septiembre 10, 2026

“Con la llegada del castrismo al poder, Cuba retrocedió un siglo”

El escritor William Navarrete entrevista al doctor Alberto Sánchez de Bustamante Parajón, fundador de Herencia Cultural Cubana.
Alberto Sánchez de Bustamante Parajón (Foto: Cortesía)

MIAMI, Estados Unidos ― Debo haber conocido a Alberto Sánchez de Bustamante Parajón, o “Bustie”, como afectuosamente lo llama casi todo el mundo, muy a principios de este siglo, cuando él daba presentaciones auspiciadas por la asociación Herencia Cultural Cubana y sacaba la revista Herencia, ambas fundadas por él. Una foto que nos tomamos cuando aún se imprimían las fotos en papel da fe de que ya éramos amigos en mayo de 2002: fui a verlo al pabellón de Herencia durante un Cuba Nostalgia, mientras celebrábamos el aniversario de la República. 

Otro de los azares concurrentes es que Alberto estudió su primaria en el colegio La Salle de Miramar, donde mismo yo hice todo el bachillerato, pero bajo el nombre de Pablo de la Torriente Brau pues, como sabemos, después de la expropiación de los colegios privados de Cuba cambiaron todos los nombres. Es cosa de dictadores eso de estar cambiando nombres para borrar la memoria colectiva o distraer al pueblo en cosas fútiles.

Ambos fuimos muy amigos del Dr. Armando Cobelo y de su esposa, la compositora Yolanda del Castillo, quienes también formaron parte de la primera dirección de la asociación fundada por Alberto. Nos habíamos perdido de vista hasta que el amigo Eloy Cepero, quien también colabora con Herencia, nos permitió reanudar la comunicación que condujo a esta entrevista.

Además de destacado médico, Alberto ha sido fundador y miembro de la sección local, además de secretario y presidente de la Sociedad de Obstetricia y Ginecología del Centro de Florida desde 1973. También lo es de manera vitalicia de la Sociedad de Obstetricia y Ginecología de Florida.

Su historia, como la de muchos de los exiliados de principios de la década de 1960, no ha sido color de rosa. Algunas de las vicisitudes vividas ya las conocía, pero confieso que, del resto, me he enterado gracias a esta entrevista.

―La familia Sánchez de Bustamante está íntimamente vinculada a la historia de la sociedad habanera desde el siglo XIX. ¿Puedes hablarnos de tus orígenes?

―El primero de los Sánchez de Bustamante en llegar a Cuba fue Juan Manuel Sánchez de Bustamante y García del Barrio, quien nació en 1818 en Helguera, en las montañas de Santander, donde intentó hacerse sacerdote, pero algo no le funcionó porque en 1836 llegó a La Habana, se dice que huyendo de alguna persecución religiosa. En Cuba se hizo médico y terminó siendo decano de la Facultad de Medicina de la Universidad de La Habana, además de fundador de la Real Academia de Ciencias Médicas, Físicas y Naturales de La Habana, entre otros puestos y títulos notorios, como el de senador por la provincia de Pinar del Río y diputado provincial por La Habana.

La familia Bernal Obregón (Foto: Cortesía)

Fue el fundador de la rama cubana de este linaje. Tuvo varios hijos y, de ellos, dos varones: Antonio Arturo Sánchez de Bustamante Sirvén, quien inició una casta de abogados, y Alberto Sánchez de Bustamante Sirvén, eminente médico cirujano que fundó en 1903, junto al doctor Enrique Núñez, la clínica familiar “Núñez Bustamante”, cuyos descendientes se consagraron a la medicina. El segundo de estos es mi bisabuelo, casado en la parroquia de Guadalupe, en el Cerro, con la escocesa Anne Cameron MacLean. Son los padres de mi abuelo paterno, el doctor Alberto Sánchez de Bustamante Cameron, casado con Angelina Bernal Obregón, cuyo padre, José Alfredo Bernal, también era médico, director del Instituto de La Habana ―el mejor de Cuba―, y quien siempre encontró tiempo para visitarnos y regalarme libros.

