Ancianos en medio de la crisis: Un ingrato modo de vivir

Ancianos en medio de la crisis: Un ingrato modo de vivir

Ante el aumento de la presión económica y la crisis interna, al gobierno cubano le conviene que se muera por lo menos un cuarto de millón de viejos

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Anciana en Infanta y San Lázaro (foto del autor)

LA HABANA, Cuba. – Eloísa tiene 74 años y vive sola. Jubilada de la Industria Ligera, devenga una pensión de 242 pesos a la cual suma 50 dólares que todos los meses le envía su hermana desde los Estados Unidos. Aunque sus ingresos apenas le alcanzan para una alimentación regular, la anciana se considera afortunada en comparación con otros coetáneos que procuran sobrevivir con una chequera tan magra como la suya, pero sin el aliciente de alguna remesa.

Con ese dinero la señora paga los servicios básicos, compra sus medicinas para la hipertensión y el glaucoma, y el resto lo pone en manos de su vecina, Esther, quien lo administra cuidadosamente para que alcance; aunque muchas veces, y ambas lo reconocen, hay que poner un poco más. Ese extra proviene de Esther, cuentapropista sin licencia ni intenciones de adquirirla porque, opina, “este gobierno no merece que se le pague un centavo por algo que apenas da para comer”.

La ayuda mutua entre Esther y Eloísa nació en los años duros del Período Especial, cuando los cubanos conocieron una miseria absoluta y colectiva. En medio de la crisis Esther se vio sola con dos hijos pequeños y todavía hoy recuerda, con los ojos húmedos, cómo Eloísa cosía ropa para sus dos niños con los retazos que conseguía en las naves de corte de la Industria Ligera.

“Gracias a ella mis hijos tuvieron que ponerse, y jamás me cobró un centavo”. La ropa era humilde, pero bien cosida; y a lo largo de la primaria y la secundaria, Eloísa continuó cosiendo y ajustando la ropa de los muchachos, incluidos los uniformes escolares. La poca comida que había también la compartieron, priorizando a los menores, como sucedió en la mayoría de los hogares cubanos.

En el año 1996 la hermana de Eloísa, único familiar cercano, ganó la lotería de visas y se fue a Estados Unidos. Casi enseguida comenzó a ayudarla y hasta el día de hoy no han faltado las remesas, aunque éstas han ido disminuyendo porque, nos cuenta, su hermana también ha envejecido y ya no puede enviar tanto dinero como antes.

Detrás de esta historia de solidaridad ajena a las conveniencias políticas y los desastres naturales, subyacen los avatares de dos cubanas que han forjado una alianza superior a los lazos de sangre. La verdadera razón por la cual Eloísa se considera afortunada no son los dineros de su hermana, ni la posibilidad de vivir bajo un techo en buen estado. Cada vez que piensa en los más de dos millones de ancianos que ahora mismo viven en una Cuba amenazada por otra crisis, reconoce que lo verdaderamente imprescindible en la vejez son la compañía y atención de algún ser querido.

En 2018 el régimen destinó cerca de 4 millones y medio de CUC para suplir las necesidades de los 150 hogares de ancianos y las 207 casas de abuelo con que cuenta el país.  La cantidad, irrisoria en comparación con lo que el Estado invierte en mantener tres ejércitos, no es suficiente para garantizar la sostenibilidad y calidad de un servicio que consume numerosos recursos y demanda un extra de humanidad irreconciliable con los bajos salarios que devenga el personal encargado de los cuidados geriátricos.

Detrás de las cifras pomposas acecha la trágica existencia de quienes están sufriendo a solas la pesada carga de vivir sin la fuerza de antaño, en un contexto que a menudo exige recurrir a la violencia para satisfacer necesidades elementales. Por cada Eloísa hay decenas de ancianos que además de mal vivir con una pensión miserable, carecen de esa persona dispuesta a salir a la calle a “luchar” por ellos.

Las largas colas en tiendas, bodegas y farmacias; los molotes donde hay que abrirse paso a empujones; el regateo con los usureros que aprovechan esta terrible, interminable circunstancia; las visitas a los hospitales, todo eso lo ha asumido Esther para ayudar a su vecina que tanto hizo por ella en otros tiempos.

En el lado menos amable están los viejos obligados a mendigar; los que se niegan a hacerlo y han puesto sus esperanzas en vender baratijas o realizar menesteres que se creían preteridos, como lustrar calderos en plena calle; los que acuden solos a los hospitales y hacen cola durante horas sin nadie que se preocupe por comprarles un bocado; los que se suicidan para escapar del hambre y el abandono; los que no ven bien y pagan de más, sin que del otro lado un vendedor honesto les rectifique; los que no entienden la primera vez y son maltratados por gente sin paciencia para repetirles la explicación; los que languidecen en el seno de una familia dispuesta a recordarles que son un estorbo.

Si Cuba se hundiera en otro Período Especial el saldo sería terrible para los ancianos. El éxodo de las nuevas generaciones no se detiene, y los recursos necesarios para hacer frente al envejecimiento poblacional parecen inalcanzables considerando el grado de miseria material y humana que se ha apoderado de la Isla.

La sociedad cubana precisa de un reordenamiento que abarque asilos, casas del abuelo y también servicios públicos, como eliminar las barreras arquitectónicas, alargar la duración de la luz peatonal en los semáforos, o habilitar en las tiendas un sistema de cajas registradoras que brinden atención a grupos vulnerables, evitando así la acumulación de público a la espera de pagar.

Son soluciones sencillas que emanan de la sensibilidad y el sentido común; pero no es momento para sentimentalismos. Ante el aumento de la presión económica y la crisis interna, al gobierno cubano le conviene que se muera por lo menos un cuarto de millón de viejos para aliviar el enorme gasto en pensiones, seguridad social y salud pública.

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