A 50 años de la Primavera de Praga: ¿Será alguna vez humano el socialismo?

A 50 años de la Primavera de Praga: ¿Será alguna vez humano el socialismo?

En nombre del socialismo autocrático muy pocos comunistas han dudado al ordenar el asesinato de quienes se les oponen

La icónica foto de Emil Gallo frente a los tanques que invadieron Praga. Foto de Internet

GUANTÁNAMO, Cuba.- Hoy 20 de septiembre se cumplen 50 años del fin de la “Operación Danubio”, nombre dado a la invasión contra Checoslovaquia en 1968 para  eliminar el “socialismo con rostro humano” proclamado por Alexander Dubcek.

Uno de los testimonios más famosos de ese acontecimiento es la foto tomada a Emil Gallo, a pecho descubierto, cuando increpaba a los ocupantes de uno de los tanques invasores, cuyo cañón parece apuntarle directamente a la cabeza.

Las protestas comenzaron desde el  21 de agosto de 1968, inicio de la artera invasión comunista conformada por 27 divisiones militares de la antigua URSS, Polonia, Hungría, Bulgaria y la República Democrática Alemana (RDA), aunque las fuerzas de este país permanecieron custodiando la frontera. Desde ese día millones de ciudadanos checoslovacos protestaron pacíficamente y desafiaron a los estupefactos soldados soviéticos, quienes creían haber llegado allí para defenderlos del capitalismo occidental.

Setenta y dos personas no corrieron la misma suerte de Emil Gallo y fueron asesinadas. Entre los casos más famosos están el de la joven Danka Kosanová, acribillada a balazos con solo 15 años de edad, y el de Josef Levy, aplastado por un tanque.

Alexander Dubcek trató de hacer realidad los anhelos del pueblo en lo que ha pasado a la historia como la Primavera de Praga. Creyó posible un socialismo democrático y legalizó el multipartidismo, los sindicatos libres, la libertad de prensa y de expresión, el derecho a la huelga y reformas económicas. Ninguna de esas disposiciones contó con el apoyo de Moscú. Entonces llegó la hora de mostrar el verdadero rostro del comunismo.

En el capítulo 12 de la primera parte de su extraordinaria novela “La insoportable levedad del ser”, Milan Kundera narra magistralmente el regreso de Dubcek antes de su destitución:

“-Desde que volvió Dubcek todo ha cambiado-dijo Teresa.

Era verdad: la euforia general sólo duró los siete primeros días de la ocupación. Las autoridades del país habían sido capturadas por el ejército ruso como si fueran criminales, nadie sabía dónde estaban, todos temblaban por su vida y el odio a los rusos embriagaba cual alcohol a la gente. Era una fiesta ebria de odio. Las ciudades checas estaban adornadas con miles de carteles pintados a mano, con textos irónicos, epigramas, poemas, caricaturas de Brezhnev y su ejército, del que todos se reían como de una banda de analfabetos. Pero no hay fiesta que dure eternamente. Mientras tanto, los rusos obligaron a los representantes del Estado detenidos a firmar en Moscú una especie de compromiso. Dubcek regresó con ellos a Praga y después leyó en la radio su discurso. Tras seis días de cárcel estaba tan destrozado que no podía hablar, se atragantaba, se quedaba sin aliento, de modo que entre frase y frase había pausas interminables que duraban casi medio minuto”.

Esta novela y su autor están prohibidos en Cuba.

Primavera de Praga. Foto Tres Bohemes

Antecedentes y posterioridades

No fue la primera vez en que los comunistas europeos imponían de forma sangrienta su voluntad.

En junio de 1953 la RDA fue escenario de revueltas populares en varias ciudades. Todas fueron sofocadas por el ejército soviético. Se calcula que murieron decenas de ciudadanos.

En junio de 1956 ocurrieron las protestas de Poznán, la rebelión polaca contra los comunistas. La represión fue dirigida por el general polaco-soviético Stanislav Poplavski. Murieron entre 57 y 78 personas y centenares resultaron heridas cuando el ejército polaco y las fuerzas de seguridad dispararon a mansalva contra las más de cien mil que se congregaron frente al edificio de la policía secreta para protestar contra el gobierno comunista.

Ese mismo año se produjo la Revolución húngara, que duró entre el 23 de octubre y el 10 de noviembre de 1956. Su fundamento fue que se pusieran límites a la policía política. La revuelta se salió del control comunista, pero el 4 de noviembre los soviéticos invadieron  Budapest y otras zonas del país y la sofocaron. Se estima que murieron 2 500 húngaros y  722 soviéticos. Más de 200 000 húngaros huyeron del país y János Kádar restableció la dictadura.