Mi padre, además de médico, fue director del Departamento Médico de Accidentes del Trabajo del Banco Godoy y Sayán de Capitalización y Ahorro, consorcio financiero y bancario fundado en 1948 por Enrique Godoy y Sayán. Desde 1943, Enrique y su primo Gastón Godoy Loret de Mola habían implantado un seguro de accidentes personales y enfermedad para los trabajadores del ramo azucarero, cuya dirección estaba a cargo de mi padre.

―¿Y tu rama materna?

―Mi madre, María de Lourdes Parajón Figueras, era hija de Saturnino Parajón Amaro, hijo de asturianos, y de Orosia Figueras Pastrana, nacida en Barcelona. Ambos se casaron en La Habana en 1914. Mi abuelo materno era arquitecto e ingeniero, pero se convirtió en hombre de negocios, interesándose en la inversión azucarera cuando compró a María Antonia Calvo Herrera el central Occidente, en Quivicán. También se convirtió en vicepresidente del central España, en Perico (Matanzas), fundado por Julián de Zulueta y Amondo.

No lo conocí porque fue asesinado el 8 de marzo de 1930, en sus propias oficinas del Vedado, por José Miguel Benaga, también productor, quien había acudido a tratar asuntos financieros y, al no conseguir lo que quería, lo mató. Mi abuelo había sido presidente de la Bolsa de La Habana y uno de los directores de la Compañía Nacional de Fianzas.

La familia Parajón Amaro, en La Habana, 1930 (Foto: Cortesía)

El año en que sucedió esto también falleció de paludismo Manuel, el hijo varón de mis abuelos, que soñaba con convertirse en médico. Quiere decir que aquella fue una etapa muy difícil para mi abuela Orosia.

―¿Qué recuerdos tienes de tu infancia?

―Lo primero es que nací en 1937, en la clínica fundada por mi bisabuelo en el Vedado y viví hasta los seis años en la casa de tres pisos de mis abuelos, situada en la calle 15, entre J y K. De aquella casa recuerdo la enorme colección de automóviles antiguos y otros más modernos que conservaba mi abuelo Alberto en las dependencias del primer piso.

En 1943 nos mudamos al reparto La Coronela, a medio camino entre el Country Club y el famoso cabaret Sans Souci. Nuestra casa estaba en la calle 8 y la avenida 3ª y tenía ocho cuartos y unos 8.000 metros cuadrados de terreno (dos acres). Durante un tiempo vivimos allí los cuatro Albertos: mi bisabuelo, mi abuelo, mi padre y yo. Una foto publicada por el periódico El Mundo recuerda este curioso hecho. Allí celebrábamos la fiesta de san Alberto degli Abbati, santo siciliano del siglo XIII. En el cuarto de mi abuelo había una gran imagen del santo enmarcada y se leía: “Patrón de los partos”. No por gusto mi bisabuelo ejerció medio siglo como ginecólogo y profesor de obstetricia, algo que influyó en el hecho de que también me dedicara a esta especialidad.

Aquel barrio de mi infancia y adolescencia era paradisíaco. Al fondo estaba la avenida Mangos, llamada así porque a ambos lados crecían en hilera decenas de matas de mangos. Cerca de casa vivían Juan Antonio Rubio Padilla, eminente político cubano, con sus hijos Juan, Ignacio, Elena y Felipe. También, cerca de nosotros, estaban José Agustín Ariosa Gaytán, fundador del Vedado Tennis Club, y su esposa Angelina Reyna. En otra hermosa residencia estaban Guillermo Belt Ramírez con su esposa Elisa Martínez Silverio y sus hijos Guillermo, Noel Javier (mi mejor amigo), José Agustín, Marilys y Juan Alberto Belt, este último colaborador de Herencia Cultural Cubana, la asociación que fundé en el exilio en 1994. Guillermo Belt Ramírez fue uno de los embajadores más importantes de la República cubana y representó al país en Washington y en Moscú en la década de 1940.

