Las ‘Crónicas visuales’ de Leandro Soto

Las ‘Crónicas visuales’ de Leandro Soto

El Museo Nacional de Bellas Artes exhibe la obra de este importante artista plástico

Leandro Soto y la curadora Corina Maramoros junto a la obra de 1984 ‘Kiko Constructor’ (Foto: Ana León)

LA HABANA.- Cuando se habla del llamado “Renacimiento del Arte Cubano” que tuvo lugar a inicios de la década de 1980, es inevitable pensar en aquella muestra titulada Volumen I, exhibida en el entonces Centro Internacional de Arte, ubicado en la calle San Rafael. Aquella avalancha de novedades que rompió la abulia de la producción visual de los años 70 fue protagonizada por un grupo de artistas que formaron parte de la primera graduación del Instituto Superior de Arte (ISA).

Parte de la identidad creativa de aquel grupo era su interés por un arte de vocación antropológica y etnográfica, contentivo de los nuevos planteamientos estéticos y capaz de funcionar como herramienta para indagar en otros ámbitos culturales. Dicha tendencia fue más apreciable en la producción visual de tres figuras: José Bedia, Juan Francisco Elso y Leandro Soto. Este último, autor de una sólida carrera donde confluyen sus inquietudes artísticas ―pintor, dibujante, instalador, escenógrafo, escritor, performer…― y su voluntad de profundizar en el estudio de comunidades autóctonas, conservadas en esos remansos de la cultura universal adonde no llegó la Conquista.

La obra de Leandro Soto (Cienfuegos, 1956) es la memoria de su largo periplo por América Latina, Asia y el Caribe; complementado con su experiencia como profesor en la Universidad de Arizona. Dueño de una creatividad febril, aguda observación y espíritu científico, ha logrado insertarse en comunidades aisladas para participar de sus prácticas culturales. La labor etnográfica y antropológica desarrollada constituye el pilar del fascinante imaginario que trasunta cada una de sus piezas.

Con Crónicas visuales, exposición inaugurada en el Museo Nacional de Bellas Artes, Leandro Soto pone a disposición del público cubano un recuento de su producción visual, desde finales de la década de 1980 hasta 2018. El suceso reviste una importancia capital, especialmente porque la última muestra personal del artista que se exhibió en el Museo de Bellas Artes data de 1991.

Aunque en el tesauro de la institución hay 25 obras de su autoría, en la sala dedicada al arte de los años ochenta solo permanece la instalación Kiko constructor (1984). Para quienes buscan conocer el arte cubano a través de las piezas disponibles en sala, este es el único y entrañable referente de un artista excepcional, cuyo quehacer ha trascendido la experiencia cubana para indagar en otras realidades aparentemente distintas; pero que a través de su óptica, materializada en una variedad de técnicas y soportes, adquieren una misteriosa semblanza.

Una treintena de piezas han colmado los paneles de la sala transitoria del museo, con un éxito de público que dice mucho del talento de este artista capaz de intervenir todo el espacio y emplear cada material a su alcance para llenar su obra de connotaciones esenciales. En Crónicas visuales no hay sofisticación ni rebuscamientos; se trata de un concepto creativo que parte de lo local, elevado a una dimensión integradora donde los hombres y sus culturas interactúan, alcanzando una comunión fortalecida por el carácter plural de sus elementos.

Símbolos de las religiones afrocubanas, la cosmovisión de comunidades maya, el acervo de poblaciones indígenas de América del Sur, mantras de la India y rituales funerarios de tribus nativas de Norteamérica conforman una selección admirable por su factura artesanal y la belleza rústica de los recursos empleados; características que devuelven la mirada al antropocentrismo cultural que rige la obra de Leandro Soto.

Pinturas, dibujos, instalaciones, libros hechos a mano, escritura… se traducen en una explosión de color que dan deseos de contemplar y disfrutar; acciones un tanto menospreciadas por la excesiva intelectualización del arte contemporáneo. Hay mucho trabajo y dedicación en cada una de las obras expuestas, máxime si la trayectoria que ilustran es la de un hombre metido en la piel de sus congéneres, en diversas latitudes del planeta.

La correspondencia entre algunas piezas y sus valores intrínsecos se puede apreciar en De la tierra y de las aguas (2017) ―hecha sobre telas autóctonas de Otavala (Ecuador)―; o El manto de Babalú Ayé (2001-2018), una obra no terminada, realizada sobre saco de yute ―atributo del orisha―, que refrenda la permanencia de la fe mediante los curiosos exvotos que el artista ha adherido a la superficie con el paso de los años.

Es tanta la sabiduría que transparentan las Crónicas visuales, tantos los referentes y significados, que podría hablarse del ecumenismo como rasgo distintivo en la carrera artística de Leandro Soto. Mucho ha llovido desde Kiko constructor hasta el presente; pero la exposición, que permanecerá en Bellas Artes hasta el 14 de mayo, reafirma los derroteros que definieron el arte cubano renacido a principios de los ochenta.

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