Una guerra de civilizaciones

Una guerra de civilizaciones

Es importante reconocer que estamos ante un enemigo con una cultura radicalmente diferente a nuestra cultura occidental

Avión ISIS
Un miembro del autoproclamado Estado Islámico (foto tomada de internet)

BELEM, Brasil – Los sangrientos atentados terroristas del pasado viernes 13 en Paris, Francia, cuya autoría ha sido reconocida por el Ejército Islámico, nos llevan de la mano a un análisis obligado.

En primer lugar, es importante reconocer que estamos ante un enemigo con una cultura radicalmente diferente a nuestra cultura occidental. En este sentido, la guerra declarada por el “Estado Islámico” contra “Occidente” puede categorizarse como un enfrentamiento entre dos civilizaciones muy diferentes: la civilización occidental, erigida sobre el cristianismo como hilo conductor y la civilización islámica, erigida sobre normas asociadas a esa religión.

No se trata de una guerra religiosa estrictamente hablando, pero sí se trata de una guerra entre el sector más extremista de la cultura islámica –por un lado– y la cultura cristiana en general –incluyendo todos los sectores cristianos, extremistas o no–. Hay que considerar que los extremistas islámicos –centrados en el Estado Islámico ahora, aunque antes eran dirigidos por AlQaeda– han declarado la guerra, no a un estado, sino a todo Occidente en general.

Lo sucedido en Paris el pasado viernes 13 pasará a ser para Francia lo que significó el 11 de Septiembre para los Estados Unidos. En ese sentido y a pesar de lo temprano que todavía resulta para un análisis más profundo, es innegable que ni Europa ni EUA pueden postergar el momento de hacerle la guerra formal al Estado Islámico, de manera que hijos de la civilización occidental no mueran más en un café parisino o en un estadio de futbol y, si fuera el caso, den su vida de manera directa en el campo de batalla foráneo contra los terroristas.

Tanto E.U.A. como Europa deben poner fin al debate sobre la disyuntiva entre cortar libertades dentro de sus países –en función de la seguridad– debido a la amenaza del ejército islámico, con vistas a garantizar la correspondiente seguridad social. La guerra debe ser llevada directamente en territorio de los terroristas, aunque lógicamente, las medidas de seguridad deben ser reforzadas, pero en todo caso –y a partir de ahora– jerarquizando colocar el campo de las acciones de guerra en el lugar que radican los causantes de esta invasión expansionista.

Hay que decir que el Estado Islámico ha declarado la guerra a Occidente como forma de conquista de su supuesto califato. Reclama una expansión mundial, que incluye territorios en Europa y Asia y muy probablemente en América, con aseveraciones que tienen que ver peligrosamente con la religión que profesan. Es por esa razón, que los dignatarios islámicos que nada tienen que ver con estas pretensiones expansionistas deberían pronunciarse claramente ante sus fieles condenando estas pretensiones, con vistas a deslindar los campos.

Ya Rusia sufrió un duro golpe, que ahora se repite dolorosamente en Francia. Occidente no puede postergar mucho más la entrada directa en una guerra de defensa, que hace ya mucho tiempo podría haberse definido aplastando al Estado Islámico en sus inicios, que a diferencia de AlQaeda tiene territorio definido y se expande como un cáncer por el norte de África.

No es momento de recriminar a nadie, sino de actuar proactivamente contra aquellos que nos han impuesto una guerra de conquista que nunca hemos promovido, pero que tenemos que abrazar.

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