Otro de nuestros vecinos fue Harry Skilton, un ingeniero norteamericano establecido desde hacía décadas en Cuba, con sus hijos Harry y William (Bill) Skilton, quien, por cierto, fue el primer obispo sufragáneo de la Diócesis Episcopal de Carolina del Sur, con sede en Charleston, entre 1996 y 2006.

María de Lourdes Parajón Figueras con Alberto Sánchez Bustamante (Foto: Cortesía)

De más está decir que pasé toda esa etapa de mi vida asistiendo al Havana Yacht Club, el club y balneario al que pertenecíamos, en la playa de Marianao, o de fiesta en fiesta, en casa de los amigos del barrio. Era parte de los equipos de natación y de remos del club. Durante 15 años participé en los Havalanta Games, una competencia de nado entre el Big Five de La Habana y el equipo de Atlanta. Además, teníamos un grupo de motociclistas con el que nos dábamos cita para correr en moto por las calles del reparto, detrás de las guaguas.

María de Lourdes Parajón y Alberto Sánchez de Bustamante Parajón, padres del entrevistado, en San Miguel del Padrón, década de 1930 (Foto: Cortesía)

―¿Cómo fue tu escolaridad?

―Los primeros años de primaria los cursé en el colegio de La Salle, en Miramar, que quedaba en la avenida Primera entre las calles 32 y 34, donde después hicieron un instituto de bachillerato cuando lo nacionalizaron. Los estudios secundarios los realicé en el mismo La Salle, pero en el plantel del Vedado. Me gradué en 1954. Mi padre me llevaba por las mañanas al instituto y a la hora del almuerzo me recogía el chofer de Alfonso Fanjul, gran amigo mío y compañero de clases.

Los cuatro Albertos. Foto publicada en el diario ‘El Mundo’. De izquierda a derecha, el entrevistado, su padre, su abuelo y su bisabuelo (Cortesía)

―¿Tienes recuerdos del golpe de Estado del 10 de marzo?

―En la familia todos éramos antibatistianos. Mi padre había sido testigo de todo lo sucedido el 4 de septiembre de 1933, la llamada “Revolución de los Sargentos”, liderada por Fulgencio Batista, y del derrocamiento del gobierno provisional de Carlos Manuel de Céspedes. Eso definió la ascensión de Batista al mando militar de toda la Isla, con las consecuencias que vinieron después, pues se convirtió en una especie de sombra de los gobiernos sucesivos y los manipulaba a su antojo.

Cuando ocurrió el golpe de Estado de 1952, recuerdo que mi padre me dijo: “Hay una mala noticia: Batista ha dado un golpe en el cuartel Columbia y Cuba va a retroceder 50 años”. Solo se equivocó en la cantidad de años porque, en realidad, con la llegada del castrismo al poder Cuba retrocedió un siglo, vista la situación actual.

―¿Quiere esto decir que te implicaste en el movimiento insurreccional para derrocar al gobierno de Batista?

―Como estudiante de Medicina de la Universidad de La Habana, donde había comenzado mis estudios en 1955, era imposible no estar politizado. La Universidad cerró varias veces durante los cinco años que estuve allí, de modo que, a destajo, pude completar solo tres años de carrera.

La realidad es que todos los estudiantes estábamos implicados en la tarea de recuperar la democracia para Cuba. Me incorporé al movimiento estudiantil y, desde las diferentes células, militaba y trataba de apoyar la lucha contra la dictadura.

―Cuando triunfa la Revolución en 1959, ¿pensaste que habían terminado las calamidades en el país?

―Como muchos, creí que nacía una nueva esperanza, pero esa ilusión no duró ni seis meses. Puedo afirmar que ya sabía quién era Fidel Castro y la poca confianza que inspiraba, pues Guillermo Belt nos había descrito muy bien al personaje. Lamentablemente, el odio contra Batista pudo más y, aunque sabía que casi todo lo que Castro contaba era mentira, seguíamos pensando que era la opción para librarnos de Batista.

