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Lunes, 11 de diciembre 2017

La poesía existencial de-vuelta prosa

Entrevista al escritor cubano Ahmel Echevarría Peré

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Ahmel Echevarría Peré (foto del autor)

CAIBARIÉN, Villa Clara.-  “No existe prosa-prosaica”, musité un día al erotómano Alberto Garrandés. “Solo la profana”.

Cuando hace unos años leí Caballo con Arzones, del recientemente premiado Ahmel Echevarría Peré, todavía se hallaba en fase estructural. Nos lo dio su autor por amistad. Los “mogotes parragráficos” (les tildé así, dispensando el neologismo) estaban muy verdes, tan soberbios criando hojitas, que no tuve más asociación pasible que la elocuencia de un neo-lezamiano en exuberante despelote. Encima, asombraba el rejuego apostólico por todos (ab)usado.

Por eso, entre lo conversacional tan a la car(t)a —no entrevistas— y la reseña crítico-loática, me quedé a medio camino intentando esta nota. Y aguardé la obra terminada.

Porque si hubiera que fundamentar teóricamente un libro de conspicua naturaleza en su trascurso escritural, quebrantaríamos al género narratológico por los cuatro costados, pues nadie mejor que el autor para explicarlo:

¿Hay una historia?

Si hay una historia bien podría comenzar con una andanada de preguntas cizallada del texto ‘Pequeño poema de Navidad’, de La isla en peso. En él Virgilio Piñera espeta: “¿Naciste ya, Señor? ¿O esperas la señal del dolor para venir al mundo? Tu cuerpo, sin mundo todavía, ¿se estremece y se dobla como el dolor del hombre?” Virgilio, o las preguntas de nuestro Virgilio, como la ruta (crítica) a seguir. Virgilio, o el insoportable graznido (por todas partes), como la certeza de una vida que pugna no solo por un pequeño lugar, también por un tiempo, una huella (mínima en una muy alta cota de probabilidad), por la absolución y resurrección. Una vida que conoce, padece, goza el calvario; cuerpos que mueren y resucitan cada día; un ciclo eterno, o que solo acabará cuando deje de latir el corazón del último hombre (último macho o última hembra —donde está escrito “macho” y “hembra” habrá de entenderse “hombre” y “mujer” en toda la diversidad sexual, de raza, ideología—, porque dolor y goce nos compete a todos).

¿Por qué ese título? ¿Piruetas del lenguaje?

“Caballo con arzones” es un libro que habitará la frontera (—sin diluirse—, añado yo). En sus páginas el lector encontrará textos breves a los cuales he denominado pústulas. Para intentar la maroma de la exactitud, las formas breves agrupadas bajo el título no responden al concepto mini-cuento, tampoco al de prosa poética; tienen como sustrato la narrativa y la poesía: se apropian de un aliento descriptivo, de la construcción de caracteres o personajes (física y psicológicamente), de los diálogos, hay en ellas una historia, elementos propios de la narrativa empleados para darle forma y sentido a estados de ánimo, sensaciones, imágenes y disquisiciones. El lenguaje de las pústulas opera desde la contención, la síntesis, la supresión; apela a la cadencia, incluso a cierta rima (en ello influye la repetición de los inicios o finales de algunos párrafos, la reiteración de frases), planteándose además un goce con la estructura (hay una marcada intención de alternar párrafos de longitudes iguales o diferentes —tomando en cuenta la cantidad de golpes por línea y la cantidad de líneas de cada párrafo, medida en extremo artificial cuyo propósito es emular con una forma poética de estructura cerrada que tiene en cuenta la organización en estrofas tal como la décima, el soneto…—). Para propiciar todavía más la disolución de las fronteras entre los géneros, cada pústula será generada (—contada o vivida—, sigo) por una misma voz (nunca descrita, no poseerá ni rostro ni nombre, ¿sujeto poético?, narrador); ella elige de lo experimentado en carne propia o visto lo que será revelado. Estas formas breves se caracterizarán además por contener, al igual que aquella, una segunda historia (porque no olvida uno de los rasgos que debe poseer todo cuento: narrar dos historias; de ellas, la más importante es la que fluye debajo de la escrita).

