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Domingo, 22 de octubre 2017

México y Cuba: cabeza y cola del pájaro caribeño

Conozcamos a un intelectual azteca puesto a indagar en las matrices machistas de ambas naciones

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VILLA CLARA.- Cuando CubaNet conversa con —y se entera que hace más de treinta años existe un estudioso llamado— David Tenorio, descubre que la común raigalidad latinoamericanista que ha resultado tan jodida por décadas de nacionalismos erectos encima de patriarcados enfermos que se resisten a morir, pues puede servir para algo más que repartir dosis de pastillas “revolucionarias” o emprender ridículas persecuciones de la ultra-ajada justicia social.

Porque Tenorio —que no es Don Juan sino sicólogo entre otras profesiones—, conoce muy bien acerca de la imprevisible reacción del ser humano puesto frente a posturas adversas a la “normal” educación sexual aportada por instituciones, familias y tradiciones, y/o alternativas/variantes de aquellas que les parezcan a la mayoría francamente “descojonantes” por insumisas.

Pues David, como Sigmund Freud, lleva al frente y al pecho esa condición esencial que muchos olvidamos con asaz frecuencia y contumaz empeño. Y es que escudriñar a la recóndita semilla por todos los resquicios posibles es su norma, ante la esterilidad de toda horma que proporcione la rutina existencialista de los mortales actuales, lo que puede hacer mella profunda hasta en el más pichi(equi)parado.

La enajenación —como la marginación— es fenómeno inherente y alienador al devenir sicosocial de nuestros pueblos. No se cambiará de un plumazo esa condición así como así.

El profesor, que es mexicano y becario de la Universidad de Davis (California) desde hace años, lleva varios hurgando en las secuelas de la verticalidad impuesta en ambas orillas a las tomas de decisiones que afectan la vida civil (casi siempre bajo dictámenes castrenses enemigos de la horizontalidad), así como las corrientes participativas de la muchedumbre, afectada por muy altas dosis de intolerancia (encubierta o notoria) hacia la comunidad LGBTIHQ, a la que se le han facilitado ambientes propicios recientes para aflorar con más ahínco en este siglo contradictorio.

Pero tampoco se cura una enfermedad sistémica y anquilosada como es el odio (y las fobias) reconcentrando placebos en la otredad del cuerpo ¿invertebrado debidamente? de la nación, con esas mismas píldoras insubstanciales que sugerí al principio, ni se consigue público adicto y convencido al cambio —el conceptual, real y cívico— con dar cien mil conferencias, abrir tantos centros especializados, filmar variados testimonios escalofriantes, organizar coloridos desfiles e imprimir legajos o hasta aprobar leyes trans(nacionales) que nos rediman de aquella arbitrariedad arcaica.

El trabajo de arqueología social —con implicaciones antropológicas— reclama fuertes dosis de perseverancia más paciencia, si se pretende que sea durable y de largo aliento. Porque las magulladuras ocasionadas históricamente al sector no son tutela de horas.

Se trata ahora y a través de él, de visualizar el empeño conjunto de un reducidísimo grupo de pensadores y académicos contemporáneos que se embarca (sí, dicho en ese cubaneo exacto, porque nos parecerá otro periplo libertario, pero a lo Ulysses) en la jornada definitoria (¡que ojalá fuese definitiva!) sobre estas delicadas cuestiones que a demasiada gente incumbe.

Si Cuba y Puerto Rico eran “de un pájaro las dos alas” —como clamaba el verso igualador e innombrable— ¿no nos correspondería hoy —con el acervo empecinado de un sabio compartido— reasignarle parte de ese emplumamiento no solo al pene-insular pueblo yucateco, que a diferencia de nuestros enmarabuzados isleños ha investídose a sí mismo con orgullo impermeabilizante y hasta sus icónicas serpientes? Hace 65 millones de años, que se formó el cráter de Chicxulub por una cagada del cielo, y que según hipótesis tuvo, entre otras consecuencias desastrosas, la extinción de los dinosaurios del universo.

No importan los tiros que hayan debido tirarse en ambas tierras —ni los aerolitos arrasadores— para alcanzar la primacía animal, fuera al final estúpida o plausible. Porque de disfraces sabe mucho la comunidad “di-versa” que se juzga. Lo esencial sería la perdurabilidad/patentabilidad de lo encontrado, no lo perdido, con la gratitud manifiesta por el esfuerzo volcado en ello.

Escuchemos entonces en voz propia, lo que tiene que contarnos el hermano David (quien tampoco es profeta ni en su tierra) acerca de la tenacidad indagatoria de pocos sobre la indiferencia vergonzosa de muchos (culpables) en estas partes singulares del planeta, en pos del reconocimiento y el respeto a las minorías, y sobre todo lo demás concerniente a la (des)contextualización trascendental del viejo abuso.

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Acerca del Autor

Pedro Manuel González Reinoso
Pedro Manuel González Reinoso

(Caibarién, Las Villas, Cuba) Actor, escritor y activista social.

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