La situación en diciembre de 1958 era pésima, de modo que decidí no celebrar el fin de año, ya que consideré que no había nada que festejar. Nos enteramos por la radio de la huida de Batista. En poco tiempo quedamos desencantados y, en mi caso, el detonante fue la deposición del presidente Manuel Urrutia Lleó y, poco después, el juicio amañado contra Huber Matos, alguien a quien admiraba y que me parecía un hombre cabal. A partir de ese momento, empecé a conspirar contra el nuevo régimen a través del Movimiento de Recuperación Revolucionaria (MRR).

―¿En qué momento y condiciones logras salir de Cuba?

―Cuando salí de Cuba ya era novio de Margarita (Maggie) Casteleiro Maciá, cuyo padre, Jorge Casteleiro Colmenares, era un prestigioso abogado a quien el régimen le había echado el ojo, razón por la cual la familia tuvo que irse del país en abril de 1960.

Yo estaba profundamente enamorado de Maggie, al punto de decirle a mi madre que había encontrado al amor de mi vida y a la mujer con la que quería casarme. Empecé a hacer las gestiones para ir a verla a Miami, pero no acababan de darme la visa. Al final, cuando me la concedieron, preparé el viaje con la idea de quedarme solo una semana en Estados Unidos.

Entonces salí el 7 de octubre de 1960, sin saber que aquella salida iba a ser definitiva y que, por otras razones que contaré, no volvería a ver a mi madre.

La clínica familiar Núñez Bustamante, en la calle 15, entre J y K, el Vedado, La Habana (Foto: Cortesía)

―¿Qué sucedió?

―Sucedió que durante la primera semana ocurrieron tantas cosas en la Isla que mi padre me llamó y me dijo: “Aquí no vuelvas”. El 13 de octubre, por ejemplo, Fidel Castro promulgó una ley mediante la cual confiscaba 105 centrales azucareros y fábricas como Crusellas y Sabatés; las cervecerías La Tropical, Hatuey y La Polar; las droguerías Johnson, Sarrá y Taquechel, que eran las mayores del país; las tiendas por departamentos y las destilerías Bacardí y Arechabala, entre más de 350 empresas cubanas. Todas fueron objeto de expropiación forzada y sin indemnización.

También se promulgó la nacionalización de todo el sistema bancario y, el 14 de octubre, una ley de reforma urbana que despojaba de sus propiedades inmobiliarias a quienes poseyeran más de una vivienda. Con esos truenos, el 19 de octubre, el Gobierno de Estados Unidos decretó un embargo parcial sobre las exportaciones a la Isla —el embargo general llegaría en febrero de 1962—. En poco tiempo, más de 100 empresas norteamericanas en la Isla fueron nacionalizadas también.

Mis padres no lograban conseguir el permiso para salir de Cuba porque a los médicos el Gobierno castrista les negaba sistemáticamente la salida.

La casa de la familia Bustamante en el reparto La Coronela, al oeste de La Habana (Foto: Cortesía)

―Entonces, ¿qué hiciste en tus primeros meses de exilio?

―Me alquilé un apartamentico en el suroeste de Miami. Recuerdo que recorrí caminando todo Miami Beach, desde la calle 5 hasta la 125, buscando trabajo y dejando solicitudes de empleo. Esto coincidió con una huelga de autobuses en la ciudad de Miami y no tenía otro medio de transporte. Lo primero que encontré fue un trabajo de camarero en un hotel.

Pero en diciembre de 1960 se empezó a hablar de los campamentos de entrenamiento en Guatemala para llevar a cabo la invasión de Cuba. Como yo había estudiado Medicina, me inscribí en el proyecto de un “barco hospital” y estuvieron entrenándome entre diciembre de 1960 y febrero de 1961, junto con médicos y técnicos de la salud.

―¿Participaste entonces en la invasión de bahía de Cochinos?

