1969

1969

El verano de 1969 fue especialmente memorable: en julio el hombre llegó a la Luna y en agosto tuvo lugar el festival de Woodstock, el más importante de la historia del rock

Moneda de 20 centavos
Moneda de 20 centavos emitida en 1969 (Foto: Internet)

LA HABANA, Cuba. – El verano de 1969 fue especialmente memorable: en julio, el hombre llegó a la Luna y caminó sobre su superficie; en agosto, tuvo lugar el festival de Woodstock, el más importante de la historia del rock.

La caminata de los cosmonautas norteamericanos Neil Armstrong y “Buzz” Aldrin sobre la superficie lunar (Michael Collins permaneció en la nave)  ocurrió el 21 de julio, al día siguiente del alunizaje de la Apolo XI.

El festival de Woodstock –que en realidad no ocurrió exactamente allí, sino en Bethel, también en el estado de New York- se desarrolló, día y noche, con sol y lluvia, del 15 al 18 de agosto.

Los cubanos supimos poco de Apolo XI y la caminata lunar, solo lo que los mandamases creyeron pertinente informar a través del periódico Granma y el NTV, restándole importancia al hecho y agregando la coletilla de que la millonaria suma que se gastó en la expedición hubiese sido mejor  empleada para combatir  el hambre y las enfermedades en los países del Tercer Mundo.

A los mandamases castristas les picaba que los yanquis lo hubiesen conseguido. Que, apenas una semana después del fallido alunizaje de la sonda soviética Luna 15, la bandera de las barras y las estrellas estuviera en la Luna en lugar del trapo rojo con la hoz y el martillo. Hasta se pusieron escépticos y se  hicieron eco –todavía a estas alturas algunos gaznápiros  lo hacen- de disparatadas teorías que afirmaban que había sido un montaje de “hollywoodense”.

Recuerdo que algunos afirmaban que pudieron ver la caminata lunar a través de las emisoras de TV de la Florida, como mismo podían ver Midnight Special y Soul Train cuando había buen tiempo,  artilugios en las antenas mediante. Los demás nos tuvimos que conformar con las imágenes de solo segundos de duración que tuvieron a bien exhibir en el NTV, comentadas por Manolo Ortega.

Meses después algunos mostraban con orgullo, como un preciado tesoro, unas  postales tridimensionales, que mostraban a Aldrin saludando la bandera norteamericana en la Luna, enviadas por sus parientes en Estados Unidos dentro de cartas,  acompañadas con chicles y cuchillas Gillette; eso, si tenían la suerte de que las cartas no se extraviaran por el camino o llegaran saqueadas y chapuceramente remendados los sobres.

Del festival de Woodstock no hubo información en la prensa cubana. Qué iban a hablar de esa cochambre hippie,  inmersos como estaban en la lucha contra el diversionismo ideológico. Y eso que, por aquella época, se había levantado  la prohibición sobre la música norteamericana e inglesa y ya se podía oír en Nocturno, Radio Cordón de La Habana y Radio Liberación, además de los grupos españoles,  a los Fifth Dimention en Aquarius, a Santana en Evil ways, a aquella banda prodigiosa que se llamó Blood Sweat and Tears, los Creedence Clearwater Revival (que aquí llamaban Los Aguas Claras) en Proud Mary, a los Guess Who, algo de Led Zeppelin, que acababa de grabar sus dos primeros discos, y hasta los Beatles, que disparaban sus últimos cartuchazos y, pese a que les censuraron Revolution y Helter Skelter, ya habían dejado de ser el epítome de  “la decadente música imperialista”.

Un par de años después, en 1971, vendría un nuevo espasmo prohibitivo, y por un tiempo ya no nos permitirían oír ni a los Fórmula V: solo música andina, con quenas y charango, y la Nueva Trova.

Las primeras noticias que tuve  del mega festival hippie (y también de la ópera rock Tommy de The Who)  me llegaron varios meses después,  a través de una revista argentina (Pelo se llamaba) que me prestó un amigo, y de la canción Woodstock, que tocaban Crosby, Stills, Nash and Youg, y que no me cansaba de escuchar en la WQAM. Demoraría casi 30 años en ver –en video Betamax-  las películas que sobre Woodstock hicieron Martin Scorsese y Ang Lee. No tengo que decirles -pueden imaginarlo- cuanto hubiese anhelado estar allí. Pero estaba aquí, sometido al proceso de formación del hombre nuevo.

En 1969, del mundo solo sabíamos lo que nos “informaba” la prensa oficial: que el Vietcong no paraba de dar palizas a los yanquis, que los pueblos latinoamericanos combatían  para ser como Cuba, que la Unión Soviética era la mejor   y que el futuro pertenecía por entero al socialismo.

Al Máximo Líder se le ocurrió en 1969 hacer una zafra de 10 millones de toneladas de azúcar, que según aseguraba,  conseguiría sacar a Cuba del subdesarrollo. Para ello, puso todos los recursos en función de dicha zafra.  Con aquella manía de ponerle nombre a los años y para que tuviésemos una idea de lo que nos esperaba, 1969 fue bautizado “Año del esfuerzo decisivo”.  Aboliendo las navidades y enviando oleadas de hombres a los cañaverales, empataron ese año con el siguiente. Si Manzanero decía que la semana tiene más de siete días, ¿cómo no iba a poder  el Comandante en Jefe hacer que el año tuviese los meses de más que a él se le antojaran?

Resultó un disloque donde solo importaba cortar y moler caña, mientras martillaban con el lema: ¡Los diez millones van…De que van, van!  Y, ¡ay del que se atreviera a dudar que irían! Pero no fueron, la economía cubana  se hundió y  tuvieron que acudir los soviéticos al rescate mientras Fidel Castro se las arreglaba para “convertir el revés en victoria”.  Del  famoso  lema lo único que resultó fue el nombre de la orquesta que creó Juan Formell en diciembre de 1969.

El peor de los malos recuerdos que guardo de la Zafra de los 10 millones fue el periodo de escuela al campo de 1969, que duró 70 días en vez de los habituales 45. Se imaginarán el hambre que pasé en aquel campamento en San Antonio de los Baños. Estaba en octavo grado, aún no había cumplido los 14 años, y estaba perdidamente enamorado de una vecina y condiscípula llamada Isabelita.  Bajito, flaco y esmirriado como un gato callejero, era un hervidero de hormonas y rebeldías. En aquellas escuelas al campo, como muchos de mi generación, fugándome, despistando a los chivatones de la Juventud Comunista, robando comida del almacén y a palos con los “guaposos”,  aprendí  muchos de los mecanismos y mañas  que me han ayudado a subsistir bajo  el castrismo. Pero esa es otra historia.

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Acerca del Autor

Luis Cino

Luis Cino

Luis Cino Álvarez (La Habana, 1956). Trabajó como profesor de inglés, en la construcción y la agricultura. Se inició en la prensa independiente en 1998. Entre 2002 y la primavera de 2003 perteneció al consejo de redacción de la revista De Cuba. Fue subdirector de Primavera Digital. Colaborador habitual de CubaNet desde 2003. Reside en Arroyo Naranjo. Sueña con poder dedicarse por entero y libre a escribir narrativa. Le apasionan los buenos libros, el mar, el jazz y los blues.

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