Continuidad y censura: los ecos de un Congreso

Continuidad y censura: los ecos de un Congreso

Pedro Armando Junco se ha convertido en un “contrarrevolucionario”, categoría que agrupa a todos los que no aceptan el rumbo que ha tomado Cuba

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Díaz-Canel al centro, durante la clausura del IX Congreso de la UNEAC, 2019 (foto: Cubadebate)

LA HABANA, Cuba. – El escritor camagüeyano Pedro Armando Junco López ha sido expulsado de la UNEAC por causa de una carta abierta que dirigió al mandatario Miguel Díaz-Canel, y en la cual cuestionaba la apertura de la red de tiendas en divisas; una medida aprobada para estimular la agonizante economía nacional que no fue sometida a consulta popular, y aun previendo las desigualdades que traería consigo, fue implementada en un claro ejercicio de autocracia. Más allá del tema en cuestión, la carta de Junco constituye una crítica al modo unilateral de tomar decisiones que afectan a once millones de cubanos; una práctica que se mantiene indemne a pesar de los nuevos discursos y rostros en el panorama político nacional.

Recuerdo la euforia de los miembros de la UNEAC y los aplausos atronadores mientras escuchaban a Díaz-Canel en el IX Congreso diciendo lo que todos querían escuchar, disparando desde su alta investidura contra el burocratismo, la indolencia, la chabacanería, la necesidad de hacer más “productiva” la cultura, pero que fueran sus hacedores los principales beneficiarios. Ovaciones llovieron una tras otra. Se despidió a Miguel Barnet como presidente y en su lugar se le dio la bienvenida a Luis Morlote, un funcionario más joven y con ideas más frescas; al menos eso se obligaron a creer los que llevan tantos años encima del burro que no tienen más remedio que seguirle dando palos, aunque sepan que ya no respira.

Las calculadas palabras de Díaz-Canel hicieron renacer algo parecido a la esperanza entre quienes a diario se quejaban de una dirigencia vetusta y caprichosa. Muchos hicieron su catarsis en son de “todo está cada vez peor, pero sí se puede”, y dejaron claro que sus críticas no eran sino la reafirmación de su compromiso con el proyecto socialista. Sí, pero no. No, pero sí. El maniqueísmo de siempre.

Los que creyeron que el binomio Díaz-Canel-Morlote sería menos tóxico que sus predecesores, deben sentirse muy decepcionados. No hay escapatoria, salvo la elegida por Pedro Armando Junco; una decisión que trae consecuencias drásticas para los artistas e intelectuales arropados por alguna institución. La misma apostilla terrible de hace sesenta años continúa rigiendo la vida cultural de la Isla: “dentro de la Revolución, todo; contra la Revolución ningún derecho”. Con ella ha perdurado el carácter subjetivo de lo que puede estar dentro o fuera, así como la dudosa capacidad intelectual de quienes deciden sobre este particular.

Este ha sido un año modélico de la censura en Cuba; desde la exclusión del documental “Sueños al pairo” de la Muestra de Cine Joven, hasta la vergonzosa separación de Junco por razones que no pueden ser explicadas únicamente desde las divergencias políticas. Quienes hayan leído la carta del escritor seguro notaron que nada hay en ella de subversivo ni provocador. No arremete contra nadie, no exacerba odios ni recurre a la crítica irrespetuosa. Sus palabras trasuntan el reclamo de millones, movido por una justa indignación que tiene su origen en una situación social y económica insostenible.

Pedro Armando Junco no será el último escritor expulsado de la UNEAC, así como otros lo han sido antes que él por rebelarse contra un estado de cosas humillante. La carta del intelectual camagüeyano constituye un honorable ejercicio de ciudadanía que alguien ha interpretado como un acto de traición por el mero hecho de cuestionar las incongruencias de la praxis política en un panorama crítico, que vulnera a la inmensa mayoría de los cubanos.

De un plumazo Pedro Armando Junco se ha convertido en un “contrarrevolucionario”, categoría que agrupa a todos los que no aceptan el rumbo que ha tomado Cuba, ni el comportamiento cada vez más dictatorial mostrado por un “gobierno de continuidad” que en dos años ha mentido mucho, y alcanzado un extremo de vileza capaz de asombrar a quienes se creían curados de espanto.

Durante la clausura del IX Congreso de la UNEAC, Díaz-Canel lamentó que de “Palabras a los intelectuales” solo se cite la archiconocida frase; sin ponderar que lo verdaderamente lamentable es que la vida cultural de la nación continúe encadenada a un apotegma sexagenario, en cuyo nombre no solo se castiga al disidente político o al intelectual irreverente. Se estigmatiza y rechaza también al ciudadano para que su participación no ponga en crisis el esquema de temor, silencio y obediencia que el régimen procura mantener al costo que sea necesario.

El castigo a Pedro Armando Junco es un terrible suceso -otro más- que en redes sociales despierta cólera por la arbitrariedad, y simpatía hacia el ultrajado. Sin embargo, no hay acción cívica que rompa el cascarón virtual y se apodere del espacio físico donde se dirimen las cuestiones importantes. Hasta los “famosos” que días atrás andaban criticándolo todo, han enmudecido. Cuba es continuidad no porque lo repita Díaz-Canel; sino porque sus propios hijos, sea por conveniencia, indolencia o cobardía, así lo han decidido.

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Ana León

Anay Remón García. La Habana, 1983. Graduada de Historia del Arte por la Universidad de La Habana. Durante cuatro años fue profesora en la Facultad de Artes y Letras. Trabajó como gestora cultural en dos ediciones consecutivas del Premio Casa Víctor Hugo de la Oficina del Historiador de La Habana. Ha publicado ensayos en las revistas especializadas Temas, Clave y Arte Cubano. Desde 2015 escribe para CubaNet bajo el pseudónimo de Ana León. Desde 2018 el régimen cubano no le permite viajar fuera del país, como represalia por su trabajo periodístico.

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