¿Hay otra meta que no sea “contar”?

El propósito de este libro será detenerse ante las diferentes situaciones en las que se verá envuelta la voz (o personaje) que revela, narra, para adentrarse en los peores y mejores paisajes del alma humana. Tanto la voz o personaje como los otros con los cuales se aparea (rumia, pelea y ama) habitan, más que el centro de la sociedad, los bordes de la misma, aunque harán lo posible para hacer del calvario de la vida una eterna fiesta.

¿Asoman ahí la meta-metáfora, el hipertexto?

Los textos —pústulas— nos mostrarán un pequeño universo, porque en ellos el lector encontrará detalles que lo obligarán a imaginar un retablo o áreas geográficas reconocibles —La Habana: sus avenidas, barrios, espacios públicos como bares, iglesias, el Cementerio de Colón, parques, plazas…—, en las que se desarrollarán situaciones, conflictos, estados de ánimo, imágenes. Y en cuanto a lecturas, siempre habrá orejas peludas.

Libro que apuesta por la brevedad, rapidez, exactitud, frontera y fuga para otorgarles orden y sentido a una vida y sus adyacencias. Viajar hacia el interior del hombre es otra de las apuestas; viajar hacia el hombre común y hurgar allí para develar inquietudes, miedos, dolor, raptos de odio, aquello que llaman amor y felicidad; andar hacia el hombre y ver su entorno, ubicarnos dentro de las relaciones de poder en las que está inmerso y a la vez ser capaces de formularnos preguntas como: ¿qué es el amor?, ¿qué la felicidad?, ¿cómo nos ve “el otro”?, ¿cómo vemos “al otro”?, ¿qué estamos dispuestos a hacer por “el otro” o por nosotros mismos?, ¿qué es el bien?, ¿desde cuál apropiación queremos el bien para el otro?, ¿qué es la muerte?

En alguno de los capítulos finales, cimbrando el diapasón que aterra a los muertos-vivos que encarnamos, el personaje enamorado disemina en el contexto abisal estas preguntas;

“¿Morir por la patria es vivir? ¿Por qué un niño, cuando comienza su mañana, debe cantar un himno de guerra incluso en tiempos de paz? /…/ ¿Para Tamayo y Ochoa las dos patrias serían las mismas, es decir, se llamarían igual, digámoslo así: Cuba y La Noche —Cuba, a millas de distancia, vista desde la negra cúpula en donde, dicen, flotaba en una nave soviética el cosmonauta, o vista desde la negra África en donde el General, dicen, desde un vehículo militar soviético hacía de las suyas con marfil, piedras preciosas, cocaína—?”

Entonces, ¿de qué hablamos cuando hablamos de “Caballo con arzones”?: de formas breves aparentemente autónomas, que se irán entrelazando para conformar un corpus, un pequeño universo donde el lector podría ver, tocar, oler y sentir esa voz que elige revelar.

¿De qué habla el autor cuando nos invita a encabalgar su argumento tácitamente indomable? De las postillas, la costra ríspida sobre la piel, secreciones purulentas, la suma de heridas nunca del todo curadas, y también del cuerpo pútrido que las padece, en el cual —sin obstarle— aún late la vida.

Leyendo a Ahmel daremos vueltas por los aires sobre el gimnástico artefacto, pero sin despegarnos los pies.

Ahmel Echevarría Peré (La Habana, 1974) Narrador. Graduado de Ingeniería Mecánica. Miembro de la UNEAC y de Latin-American Studies Association (LASA). Premio Nacional de Novela Alejo Carpentier 2017. Pertenece a la hornada nombrada Generación Cero.

Acerca del Autor

Pedro Manuel González Reinoso
Pedro Manuel González Reinoso

(Caibarién, Las Villas, Cuba) Actor, escritor y activista social.

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