No alcanzan espacios como éste para reflejar siquiera brevemente los horribles crímenes cometidos en nombre del socialismo por Stalin, Mao Zedong, la dinastía norcoreana y los khmers rojos de Cambodia. A ellos se pueden sumar los de Mengistu Haile Mariam en Etiopía -amigo de Fidel Castro- y los de otros de sus socios africanos, como Muamar el Gadafi o Robert Mugabe. Mengistu estableció un régimen de partido único marxista y dispuso la colectivización al estilo estalinista. Fue responsabilizado con la muerte de entre 725 000 y 1 285 000 etíopes, acusado por genocidio y sancionado a cadena perpetua por el Tribunal Supremo de Etiopía, pero hasta hoy todos los intentos por extraditarlo desde Zimbabue han fracasado. El gobierno cubano distinguió a este genocida con la Orden Nacional José Martí.

Robert Mugabe se hizo con la jefatura del gobierno desde la década de los años ochenta del pasado siglo y la ocupó hasta hace poco. Inicialmente fundó un estado marxista de partido único pero en 1990 optó por uno multipartidista. Se mantuvo en el poder gracias al fraude electoral y a la violenta represión que ejecutó contra sus adversarios políticos. Se le acusa de la masacre étnica ocurrida entre 1980 y 1987, en la cual más de 20 000 miembros de la etnia Ndele fueron asesinados. Este dictador también fue amigo de Fidel Castro y recibió la Orden Nacional José Martí en 1986.

La década de los sesenta en Cuba fue el escenario de reiteradas ordalías judiciales donde los paredones de fusilamiento y las largas condenas de cárcel fueron las vías usadas para imponer el “socialismo cubano”. Del país que tenía prohibida la pena de muerte en el artículo 25 de la Constitución de 1940, aplicable sólo en casos muy excepcionales, entre 1959 y finales de la década de los noventa del pasado siglo -cuando se declaró una moratoria que luego fue violada al enjuiciar y ejecutar en menos de una semana a tres jóvenes cubanos acusados del intento de rapto de una embarcación- el régimen cubano pasó a ser el que más personas ejecutó en todo el hemisferio occidental. Algún día se conocerán esos datos para demostrar una vez más la pavorosa imagen de la violencia socialista.

Primavera de Praga. Foto Tres Bohemes

Sucesos de resonante actualidad

El fin de la Primavera de Praga continúa siendo un suceso de resonante actualidad, mucho más para los cubanos, ahora que se discute el Proyecto de Constitución, se maquilla nuestro “socialismo” y  se crea el concepto de “Estado socialista de derecho”.

Los acontecimientos narrados precedentemente demuestran que no han sido las fuerzas de la derecha internacional sino los propios comunistas quienes más han dañado la credibilidad de las ideas socialistas. De nada valen los esfuerzos de un gobierno por ofrecer educación, salud gratuita y otros derechos económicos y sociales, si no están acompañados de una práctica absolutamente democrática, centrada inobjetablemente en el respeto a todos los derechos humanos. Recordando el poema “Inflación”, de Nicanor Parra, podemos afirmar que el socialismo cubano también es una jaula y que fuera de ella solo se ven enormes extensiones de libertad.

La impunidad con que actuaron quienes cometieron esos crímenes en nombre de un socialismo que nunca ha sido tal, también pone de relieve la indefensión de los ciudadanos ante los Estados totalitarios y como la ONU ha sido incapaz de hacer una revisión crítica del concepto de soberanía de los Estados y no acaba de establecer la vigencia de una soberanía limitada, como valladar ante los excesos de los gobernantes.

El soberano es el pueblo, y ningún Estado puede invocar el ejercicio de su poder sin interferencias exógenas cuando los derechos civiles y políticos de ese pueblo son conculcados -como ocurre en Cuba desde 1959- o cuando la población es masacrada, como sucede hoy en Nicaragua.

Defender la soberanía de un Estado cuando la fuerza omnímoda de este se ejecuta despiadadamente contra sus ciudadanos, resulta, más que una posición respetuosa del derecho internacional, una vergonzosa complicidad.

En nombre del socialismo autocrático que hasta ahora ha existido muy pocos comunistas han dudado para ordenar el asesinato de quienes se les oponen.

Pero en nombre de la libertad, sin más arma que la bandera de la patria y con una valentía que no doblegará ningún tirano, siempre habrá hombres como Emil Gallo.

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