―Participé más bien en la odisea de bahía de Cochinos, pues la desorganización fue tal que todavía lo estamos pagando. A principios de marzo de 1961 nos mandaron a un campamento en Guatemala. Viajamos en aviones completamente sellados para que no pudiéramos ver adónde nos dirigíamos. Así aterrizamos y nos transportaron en camiones, bajo un diluvio y con el fango hasta el cuello, a un sitio en medio de la selva. Nos pusieron a vivir en tiendas de campaña y me asignaron a un grupo de ocho personas para recibir clases de tiro y aprender todas esas cosas.

Lo curioso fue que, dos días después, los médicos que encabezaban nuestro grupo nos dijeron que los oficiales norteamericanos les habían comunicado que el proyecto del “barco hospital” había sido cancelado desde diciembre y que toda nuestra formación había sido un simulacro. Incluso les propusieron a los médicos que, si lo deseaban, podían regresar a Miami, pero el honor y la decencia de estos fueron tan grandes que se negaron y dijeron que estaban dispuestos a compartir la misma suerte que nosotros.

Así fue como, en abril de 1961, salimos para Puerto Cabezas (Nicaragua), donde nos esperaba el Lake Charles, el barco que nos habían asignado para la invasión. Era propiedad de una compañía naviera comercial perteneciente al cubano Alfredo García, y la CIA había fletado este tipo de navíos para no despertar sospechas. El código con el que habían bautizado nuestro barco era “Atún”.

―¿Qué recuerdos tienes de la invasión?

―Reinaba la confusión general. Nuestro barco se retrasó 24 horas, con lo cual el operativo quedó incompleto, pues debíamos desembarcar por Playa Verde y finalmente no fue posible. Otros dos barcos, el Río Escondido y el Houston, sí llegaron a tiempo, pero la aviación castrista ya los había puesto fuera de combate cuando el nuestro se acercó a la costa.

Entonces recibimos la orden de replegarnos a aguas internacionales y permanecimos en altamar, viendo cómo las fuerzas castristas tomaban el control de la situación. Al tercer día nos mandaron a montarnos en los botes, pues supuestamente íbamos a desembarcar, pero, en cuestión de horas, recibimos la contraorden de volver al barco, ya que se sabía que la invasión había fracasado.

―¿Regresaron entonces a tierra firme?

―Volvimos a Puerto Cabezas, nuestro punto de partida, con el temor de que Anastasio Somoza nos aniquilara a todos, pues, antes de la invasión, vino a vernos para pedirnos que le trajéramos de vuelta las cabezas de los Castro. Al llegar a Puerto Cabezas, los militares nicaragüenses nos quitaron las armas y las metieron en una especie de bodega. Nuestra situación era confusa y no sabíamos qué harían con nosotros.

Uno de nuestros compañeros, delgado y pequeño, logró colarse en la bodega donde estaban las armas y fue sacándolas una por una. Nuevamente armados, tomamos contacto con el mando nicaragüense y le comunicamos que estábamos dispuestos a combatir si no nos sacaban de aquel sitio en 24 horas.

El resultado fue que llegaron entonces los oficiales norteamericanos en tres jeeps y nos dijeron que, finalmente, nos mandarían de vuelta a Miami en los mismos aviones sellados en los que habíamos llegado a Guatemala. La operación, como casi todo lo que monta la CIA, fue un desastre. Cuando aterrizamos en Miami, el FBI nos repartió por las casas de cada cual. Yo llamé a Maggie para decirle que estaba de vuelta y que llevaba doce días sin bañarme.

―Me imagino que una vez que la invasión fracasa te das cuenta de que debes estabilizarte en el exilio…

―Así fue. Poco después conseguí trabajo como empleado de servicio en el St. Francis Hospital, en Miami Beach. Las monjas del hospital me apoyaron para que me dieran un puesto de ayudante de laboratorio y me recomendaron que fuera al Jackson Memorial Hospital, donde podía solicitar un puesto como técnico de laboratorio. Así lo hice y, gracias a los cubanos que ya trabajaban en el laboratorio de ese hospital público, pude entrar como técnico después de haber pasado dos meses en el St. Francis aprendiendo el oficio.

