Los muertos no opinan

Los muertos no opinan

Si una China totalitaria alcanzara la hegemonía mundial, su apetito imperial se vería limitado por el fantasma del holocausto nuclear

Desfile militar chino, 2015 (Reuters)

LA HABANA, Cuba.- He leído en CubaNet otro interesante trabajo de Carlos Alberto Montaner. Bajo el título “Grandeza y decadencia de Estados Unidos”, el autor desarrolla una tesis original y aventurada. Creo que debo aprovechar esta ocasión, pues sólo de manera excepcional, como ahora, discrepo en parte de las opiniones de ese eminente pensador o creo que algunas de ellas merecen ser matizadas.

Según se expresa en ese artículo, cabe esperar que, dentro de determinado número de decenios, el gran país de Norteamérica comience a declinar. Esto cae dentro lo posible. Al menos, es lo que hasta ahora nos han demostrado la historia y los distintos ejemplos de estados que prevalecieron en un momento y decayeron después, los cuales Montaner enumera con acierto. Y esto, pese a la preeminencia de la tecnología estadounidense, que ahora mismo parece insuperable.

Don Carlos Alberto presume que la posición de superpotencia mundial será ocupada en su momento por China. Esto cae también dentro de lo probable. Aunque resulta oportuno destacar la diferencia entre el gran crisol norteamericano (el “melting pot” de la frase anglosajona) y el abigarramiento de una China en la que conservan su individualidad las distintas nacionalidades.

Los uigures en el Sinkiang, los mongoles y manchúes al Norte y los tibetanos de la gran meseta se sienten —y son— importantes factores centrífugos dentro de la gran potencia emergente en el Este de Asia. Hasta el momento, el gobierno absorbente de Beijing ha logrado aplastar las reinvindicaciones nacionales y religiosas de esos pueblos, pero puede llegar el día en que no pueda seguir haciéndolo.

Es cierto que, en el aspecto numérico, existe una gran preponderancia de la etnia dominante: los han. Pero incluso ésta es heterogénea.  En puridad, se trata de varios grupos lingüísticos diferentes, que sólo tienen en común la escritura. Esto explica el mantenimiento a ultranza del arcaico sistema de los ideogramas. (Algo bien diferente sucede en Japón, donde, sin atentar contra la unidad del idioma, sí pudiera introducirse el uso del alfabeto, cosa que no se ha hecho por una mezcla de tradición y capricho).

Si esas fuerzas centrífugas no llegaran a cristalizar en China, entonces sí resulta razonable pensar que el gigante asiático, con su inmensa población y el impetuoso desarrollo que ha alcanzado gracias a los elementos de capitalismo introducidos en su economía (que, pese a ello, sigue presentándose como “socialista”), llegue a ocupar hacia mediados de siglo el primer plano mundial.

Si para esa fecha siguiera imperando en ese gran país el régimen político totalitario que él padece hoy bajo la férula del Partido Comunista, entonces cabe esperar que el planeta sea testigo de una vocación imperial al lado de la cual la de Estados Unidos y otros países democráticos que lo precedieron en la hegemonía mundial, parezca un juego de muchachos. Y esto a pesar de Nicolás Maduro, que cita a China como supuesto ejemplo de gran país sin pretensiones supremacistas.

Es probable que, para entonces, los hijos —y nietos— de los que ahora califican al “imperialismo yanqui” como el “Gran Satán”, de quienes hoy lo execran como la personificación de todos los males, empiecen a añorar estos tiempos, en los cuales la hegemonía correspondía a una república de libertades, y no a una satrapía sin derechos que enarbola el marxismo leninista (aunque al mismo tiempo, y sin ver contradicción alguna en ello, proclame que “enriquecerse es glorioso”).

Aquí surge mi mayor discrepancia con el amigo Montaner. Él especula: Es posible que China, una vez alcanzado su predominio, “descubra una manera más eficiente de matar a los seres humanos que la guerra nuclear”. Y continúa: “Si ello sucede tal vez la empleen”. Su pronóstico es que tal cosa “ocurrirá a mediados de este siglo”.

Espero, en cambio, que, de llegar ese momento de preponderancia asiática, seguirá ejerciendo su acción beneficiosa el tan execrado “espectro electronuclear”. Por mucho que se haya hablado y escrito en contrario, es un hecho cierto que, durante decenios, la existencia de las bombas atómicas y de hidrógeno ha evitado el estallido de una tercera guerra mundial.

Las perspectivas de la “destrucción mutua asegurada” y la existencia de la OTAN, han puesto coto a las ansias expansionistas de potencias emergentes como la antigua Unión Soviética y su sucesora Rusia. Y esto pese a coyunturas difíciles, como la de octubre de 1962, que la Humanidad debe agradecer al aventurerismo de Nikita Jruschov y Fidel Castro.

Esperemos, pues, que si para los años cincuenta los comunistas chinos alcanzan en verdad el predominio mundial y descubren una forma más eficaz de masacrar semejantes, se cohíban de utilizarla ante la perspectiva del exterminio termonuclear.

Y sí, estoy seguro de que los viejos no viviremos ese momento. Como expresó el fundador de la dinastía castrista (y en esa oportunidad, por rara excepción, dijo bien): “Los muertos no opinan”.

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