Documentos de una cámara rota

Documentos de una cámara rota

Las fotos de Leandro Feal en el bar Roma y más allá

Fotografía de Leandro Feal (Cortesía)

LA HABANA, Cuba.- “Un fotógrafo es un archivo. A diferencia de otros, que trabajan con archivos ya construidos, yo estoy construyendo mi propio archivo de este tiempo. En diálogo con los sesenta, como contraposición”, explica Leandro Feal sobre su exposición Yo no hablo con fotógrafos en la galería Servando, junto a la Cinemateca de Cuba, por cuya sala pasó el Festival de Nuevo Cine Latinoamericano, al que, sin dudas, hizo su tributo artístico.

Para el nombre de esta exposición Feal partió de una obra —una camisa con la frase “I don’t talk with photographers”— del artista Ezequiel Suárez. Este rejuego intenta potenciar con su ironía la audacia de la propuesta, que es precisamente confrontar a los autores de la fotografía épica, “la más importante que se ha producido en este país”.

Cuba se visualiza mucho a través de ese tipo de fotografía, cuyos creadores lograron exportar al mundo la imagen de un nuevo país. El momento actual, no obstante, es tan importante como aquel, y para un fotógrafo documental como este es preciso atesorar las imágenes de esta transición.

No podemos quedarnos para siempre en una foto fija, detenidos en aquellos instantes de la historia, repitiendo una y otra vez esas visiones épicas, como si no hubiera realidad más allá. Pero la vida sigue y el tránsito es ahora más evidente. Aquel registro fósil ya dice poco, no porque se entre en un nuevo mundo, sino porque entran nuevos habitantes al mundo.

Y Feal se ha propuesto crear el imaginario de esos seres: “Construir visualmente la Cuba que queremos, o la que imagino y quiero que se exporte. Está la fotografía épica y luego la comercial, la turística, una imagen muy prostituida que no es Cuba”. ¿Su objetivo supremo? “Que dentro de cincuenta años, cuando la gente piense en este momento de Cuba, se la imagine a través de mis imágenes antiépicas”.

Yo no hablo con fotógrafos pudiera dividirse apuradamente en dos: Hotel Roma, una serie de casi 20 mil fotos proyectadas a seis por segundo en un extremo, y el resto de las imágenes expuestas en las paredes, que tratan de esbozar un contexto: vistas del aquí citadino y visitas de personajes del ahora mediático mundial como Barack Obama o Mick Jagger.

El corazón es Hotel Roma latiendo seis veces por segundo. El crítico Abel González, curador de la exposición —labor que comparó con la del editor— enfoca así esta pieza: “Son imágenes tan rotundas como hermosas de un mundo contagiosamente hedonista, desparpajado, auténtico. Hotel Roma es la unión casi perfecta entre la contracultura y el establishment”.

Apogeo y caída de una cámara fotográfica

En O’Reilly y Aguacate está el otrora Hotel Roma, restaurado por dentro; un antiguo ascensor conduce a la azotea, donde está el bar Roma, muy erótico, tentador e inesperado en medio de la grisalla habanera. Allí sucedió la historia de la cámara Canon rota, expuesta también en la galería. Un texto explica por qué la lanzó al vacío: “Mi adicción por el sitio se estaba pareciendo a mi obsesión por la fotografía. Algo me decía que tenía que parar, pero cómo parar si cada noche era distinta y el bar Roma quedaba tan solo a unas calles de mi casa”.

La presencia de la cámara provocó cierta vez, la “noche más intensa”, una euforia y una desinhibición más intensas que nunca. Como si estuviera naciendo una orgía, y él tuvo un desacuerdo con el dueño “en torno a la manera en que estaban sucediendo las cosas y no hubo más opción que destruir el artefacto”.

“Tenía que haber un sacrificio, una especie de exorcismo que eliminara el filtro que mediaba entre la realidad y mi persona. En lugar de objetualizar la mirada, la fotografía me estaba objetualizando a mí”. Con aquella Canon, que lo acompañó durante ocho años, había tomado todas las fotos expuestas.

Abel González describe así en el catálogo aquel templo nocturno: “Cada noche sirven tragos para artistas, escritores, intelectuales, empresarios, millonarios estatales y privados, celebrities locales e internacionales, gente común y turistas”.

Sobre la obra: “Hotel Roma sabe cómo travestir a sus actores en una especie de promiscuidad tan sexual como política, donde cada cual consume lo que le falta. El conservador se rodea de liberales, el millonario de pobreza, el turista prueba el sabor local y el comunista experimenta la disidencia. Pocas personas no están dispuestas a desnudarse o a besarse entre ellas, el «poliamor» es una idea popular entre sus correligionarios”.

Feal aclara que él no montaba las escenas, sino que las estimulaba: “Me convertí en una especie de fotógrafo de esa comunidad, con un nivel de aceptación tal que ya me estaba esclavizando. Llegaba un amigo y le gustaba un chico y me decía: «Ven, hazme una foto con él». A veces entraba y tenía gente esperando para que hiciera una foto de determinado modo”.