Cuando, por fin, comencé en el Jackson, pude permanecer allí durante todo 1962, tiempo suficiente para ahorrar lo necesario y poder casarme con Maggie, en la iglesia de Santa Rosa de Lima, en Miami Shores, el 16 de febrero de 1963.

―¿Pudiste completar tu carrera de Medicina?

―Con enormes sacrificios, con Maggie trabajando en Lerner Shops, donde llegó a ser la responsable. Para terminar la carrera nos mudamos a Madrid, después de nuestra luna de miel en Nueva York. Me inscribí en la Universidad Central, que ocupaba las funciones de la antigua Facultad de Medicina de San Carlos. En España tuvimos que soportar la admiración de la gente por el régimen de Fidel Castro, pues en aquella época casi todos idolatraban al dictador y hablaban con orgullo de la Revolución cubana.

Al final, logré hacer en dos años y medio los cuatro que me faltaban, y te ahorraré todas las vicisitudes por las que tuve que pasar, entre exámenes, dificultades económicas, problemas de visado y permiso a nuestra vuelta para la residencia permanente, además de que ya había nacido nuestra hija el 16 de febrero de 1964, coincidiendo con nuestro aniversario de bodas. 

―¿Y tus padres?

―Mis padres seguían atrapados en Cuba hasta que, finalmente, en abril de 1965, estando nosotros en Madrid, lograron obtener el permiso de salida gracias a Mario Parajón, que era primo nuestro y estaba casado con la hija de Carlos Rafael Rodríguez, perteneciente a la cúpula de la dictadura de Fidel Castro. Así fue como pudieron salir mi padre, mi madre y mi abuela paterna, volando hasta un cayo británico del Caribe —no recuerdo ahora cuál— y, desde allí, gracias a las gestiones de Guillermo Belt, pudieron llegar a Estados Unidos.

Lo más triste de todo es que, apenas una semana después de haber llegado, mi madre, enferma de cáncer, falleció en un hospital de Boston, sin que yo hubiera podido volver a verla y despedirme de ella. Esto ocurrió en abril de 1965, mientras me graduaba un mes después de médico en España.

―¿Qué hicieron Maggie y tú cuando terminaste tus estudios en Madrid?

―Regresamos a Miami. Enseguida encontré trabajo y pude hacer la validación en el Mercy Medical Center. Como sabes, los médicos tienen que pasar un primer año de internado y luego tres de residencia. Conseguí hacer el internado en el Centro Médico Regional de Orlando, una ciudad que nos gustó tanto que decidimos quedarnos en ella hasta el día de hoy, sesenta años después.

Luego empecé, también en Orlando, mi residencia en obstetricia, pero tuve que interrumpirla porque, en aquella época, el servicio militar era obligatorio. Me fui entonces dos años a Richmond (Virginia), donde presté servicio como comandante en el cuerpo médico del Ejército de Estados Unidos, entre 1969 y 1971. Solo después de esa interrupción pude completar los dos años que me faltaban de residencia y convertirme definitivamente en médico, profesión que ejercí hasta mi retiro hace 26 años. Primero como obstetra entre 1973 y 1990, y luego como ginecólogo desde esa fecha hasta el 2000 en que tomé mi jubilación.

Bodas de oro de Alberto y Maggie, febrero de 2013, con sus hijos y nietos (Foto: Cortesía)

―Te conocí gracias a Herencia Cultural Cubana, la asociación de la que eres fundador y que ha realizado una enorme labor de salvaguarda de la memoria del patrimonio cubano. ¿Puedes hablarnos de esta parte de tu vida?

―En 1994 me di cuenta de que, tal vez para no sufrir lo que sus padres habíamos sufrido, nuestros hijos no querían implicarse en el tema cubano. Entonces me dije que nos tocaba a nosotros, los mayores de la primera generación del exilio, ocuparnos de proteger la memoria de la Cuba de nuestra infancia y todo lo relativo al patrimonio. 

