Alimentos y aseo racionados: la otra cruz de los holguineros

Alimentos y aseo racionados: la otra cruz de los holguineros

A finales de septiembre, el régimen inició la venta regulada en las tiendas en CUC de Holguín de los productos más demandados y escasos

Cola para comprar módulo (Foto del autor)

HOLGUÍN, Cuba. – Más de cuatro horas lleva Bruno Enrique Toledo frente a la tienda Modas Praga. Espera comprar un “módulo” que contiene pollo, un pomo con un litro de aceite y cuatro paquetes con detergente. Llegó a las 9 de la mañana y está obligado a realizar el sacrificio, ya que esta es la única manera de adquirir los productos. En la larga espera le han aumentado los mareos, también los dolores que padece en la pierna izquierda a sus 81 años de edad. En su casa él es el único que puede hacer la cola: sus hijos no viven en Holguín y su esposa está enferma. Bruno pensó que el nuevo sistema de venta aliviaría sus problemas, pero se equivocó.

A finales de septiembre, el régimen inició la venta regulada en las tiendas en CUC de Holguín de los productos más demandados y escasos. Se accede a ellos a través de la libreta de racionamiento, cuyo número establece el orden de las personas en la fila. En principio, la “novedosa” idea fue bien acogida, pero ha sido blanco de duras críticas por los problemas que persisten después de tres meses en práctica.

La medida fue creada para evitar las largas colas debido a la escasez de productos de primera necesidad que azota al país desde finales de 2019 por la falta de liquidez del régimen cubano para pagar las importaciones. La crisis se profundizó este año con la pandemia, que obligó a cerrar las fronteras, disminuyendo la entrada de divisas del turismo internacional.

Pese a la “original” medida, continúan las interminables colas y las aglomeraciones en la provincia, marcada por una situación epidemiológica “altamente compleja” debido al aumento de casos de coronavirus.

En Holguín también hay insatisfacciones con el pesaje del pollo.

“La otra vez lo pesé en la casa y al pollo le faltaban 120 gramos, que multiplicados por miles de paquetes vendidos suma una cifra considerable. ¿Quiénes se quedan con esa mercancía que le roban al pueblo?”, se pregunta Bruno.

El ticket de venta emitido por la caja registradora imprime un precio único para tres productos diferentes. Esto propicia el engaño en el pesaje del pollo, una mercancía que llega empaquetada con un peso específico que después se altera para vender los cinco kilogramos que establece el módulo.

“Cuando el producto se vende a granel siempre hay robo, mucho más cuando el cliente no ve el pesaje. Hay paquetes con 18 muslos de pollo, otros con 20 o 21”, dice una señora.

El día antes los clientes de su bodega fueron citados para las nueve de la mañana. Pero pasadas las 2:30 de la tarde Bruno todavía no sabe a qué hora podrá finalmente comprar.

El esporádico y lento empaquetado de los productos en jabas de nylon ocasiona un retraso que irrita a los clientes tras interminables horas de espera.

“Eso es desorganización. Si saben con un día de antelación que van a vender 1 500 módulos ya hoy tenían que tenerlos  listos. Ellos comienzan a preparar la mercancía a las nueve de la mañana y en una hora solo tienen listos 50 paquetes. Esperan que se acaben los 50 para empezar a empaquetar de nuevo, y por eso la cola demora tantas horas. Mira como hay empleados de la tienda sin hacer nada. A esos yo los pongo a preparar paquetes y seguro la cola es más rápida”, dice Bruno.

Los más afectados y vulnerables por la prolongada espera son las personas de la tercera edad, que también se exponen al contagio por COVID-19.

Cristina Sánchez, otra cliente, recuerda que este problema se arrastra desde el mes de octubre, cuando se extendió la “novedosa” forma de venta.

“La primera vez nos citaron a las 8:30 de la mañana y, por desorganización, comenzaron a las 2:20 de la tarde, casi seis horas después. En noviembre sucedió algo similar. Ahora en diciembre se repite la misma historia”, dice Sánchez.

