, la pandemia ha sido un desastre pero gracias a esto he descubierto un negocio que me da más dinero. Ojalá lo hubiera hecho antes, lo que más odiaba cuando estaba con alguien no era ni que fuera viejo o que tuviera mal olor, nada de eso, lo peor es que se creyeran que porque me pagaban podían humillarme o tratarme como basura, aquí viene mucho extranjero muerto de hambre a hacerse (alardear). Ahora gano mucho más y pongo las reglas del juego, sí, voy, les doy el final feliz que me piden pero ya, esto (su cuerpo) lo toca quien a mí me dé la gana”, dice Gema, que además asegura haber cobrado hasta más de 50 dólares por una hora de servicio y que piensa pedir mucho más cuando comience a trabajar “a cuatro manos”.

“Es algo que se me ha ocurrido. Mucha gente que me llama me dice ‘Oye, un masaje a cuatro manos, oye un masaje con otra chica’, pero Melissa (su pareja) no quiere. Ya la tengo medio convencida, además está viendo que se gana más dinero que con las fotos”, refiere Gema y además agrega en otro momento de nuestra conversación:

“(Haciendo lo que hago ahora) no solo gano más porque tengo más clientes (sino porque) no tengo que estar pagándole al policía para que me deje estar sentada en un bar con un yuma (extranjero), para que no me pida el carnet y me mande para Holguín, un viejo te paga cuanto más 100 dólares por hacerte cochinadas toda la noche, y mira, me pagan eso por tres masajes, y son tres horas. No hay comparación”, concluye la joven.

Aunque en redes sociales e internet en general no abundan los grupos y páginas que uno pueda identificar como abiertamente de servicios sexuales de pago, enfocados exclusivamente en Cuba (los que existen no muestran mucha actividad), lo cierto es que los espacios virtuales de búsqueda de pareja y de clasificados —contabilizados en unos cuantos miles, de acuerdo con información disponible en http://cu.gruposwats.com, https://www.igrupos.com y en http://www.agregame.com/cuba)— están sirviendo como lugar alternativo de encuentros para las transacciones, lo que en muchos casos ha influido en la modificación de las estrategias tanto de los clientes como de los hombres y mujeres sexoservidores incluso desde antes de la pandemia. 

Pero las actuales circunstancias han venido a exacerbar el fenómeno, incluso a visibilizar, al menos en el espacio virtual, tanto el auge alcanzado por la prostitución en la Isla como los alarmantes problemas sociales que la acompañan en una realidad peculiar, en una sociedad cerrada como la cubana. 

No pudiendo acudir a los lugares habituales donde encuentran a los clientes, obligados a permanecer en sus casas por la pandemia de coronavirus y su condición de residentes ilegales de acuerdo con las leyes migratorias internas que rigen en la Isla, y con muy pocas opciones para encontrar alimentos y demás artículos de primera necesidad, los trabajadores sexuales han buscado alternativas para ganar dinero ejerciendo el oficio pero, sobre todo, para evadir en algunos casos la persecución policial, que a veces forma parte de la cadena de corrupción a la que deben incorporarse si desean operar “libremente” o, mejor dicho, sin demasiados contratiempos.

Desprotegidos, abandonados a su suerte por no contar con un empleo legalmente reconocido y, además, por ser un grupo convenientemente invisibilizado por el régimen —a pesar del importante papel que desempeña la prostitución en el crecimiento del turismo, al ser el “comercio sexual” uno de sus “valores agregados” y por tanto sugerido en buena parte de la propaganda comercial— los hombres y mujeres sexoservidores son de los cientos de miles de cubanos más afectados por el cierre de las fronteras, la militarización de las calles, el desabastecimiento casi absoluto, las medidas de estricto control impuestas al comercio minorista y, sobre todo, por la ofensiva contra las “ilegalidades”, esto último una estrategia que, sin dudas, lleva en el trasfondo la voluntad del régimen de distraer la atención sobre asuntos que causan descontento popular y para los cuales no tiene una solución efectiva. 

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Acerca del Autor

Ernesto Pérez Chang

Ernesto Pérez Chang

Ernesto Pérez Chang (El Cerro, La Habana, 15 de junio de 1971). Escritor. Licenciado en Filología por la Universidad de La Habana. Cursó estudios de Lengua y Cultura Gallegas en la Universidad de Santiago de Compostela. Ha publicado las novelas: Tus ojos frente a la nada están (2006) y Alicia bajo su propia sombra (2012). Es autor, además, de los libros de relatos: Últimas fotos de mamá desnuda (2000); Los fantasmas de Sade (2002); Historias de seda (2003); Variaciones para ágrafos (2007), El arte de morir a solas (2011) y Cien cuentos letales (2014). Su obra narrativa ha sido reconocida con los premios: David de Cuento, de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC), en 1999; Premio de Cuento de La Gaceta de Cuba, en dos ocasiones, 1998 y 2008; Premio Iberoamericano de Cuento Julio Cortázar, en su primera convocatoria en 2002; Premio Nacional de la Crítica, en 2007; Premio Alejo Carpentier de Cuento 2011, entre otros. Ha trabajado como editor para numerosas instituciones culturales cubanas como la Casa de las Américas (1997-2008), Editorial Arte y Literatura, el Centro de Investigaciones y Desarrollo de la Música Cubana. Fue Jefe de Redacción de la revista Unión (2008-2011).

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