Fue así como, ese mismo año, en la oficina miamense del arquitecto cubanoamericano Hilario Candela ―quien diseñó el Miami Marine Stadium, en Virginia Key, y falleció en 2022 por complicaciones de COVID-19―, nos reunimos unos 35 exiliados para sentar las bases de lo que, en poco tiempo, se convertiría en Cuban Cultural Heritage/Herencia Cultural Cubana. En un inicio empecé el proyecto junto al Dr. Armando Cobelo, su esposa Yolanda del Castillo, Maggie Menocal, Pedro Menocal Almagro, Carlos Alberto Fleitas, los arquitectos David Cabarrocas y Nicolás Quintana, el escultor Marc Andries Smit, Fernando García Chacón, Magali Aristondo, Malvina Godoy-Robinson, Julieta Navarrete, Humberto Calzada, Lourdes Abascal, Eduardo Zayas-Bazán, Luis Céspedes, y muchos otros que probablemente olvido ahora y que es injusto no mencionar. 

Herencia Cultural Cubana publica tres veces al año una revista homónima, en la que tú has colaborado en varias ocasiones; edita libros antiguos cubanos en facsímil, organiza eventos o patrocina otros y concede un premio a personas que han contribuido a preservar la memoria patrimonial cubana. Tenemos hasta 90.000 suscriptores y ahora estamos enfrascados en la creación del Museo de la Herencia Cultural Cubana, en los predios de la congregación del Corpus Christi y la iglesia de La Merced, en el noroeste de Miami. Gracias al padre José Luis Menéndez, el arzobispado ha donado allí un edificio en el que conservamos la gran colección de objetos relacionados con la historia de Cuba que hemos reunido. Al frente de este ambicioso proyecto, en el que deseamos construir el Florida Colonial Cultural Center, Museum and Library, está Ray Zamora, quien te mostró en 2022 los tesoros de la iglesia sobre los que escribiste, así como de la colección.

Alberto Sánchez de Bustamante y William Navarrete en el stand de Herencia Cultural Cubana en Cuba Nostalgia, el 17 de mayo de 2002 (Foto: Armando Cobelo)

―¿Has vuelto a Cuba o pensado en volver?

―Yo siempre me dije que, mientras durara el régimen, no tenía por qué regresar a la Isla. Incluso, en el grupo de Herencia, en determinado momento, tuvimos un desacuerdo con algunos miembros que decidieron organizar viajes para visitar sitios patrimoniales y filmarlos. Uno de ellos, Gustavo Araoz, quien era por entonces presidente del ICOMOS (Consejo Internacional de Monumentos y Sitios), insistió tanto en que los acompañara en uno de esos viajes que terminé dejándome convencer. Me costaba trabajo ceder, pero empecé a prepararme durante un mes, sobre todo psicológicamente, que era lo más difícil. 

El caso es que, a pocos días del viaje, le enviaron una comunicación desde el Ministerio de Cultura de Cuba que decía escuetamente: “Alberto Sánchez de Bustamante no será admitido en Cuba bajo ningún concepto”. Sentí un gran alivio y entendí que todo lo que había hecho desde el exilio por preservar la memoria de la Cuba anterior al castrismo había calado hondo, pues les molestaba a los funcionarios de la dictadura que creían que podían humillarme o castigarme prohibiéndome la entrada a mi propio país. 

¡Los pobres! Lo menos que se imaginaron fue lo aliviado que me sentí entonces con mi conciencia. ¡De la que me salvaron! Quién sabe si me hubiera complicado la vida con la Seguridad del Estado y otros organismos policiales bajo la égida comunista. 

Entonces cancelé mi viaje y me quedé tranquilito en el país en el que vivo, haciendo lo que siempre hago y feliz de disfrutar de mi hogar, donde mi esposa y yo hemos visto crecer dos hijos, ocho nietos y tres bisnietos, más otro que ya viene en camino.

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