Cabeza, tronco, extremidades…, y jaba

Cabeza, tronco, extremidades…, y jaba

En Cuba nadie puede prescindir de la jaba; en la jaba, en el bolso, en la mochila puede caber algo que consiga nuestra sobrevida

jaba Cuba
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LA HABANA, Cuba.- Aún recuerdo aquel día en el que mi padre se quedó mirándome fijamente. Lo hacía con muchísima frecuencia, solo que esa vez el vistazo tenía algo, o quizá mucho, de socarronería, de un innegable ánimo inquisidor, de cierto espíritu burlón. Él pretendía que yo percibiera su mirada y que la juzgara diferente a las otras que me había dedicado, y sobre todo que me intrigara un poco, y lo consiguió. Mi padre me dijo luego, suponiéndose victorioso, que mi cuerpo se dividía en: cabeza, tronco, extremidades…, y mochila.

Mi padre pretendía “poner en evidencia” a la mochila que yo cargaba siempre.  Ahora no tengo dudas de que, con su jocosa observación, trataba de hacer notar, como si tal cosa hiciera falta, a las mochilas que se hicieron tan comunes en esos años en los que transcurrió mi adolescencia, pero mi padre no explicó el chiste, y yo salí; y ahora, después de tantos años, recuerdo otra vez aquella “humorada”, esa que ponía en evidencia a toda una generación de jóvenes “mochileros”.

Y es que las mochilas se hicieron muy comunes para algunos jóvenes, mientras otros tuvieron que conformarse con toscos maletines, o con aquellos groseros equipajes de madera a las que algún candado trataba de convertir en “maletas herméticas”. Eran años de “escuelas al campo” o de “escuelas en el campo”. Años en los que nada estaba a buen resguardo, en los que se estaba muy lejos de la casa y muy cerca de esos ladrones que comenzó a formar la “nueva escuela”, esa a la que el eufemismo de una canción llamaba “casa o escuela nueva”.

Y ahora vuelven mi padre y su ocurrencia a mi cabeza, y hasta me pregunto por lo que diría si desandara cualquier calle de esta Isla, e incluso un terraplén. Hoy me pregunto por lo que diría mi padre si viera que todo un país carga jabas, y jabas, y más jabas, y todas colmadas de incertidumbres. Hoy me pregunto por lo que diría él, por lo que decimos nosotros mismos de ese “jabeteo”, de tanta jaba perpleja, asustada por la penuria, por la carestía, por el hambre, por el vacío que las colma.

Y pienso en este país que deberá, alguna vez, hacer un monumento a la jaba, un monolito que muestre la fusión del cubano con la jaba, para que no se olviden ni el uno ni la otra. Será preciso, en el futuro, memorizar la jaba vacía y recordar a quienes hoy la sostienen con una desesperanza tan grande que no cabría dentro de una jaba. Y será preciso hacer notar esa angustia, esa que ni siquiera un monumento haría toda la justicia que ella merece. Y quizá alguien supone, mientras me lee, que deliro, que este último encierro, el “profiláctico”, me está volviendo loco, pero no es cierto, o al menos no del todo.

Para entender, para entenderme, habría que mirar las caras cubanas en las colas cubanas, habría que mirar las jabas y las compras. Sería bueno poner en evidencia lo que cargamos en la jaba después de soñar lo que precisábamos cargar. Sería muy bueno mirar a todas partes, y sobre todo a los que están en la fila. Indagar en sus deseos, o quizá resultaría mejor hurgar en sus necesidades, para luego hacer contraste con lo que finalmente consiguieron. Sería buenísimo escudriñar los precios, indagar en los gastos, en los entusiasmos y también en los desvelos que fueron previos a la compra.

Sería bueno para todos, pero mucho más para los decisores, reconocer cuánto hay de esperanza, y cuánto de sobresalto, en una cola. Sería bueno que esos decisores reconocieran que son ellos los culpables de esas colas y de la “vocación” de los nacionales de cargar jabas vacías dentro de otra jaba, y también de las muchas escaseces que no las llenan. Sería bueno que los decisores averiguaran cuánto queda de esperanza en una cola y cuánto comulgan las esperanzas con las realidades.

Ojalá alguna vez los mandamases se acerquen a una cola e indaguen en la cantidad de bolsitas plásticas que se precisan para cargar lo que se consigue, lo que se lucha y lo que, al decir de algunos, se acapara. Habría que indagar en lo angustiosa y arriesgada que puede resultar una cola, y en las enormes distancias entre necesidades y posibilidades, en las correspondencias entre los precios y la escualidez de los bolsillos.

Habría que ser muy tonto para hacer cuestionamientos a quien acumula lo que puede, es ridículo pensar que, después de tantos años de racionamientos y miserias, después de las inseguridades que ahora crecen más, y más…, el que llegó finalmente al anaquel o al mostrador no intentará “resolver” todo cuanto pueda. Es malvado hablar de acaparamiento en medio de tantas necesidades. Nuestras bolsitas plásticas, esas que también cuestan y que no permiten grandes cargas, deben cargar “to’ lo que se pueda conseguir”.

En Cuba nadie puede prescindir de la jaba; en la jaba, en el bolso, en la mochila puede caber algo que consiga nuestra sobrevida. Hay algunos pocos en Cuba que tienen bolsas y bolsas de dinero que les permiten luego hacer viajes y viajes, y están también los que tienen bolsas y bolsas de necesidades y van con ellas a las colas para cargar con lo que consigan.

En estos días se habló mucho de Tamayo, y yo pensé que él también debió llevar una jabita al cosmos, una jaba en la que metió ese montón de cositas que llevó hasta allá arriba; arena de Girón y una bandera nacional, y también la de Céspedes, y una imagen del Ché Guevara, y una réplica del yate Granma, y una edición pequeñita del Manifiesto de Montecristi y poemas de Martí y otros de Guillén.

Tamayo debió llevar una jaba al cosmos, pero no supimos lo que trajo a su regreso, y tampoco lo vimos en una cola y con una jaba durante estos días, pero si podemos suponer lo que cargan las jabas de esos cubanos que hacen colas en estos días para poder llevar algo a la boca de sus hijos, de sus viejos padres. Y así ocurre desde hace sesenta años, sesenta años en la que los cubanos exhiben sus cabezas, sus troncos, sus extremidades, y esas “jabitas” en las que cargan sus pesares, sus “sobrevidas”.

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Jorge Ángel Pérez

(Cuba) Nacido en 1963, es autor del libro de cuentos Lapsus calami (Premio David); la novela El paseante cándido, galardonada con el premio Cirilo Villaverde y el Grinzane Cavour de Italia; la novela Fumando espero, que dividió en polémico veredicto al jurado del Premio Internacional de Novela Rómulo Gallegos 2005, resultando la primera finalista; En una estrofa de agua, distinguido con el Premio Iberoamericano de Cuento Julio Cortázar en 2008; y En La Habana no son tan elegantes, ganadora del Premio Alejo Carpentier de Cuento 2009 y el Premio Anual de la Crítica Literaria. Ha sido jurado en importantes premios nacionales e internacionales, entre ellos, el Casa de Las Américas

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