Todos en la cola están obligados a estar varias horas de pie, entre ellos muchos ancianos con limitaciones físicas. “Si me siento en el parque corro el riesgo de perder el turno y después tengo que esperar al final. En Cuba el cliente está a merced del vendedor, al contrario de lo que sucede en cualquier parte del mundo”, comenta un señor que se auxilia de un bastón.

Un trabajador que solicitó el anonimato por temor a ser despedido dijo a CubaNet que la labor de empaquetar es un esfuerzo extra que no está incluido en el salario.

“No tenemos motivación para trabajar. Cobramos 780 pesos al mes y eso es muy poco. Si nos pagaran un porcentaje por la cantidad de paquetes que hiciéramos esto no sucedía”, comentó el empleado.

La venta del módulo siempre ha sido un día de semana y en horario laborable. Por la demora en la venta, las personas en la cola llegan tarde al trabajo o ese día no van a trabajar.

En una ocasión, a Eulises lo regañó su jefe por llegar tarde. No entendió que estaba en una cola para comprar productos de primera necesidad y que esta es la única manera de poder adquirirlos. Hoy la cola se ha demorado más de lo habitual y ya Eulises no podrá ir a trabajar. “Me espera un castigo, pero lo prefiero a quedarme sin comida para mi familia”, dice.

La desorganización en la tienda también sale a la luz cuando se detiene la venta por la falta de dinero en la caja cobradora para dar el vuelto en CUP, que se une a  la incomprensible demora para abastecerlas.

“Es absurdo que estas cosas sucedan. He esperado mucho tiempo en la cola y tengo que estar mucho más porque no hay dinero para dar el vuelto”, le dice irritado un señor a la empleada de la caja que se limita a mirarlo y a encogerse de hombros.

Un cartel pegado en la facha de la tienda detalla el precio de los productos, que en total suman 397,50 pesos, una cifra muy alta no sólo para los 777 pesos del salario medio mensual en Cuba, sino para las pensiones que, según datos oficiales, oscilan entre 242 pesos y los 500 pesos.

En un país en el que 2,3 millones de personas tienen más de 60 años, solo algo más de la mitad (1,2 millones) reciben su pensión. Los demás reciben un tipo de subsidio no contributivo llamado “asistencia social”, aún más bajo, que va desde los 217 a los 260 pesos mensuales, una cantidad insuficiente para cubrir las necesidades básicas cuando se sabe que medio kilo de arroz cuesta 30 pesos.

“Mi pensión de 320 pesos no me alcanza. Pedí dinero prestado para pagar el módulo. Después vendo tres paquetes de detergentes y pago la deuda”, dice a CubaNet Ana Gloria, una anciana del reparto Alcides Pino.

El módulo se entrega una vez al mes y la pequeña cantidad de productos que lo componen rinden para pocos días.

“¿Alcanza el pollo, un litro de aceite y cuatro paquetes de detergente para un mes? Eso es insuficiente hasta para una sola persona, y en mi casa somos seis. Tenemos que vivir muy limitados para sobrevivir el resto del mes”, responde Marcos Menéndez a una pregunta de este diario.

Para evitar aglomeraciones dentro de las tiendas, las ventas se realizan en las afueras de los centros comerciales, donde el sol castiga a los clientes.

En ocasiones la lluvia ha obligado a las personas en la cola a refugiarse en los corredores cercanos que no dan abasto para la gran multitud, lo que provoca aglomeraciones e incumplimientos en el distanciamiento social.

A las cinco de la tarde la venta se detiene. Se agotaron los paquetes de detergente, algo que nadie entiende porque debería haber una conciliación entre la cantidad de núcleos familiares con la cantidad del producto para vender. Después de 45 minutos de espera, la gerencia de la tienda decide iniciar la venta con otra marca de detergente más cara.

“El primero que estaban vendiendo es mejor. Este de ahora tiñe la ropa y es más caro”, le comenta una señora a una amiga.

A las nueve de la noche, la gerencia de la tienda decide cerrar el local. Más de 100 personas no pudieren comprar. “La venta se iniciará mañana a las ocho y media de la mañana”, dice un empleado.

“Estuvimos muchas horas esperando y mañana seguro estaremos muchísimas más por culpa de la desorganización”, dice en tono de disgusto un anciano que se retira.

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Fernando Donate Ochoa

Periodista independiente. Reside en Holguín

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