Camila Acosta enfrenta a la dictadura, incluso, con sus residuos

Camila Acosta enfrenta a la dictadura, incluso, con sus residuos

Camila Acosta insinúa así, al poder, que va a enfrentarlos con todos los recursos que tenga a mano, incluidos sus detritus

Camila Acosta Cuba David Goliat
Camila Acosta, periodista de Cubanet (Foto de archivo)

LA HABANA, Cuba.- ¿Quién puede asegurar en este mundo que es incapaz de reconocer el sonido de una gran meada? ¿Qué humano no percibió el chasquido de la orina que cae ligándose con el agua asentada en el fondo del inodoro? ¿Cuántos no percibieron, aún sin proponérselo, ese concierto de estallidos ajenos en un baño público? ¿Quién no hizo alguna vez comparaciones y quedó inconforme? ¿Quién podría asegurar que no se reconoció apenado por su poquedad o deslumbrado mientras escuchaba el sonido de una enorme catarata de urea?

Sin dudas orinar es uno de los actos más normales y entrañables, e incluso trascendentales, de nuestras existencias. Y es que orinar resulta más común, algo menos conflictivo que defecar, e incluso más que bañarse; una orinada puede transcurrir en cualquier parte. Su frecuencia, sus intensidades, solo podrían compararse con las muchas veces que bebemos agua durante el día. Supongo que no sería preciso insistir tanto, como hago ahora, en la trascendencia de ese acto liberador. Tan importante resulta orinar que hasta podría hacer balance de los muchos sitios en los que me entregué extasiado a la micción, y sucumbí al sonido…, pero no lo haré.

Tan importante resulta una orinada que el arte recoge muchas en su ya larga historia. Ahora recuerdo una prueba no muy distante en el tiempo, una película de Almodóvar, aquella “Pepi, Lucy y Bon y otras chicas del montón” con esa tremenda “lluvia dorada” que debió espantar a tantos espíritus pacatos, en la sala de cualquier cine o en la soledad de una casa. Sin dudas una “lluvia dorada” tiene connotaciones negativas para espíritus medrosos, pero existe en el arte, y en la vida, y eso hoy es innegable.

Y una meada también podría tener connotaciones políticas, como una que ocurrió en La Habana el 10 de octubre último, y que tuvo como protagonista a Camila Acosta, una joven, y muy valiente, periodista de Cubanet. Camila Acosta salió a la calle ese día para hacer reverencias a quienes se levantaron contra el colonialismo español, y para hacer exigencias al comunismo cubano tan emparentado ahora, sobre todo en su accionar represivo, con sus ancestros ibéricos. Y tan parecido es el comunismo al colonialismo que hasta detuvieron a Camila, como ya le había sucedió en incontables ocasiones. Camila fue llevada a una estación de policías en La Lisa, y abandonada dentro de un “carro patrullero” distinguido con el número 572.

Y resulta que el calor, la rabia, el dilatado tiempo del encierro en aquel auto del que no la “invitaron” a bajar, le despertaron a la joven ese escozor que anuncia que hay que evacuar pronto, echar afuera toda la orina guardada…, y ella orinó en ese auto patrullero 572 del que no la dejaron bajarse. Camila no tuvo un inodoro decente para sentarse y echar afuera todo lo que le estaba sobrando en su vejiga. Camila no tuvo otro remedio que dejar todo cuanto la excedía en el asiento trasero de ese carro patrullero. Camila hizo una meada pantagruélica en uno de esos autos policiales que ya tienen un gran average, si es que atendemos a las tantísimas veces que, hasta hoy, cargaron con opositores y periodistas independientes, como sucedió este 10 de octubre último.

Y no será de extrañar que sucedan estas cosas en un auto policial. Y eso no es malo, es buenísimo, es una respuesta a ese poder que no entiende, ni siquiera, de “necesidades elementales”, de la libertad que precisa también la urea. Y aplaudo lo que Camila hizo, aplaudo su pis, y celebraría también una cagada pantagruélica, que no haría otra cosa que poner luego a esos opresores en su hábitat natural, ese lugar que esta signado por la mierda y el orine. Una cagada, una meada de vez en cuando pondrá en evidencia la verdad, hará notar que un carro patrullero no es otra cosa que un retrete sucio y pestilente. Un carro patrullero sirve lo mismo para detener a una joven periodista que para violar a unas adolescentes, aunque la policía no haga visible esas satrapías policiales, y ni siquiera las escatológicas valentías de Camila Acosta.

Camila Acosta no deja de impresionarme, y esta vez lo hace con una meada, una orinada bien puntual, insistentemente pantagruélica, casi una hecatombe de urea, un desafío, una burla, una advertencia. Camila Acosta insinúa así, al poder, que va a enfrentarlos con todos los recursos que tenga a mano, incluidos sus detritus. No tengo dudas de que la policía la seguirá acosando, seguirá intentando que abandone su empeño en hacer notar esas desavenencias que la llevan a oponerse a la dictadura, pero bien sé que ella no va a reposar. Camila volverá a enfrentar al poder, incluso con la fuerza de sus detritus, y eso la convierte en una muchacha valiente, y sobre todo, singular. Y yo la aplaudo, le grito ¡Bravo!, aunque me tape la nariz.

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Jorge Ángel Pérez

(Cuba) Nacido en 1963, es autor del libro de cuentos Lapsus calami (Premio David); la novela El paseante cándido, galardonada con el premio Cirilo Villaverde y el Grinzane Cavour de Italia; la novela Fumando espero, que dividió en polémico veredicto al jurado del Premio Internacional de Novela Rómulo Gallegos 2005, resultando la primera finalista; En una estrofa de agua, distinguido con el Premio Iberoamericano de Cuento Julio Cortázar en 2008; y En La Habana no son tan elegantes, ganadora del Premio Alejo Carpentier de Cuento 2009 y el Premio Anual de la Crítica Literaria. Ha sido jurado en importantes premios nacionales e internacionales, entre ellos, el Casa de Las Américas

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