¡Ay Cachita! Ora por nosotros

¡Ay Cachita! Ora por nosotros

Seis años después del 400 aniversario, El Cobre sigue siendo sitio de obligado peregrinaje… y del trueque tutelar

Santuario y casa episcopal vistos desde Las Minas. Foto del autor

SANTIAGO DE CUBA, Cuba.- Juan José Indalecio de la Caridad lleva 39 años, mucho antes de que fuera declarado trabajador “legal”, exhibiendo artesanías en una acera del camino al Santuario de El Cobre, a unos 30 kilómetros al este de la ciudad capital del oriente cubano.

Como casi todo ancestro suyo nació allí, hace un montón de años, y aprendió en heredad la carpintería, y el amoldado en adobe de las figuras religiosas, lo que le daría placentero sostén.

Juan, como el negrito de la virgen, es católico.

La iconografía resucitada tras decenios de persecución —admite en su jerga sencilla—, se ha extendido a sectores practicantes del sincretismo religioso insular, pero “lo mío es la tradición”.

Por eso no desea que le “mienten a Oshún”, que es la versión yoruba de su patrona, “ni al Elegguá”,  ni a ningún Oggun guerrero de los Orichas, porque no los construiría “ni por un saco de pesos”. Y “mira que viene gente”. Pero nada, no da su brazo a torcer.

Las éticas/estéticas propias las guarda en gratitud de la Virgen de la Caridad del Cobre, regenta absoluta —“Cachita” para él y otros cubanos—, y de los tres barqueros que la rescataron del mar en 1612, pues le resultan suficientes para mantener concordia mental y económica.

Armando Cristiano es joven sin profesión ni estudios, “ayudante de Indalecio” a ratos, quien vende sin permiso gubernamental mientras cuida del negocio cuando el dueño no está. Su secreto empleador no puede asumir “la seguridad social”.

Aprendió “por detrás” a hacer figuritas y soportes, y auxilia a Indalecio en el montaje de imágenes o elaborados altares, lo mismo “consiguiéndole maderas, piedritas y fangos”, que en la talla, pintura o el envasado al vacío, porque las efigies que mejor se comercializan son las que recubren al final con lustrados vidrios.

Camilo y Ernesto, dúo de vástagos de la familia Pérez Fernández, llegaron como potenciales agricultores a las inmediaciones de las minas desmanteladas, al son del paso revolucionario. Sus padres fueron ex rebeldes obsequiados, por la segunda ley de reforma agraria en 1963, con dos hectáreas de tierra que inmediatamente fueron convertidas en jardín de girasoles.

Labrarse “una punta de frijoles, surcos de boniatos y par de cordeles de arroz” o “criar un chancho” era impersuasible en una zona que no produce bien más que bastos aromales.

Desde entonces decidieron que en conjunto comerían de “lo que la magicumbia diera” a cambio, y echaron la ventura y el azar por la ventana en forma de subyugantes ramilletes amarillos.

Siempre vigilantes

Con la apertura de una oficina tributaria en 2005, José Indalecio y los hermanos Pérez Fernández acudieron a patentar normativas e inscripciones.

El novedoso clasificador para trabajos “independientes” de la tutela estatal, los remitía a la esfera de los servicios públicos como “productor/vendedor de artesanías” y “florista”, respectivamente.

Con los años —y los muchos pesos aportados, más los sonsacados—, consiguieron espantar temporalmente al millardo de inspectores-husmeadores que en cada temporada, cercana o no a la anual peregrinación, desembarca infaltablemente vía camiones “particulares”, en los que también “han montado de gratis”.

Las multas que imponen por tener un empleado no declarado, por la procedencia no verificable de materiales utilizados, o cualquier atraso en pagos por el sitio de ofertas, pueden derivar en contundente trauma.

Por tanto, es mejor evitarse el descalabro estableciendo relaciones previas, cual tributo callado al cimarronaje que de tan cerca les llega (en ruta del esclavo al pie de las vetas que diera fortuna a los amos fundacionales).

Actualmente son tantos los que violan las regulaciones —porque hace más de un año que no permiten asentamientos ni reinscripciones— que compitiendo con manteleros africanos de la invadida Europa, los ves desaparecer en un periquete, e internarse en lo profundo de los patios rumbo al monte.

Luego escuchas que “olieron peligro”, y a veces “falsa alarma” cundió en el barrio.

Juan Pablo, Varela y la Constitución

La “Virgen Mambisa” gira, se ofrece a misa en su trono radiante y alumbrada, mientras a la isla la sacude una incierta ola de “cambios” que el gobierno decreta cual pandemónium que se prefiere ignorar.

Igual que los locales impasibles a otra cosa que no sea el acto de imponerle artesanías al primer paseante, la iglesia consiente en su estatismo.

Solo el Arzobispo santiaguero recién aportó al desconcierto de la nación una postura, declarando su adhesión a la censura sexista de los análogos protestantes. En mala hora.

Sendos bustos del Padre Félix Varela y el Papa Juan Pablo II custodian ¿en balde? la entrada al templo donde se suceden reverencias, suplicas y llantos.

Nadie clama —dentro o fuera— por una ley fehaciente que libere las garras del enfático poder, o a quienes sumieron a la isla en un abandono parecido al que se hallan los yacimientos cercanos.

La egolatría —como la indiferencia— se halla enseñoreada ¡y de qué callada manera!

Las viejas promesas a Cachita enmohecen, y las presentes pierden actualidad.

El Papa y Varela fueron precursores de la libertad del hombre, maestros y discípulos —a sus tiempos difíciles— de los modos honorables que existen para pelearla y preservarla.

Así los mercachifles defiendan a capa y espada su parte,… ¿servirán de algo tan gloriosas valentías —nacionales e importadas—, o seguirán siendo meras estatuas que nada incitan a cobardes/aquejados?

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