Ballet Nacional de Cuba, el decadente legado de Alicia Alonso

Ballet Nacional de Cuba, el decadente legado de Alicia Alonso

El reto de modernizar una compañía hundida en la corrupción, el anacronismo y la anarquía. Las nuevas autoridades no tienen un liderazgo legítimo

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Viengsay Valdés con los bailarines del Ballet Nacional de Cuba en la reciente gira de la compañía por España. Foto BNC

LA HABANA, Cuba. – Alicia Ernestina de la Caridad del Cobre Martínez del Hoyo, conocida mundialmente como Alicia Alonso, hubiera cumplido ahora 99 años y, si bien falleció dos meses atrás, hacía ya mucho tiempo que no era la cabeza del Ballet Nacional de Cuba (BNC). Después de ejercer un férreo control sobre la compañía durante decenios, al final de su vida, ya con la salud muy deteriorada, ese dominio quedó repartido entre múltiples manos.

La institución, que ya no era lo que había sido en su época de esplendor, siguió declinando. Pese a que la designación por parte del gobierno de la principal bailarina del conjunto, Viengsay Valdés, para tomar el mando aún en vida de la Alonso pareció en general una decisión razonable, e incluso esperanzadora, ahora, cuando se cumplen los 99 años de la Prima Ballerina Assoluta, son pocos los que pueden mirar con optimismo el futuro del BNC.

Quizás el notable bailarín y profesor argentino Julio Bocca sea uno de ellos, aunque sin demasiado entusiasmo. Luego de pasar dos semanas impartiendo clases en la compañía, en una entrevista que concedió hace poco al medio digital On Cuba News, expuso sus opiniones sobre los bailarines, sabiendo bien cómo funcionaba el conjunto en 1986, cuando su primera visita.

“Alicia Alonso abrió sus brazos para recibirme”, recordó Bocca y describió su relación con la entonces regente del BNC como “de mutua admiración y luego en los últimos años de respeto, de par a par, al conocer de mi trabajo como director de compañía”.

Para el visiante, más allá de “la potencia de los bailarines cubanos” y de su constancia en lo clásico, es evidente que hay que realizar cambios para mantener el prestigio alcanzado a través de una escuela y un estilo propios, porque en el resto del mundo las grandes compañías se nutren también de lo contemporáneo.

“Un bailarín debe estar preparado para hacer las dos cosas al mismo nivel”, apuntó el argentino. “Es una forma de seguir avanzando y estar posicionado como una de las mejores compañías del mundo. Hay un público que siempre va a ver esta modalidad y los bailarines quieren seguir haciendo esas grandes obras clásicas”.

Sin embargo, “el gran cambio que veo, sobre todo en los varones, es en la conducta y en la disciplina. Creo que están un poco cómodos y les cuesta la concentración. Es otra generación, por supuesto, ahora como que tienen todo mucho más fácil, mayores comodidades, así que quizás la forma de incentivarlos tiene que ser diferente”.

Aquí tocaba Bocca un nervio, aunque sutilmente, porque se sabe bien cuán relajadas andan en estos jóvenes artistas la disciplina y la concentración por muchas razones que —aunque lo ignore o finja ignorarlo el gran maestro— no tienen nada que ver con unas “mayores comodidades” de las que en verdad solo disfruta la alta jerarquía del BNC.

“Algo que hay que recuperar es la importancia de empezar y terminar una clase a full, con todo el trabajo que conlleva”, explicó el entrevistado, “para luego, cuando pasen a una sala de ensayo, poder trabajar otras cosas como el personaje, la historia, la comunicación e ir más allá y no tener que volver a trabajar otros aspectos técnicos que son básicos, pero que si no se trabajan en una clase es imposible que después salgan”.

También se refirió a la falta de resistencia de estos muchachos, que ahora “se cansan mucho más rápido de lo que lo hacíamos nosotros”. Eso tiene que ver, por supuesto, con la pobre alimentación que, como conocemos, padeció la mayoría de esos bailarines en la niñez y continúa padeciendo en la actualidad.

En una compañía sumida en la corrupción y la ineficiencia administrativa, en el caos metodológico y en el descontrol, donde falla el transporte, faltan los alimentos y reina la anarquía, no se les puede exigir mucho a los bailarines, que son los últimos en recibir atención y los primeros, lógicamente, en dar la cara al público.

Es difícil, entonces, estar a la altura del ballet mundial, que “se ha desarrollado mucho más en la calidad y la limpieza”, como señala Bocca: “He trabajado en el Bolshói y en la Ópera de París y he podido ver cómo esas escuelas siguen evolucionando, pero acá tienen una escuela muy fuerte y si algo no tienen que cambiar es la potencia, esa fuerza y entrega. Eso hay que mantenerlo”.

El maestro, seguro que por amabilidad, prefirió no ser muy contundente en sus opiniones. Por su parte, Viengsay Valdés, la nueva autoridad máxima en el BNC, ha insistido recientemente en que quiere iniciar una nueva era en la compañía respondiendo a las críticas por el repertorio envejecido y la poca voluntad de modernización.

En reciente entrevista con AP, la Valdés declaró que planea llevar a escena nuevas obras y también convocar al BNC a importantes profesionales de otros países para que ayuden a elevar el nivel de los bailarines. Asimismo aseguró que pretende incluir a algunos de los antiguos miembros del conjunto que marcharon al extranjero y que ya han actuado en algunas nuevas presentaciones.

Mucho tiene que transformarse realmente esta institución en sus condiciones materiales y quizás más aún en su espíritu, como demostró esa vergonzosa disertación de racismo y prepotencia que regaló hace poco en un programa televisivo Miguel Cabrera, el historiador de la compañía. Y mucho tiene que cambiar también la propia Viengsay Valdés si quiere estar a la altura del desafío que tiene ante sí.

Muchísimo, si quiere que todos los bailarines —y no solo sus protegidos— estén satisfechos, si desea que haya posibilidades de desarrollo para todos y si busca el regreso de las figuras que huyeron del BNC —y del país— en busca de una vida profesional más promisoria. Si quiere, en fin, que sus propios subalternos no consideren que el legado de Alicia Alonso, en su cumpleaños 99, ha terminado en un perfecto desastre.

Como siempre en todos los ámbitos de la Cuba de hoy, hay sed de cambios en esta compañía danzaria. Una sed permanentemente insatisfecha, porque solo vemos una incesante decadencia. Igual que en el país, en el BNC no hay progreso porque, entre otras razones, el aparato político lo controla todo y las autoridades que sustituyen a la jerarquía fósil no tienen un liderazgo legítimo y, para colmo, en la práctica, carecen de todo poder real.

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