Refiriéndose a una serie expuesta anteriormente, escribe el curador: “Si en ¿Allá qué hora es? (2015-2016) Leandro persigue por diversos escenarios internacionales el éxodo de los cubanos, en Hotel Roma se concentra en un solo punto de La Habana para mostrarnos el mundo”.

Después del incidente de la cámara —viviendo entre España y Cuba, enfrascado siempre en algún proyecto—, el artista se ausentó un tiempo y, al regresar, halló que el Roma llevaba tres meses cerrado. Cuando volvió a abrir ya no era igual. Tenía otra atmósfera y otra clientela.

Ya no era un “nicho de libertad”, expresión de Feal según aquello que decía el escritor checo Milán Kundera: a veces se cree que en los países comunistas no existe ninguna libertad, pero uno puede encontrar islotes de libertad: “Para mí eran grietas por donde podía transitar”.

Quizás para acentuar ese sentido libertario, el artista prefirió que la exposición se diera en un espacio institucional y no en uno privado. El contraste podía reforzarla. Además, la galería Servando pertenece al Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográficos y Feal intenta también un diálogo con PM, aquel cortometraje cuya polémica censura condujo al famoso corral conocido como “Palabras a los intelectuales”.

Ya hay algo de cine en el método esencial de Feal —“Me gusta mezclar las fotos para ver qué sucede. Es como construir una narrativa, una especie de montaje”—, del que es ejemplo Hotel Roma, pues no se llamó simplemente Roma, como el bar, sino que tomó el nombre del edificio, “más cinematográfico”.

El fantasma de los autorretratos

Días después de la inauguración, en la misma galería, se efectuó un conversatorio encabezado por el fotógrafo y el curador, además del crítico Iván de la Nuez, donde Feal rememoró su paso por la Cátedra de Arte de Conducta, con Tania Bruguera: “Resultó muy importante para mí hacer un arte de inserción social”. Como en Cuba lo social se vincula tanto a la política, “todos somos artistas políticos, aun sin querer, si producimos aquí, si hablamos aquí”.

González subrayó el hecho de que Feal, además de ser fotógrafo, sea un artista que se mueve en los circuitos de arte contemporáneo, pues “la fotografía muchas veces está confinada en la propia cárcel del medio y tiene una promoción y una circulación aparte de los artistas que trabajan otros medios. El título ya alude a esos dos mundos que Leandro ha pisado desde el principio, el de la fotografía y el del arte contemporáneo en general”.

A De la Nuez, las fotos de Feal le llamaron la atención casi como un contrasentido. “La fotografía fue un oficio que hoy se ha convertido en hobby, la cámara fue un instrumento que hoy es un apéndice. Todos somos fotógrafos hoy. Hay más imágenes que las que el ojo puede captar. Hay más fotógrafos que espectadores”.

Recordó el debate europeo sobre la autoría de la foto famosa del Che: “Por un lado, Korda reclamaba el copyright. Por otro, Cabrera Infante basándose en el corte que hizo Feltrinelli de la foto”. En el documental Una foto recorre el mundo, Korda cuenta que estaba allí con la cámara y, al ver al Che, se impresionó y se le disparó el obturador.

“Ni Korda ni Cabrera Infante tienen razón. El Che es el autor de la foto, que es un autorretrato, aunque para autorretrarse el Che no tuviera la cámara en la mano”, explicó De la Nuez, porque “las imágenes de esta exposición —y otras piezas que he visto de Leandro— me dan la impresión de que, más que un retratista, es un vehículo para el autorretrato”.

“La gente sabe que ahí hay un fotógrafo y de algún modo actúa para ser fotografiada. En lugar de hacerse un selfie, Leandro es el vehículo para que ellos se autorretraten”. El crítico puso énfasis en que vivimos en lo que llaman «era de la imagen». “Ya los jóvenes no son educados bajo estímulos literarios o filosóficos, sino bajo estímulos de imágenes visuales”.

“Cualquiera hace imágenes, pero pocos son capaces de crear, construir o captar imaginarios, que es algo muy distinto a crear imágenes”, afirmó De la Nuez: “Creo que ese es el único y último oficio que puede ya tener un fotógrafo: no disparar, sino seleccionar y de algún modo crearnos el subsuelo sobre el que podamos pensar, desde las imágenes o contra las imágenes, para saber cómo estamos”.

“Eso es lo que yo veo en este trabajo de iconografía tan interesante, la iconografía de un país. Por eso estoy aquí hablando después de muchos años”, concluyó el crítico, que ha residido durante largo tiempo en Europa.

Fotografía de Leandro Feal (Cortesía)

En este diálogo de Feal con la fotografía épica, uno puede recordar aquello de “desgraciados los pueblos que necesitan héroes”. O puede pensar en la dura epopeya de cada cual cada día. O en la aparente contradicción entre la fragilidad humana y la intensa resistencia del individuo a las ficciones políticas, al horror de la utopía masiva.

Se pueden encontrar fotografías de este artista en Instagram: @leandrofeal y @romahabana

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