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Jueves, 19 de octubre 2017

Los extremos antidemocráticos se dan la mano en Cataluña

Un botón de muestra de varios fenómenos políticos de la actualidad

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Un manifestante pro independencia (AFP)

MIAMI, Estados Unidos.- La cadena de acontecimientos precipitados por el empuje separatista en Cataluña llega a un clímax, al límite de la ruptura irrevocable, casi en el punto de no retorno. El intento de referendo convocado por el gobierno de la Generalitat y sus seguidores se produjo finalmente en la fecha prevista, precedido de las imágenes del acto organizado en la ciudad condal a raíz de los atentados terroristas el pasado mes de agosto. Los separatistas, con el apoyo de las autoridades locales proclives al movimiento, no tuvieron escrúpulos en utilizar aquella ocasión para rodear al Rey y al presidente Rajoy con sus enseñas y proclamas. Las víctimas del atentado quedaron relegadas en una politización deplorable de un ambiente hostil, donde no faltaron frases y lemas ofensivos contra las personalidades que acudieron a rendir honor a las víctimas de los ataques.

El escenario reciente se ha recrudecido con la acción emprendida por los efectivos policiales a cargo de cumplir la orden judicial que impedía la votación ilegalizada. Las protestas alentadas desde el eje de Gobierno catalán, con respaldo de partidos y organizaciones favorables a la ruptura con España, se produjeron bajo la batuta de quienes afirman ser defensores del derecho a decidir del pueblo, apelando al ejercicio de la soberanía popular y la democracia participativa del voto soberano. Con esas herramientas manipulan a diestra y siniestra utilizando lenguaje engañoso, mentiras y medias verdades. Una mezcla para envolver a los que se creen protagonistas de un nacionalismo en el que se han incentivado sentimientos de un orgullo patriotero, rayano en el desprecio a los demás. De esa manera los que deberían gobernar mirando el interés de todos los catalanes, claramente se decantan por los que siguen ciegamente sus líneas y objetivos políticos e ideológicos.

Estos hechos transcurren en un marco europeo cada vez más preocupante. Cuando en Alemania por vez primera en muchos años los ultranacionalistas llegan al Parlamento con fuerza de tercer partido. Un despertar de las extremas que se repite en Grecia, Francia, Holanda, Hungría o Polonia. Retroceso que se verifica en las fronteras de Europa con un aliado que quiere ser parte de ella y en la Ucrania que reivindica el pasado fascista de Bandera. Nacionalismo que alcanza potencialidades de imperio en la Rusia de Putin y que gana la presidencia para un impredecible mandatario en Estados Unidos.

En los esfuerzos para lograr la fragmentación española se verifica el hecho curioso de la confluencia de todos los extremismos. A la derecha liderada por Puigdemont, Forcadell, Junqueras o Rufián (persona y apellido se avienen a la perfección) se unen los radicales de la CUP, movimiento integrado en esa marea de grupos aparentemente autónomos, vinculados al populista Podemos. Sin tapujos para proclamar en pleno Parlamento su desprecio por los valores democráticos, sus alardes antisistema, contrarios a la Constitución española y a las instituciones del Estado, el Rey o el poder judicial, esta izquierda sui generis apoya a los capitalistas a los que dice combatir en su proyecto, y, en una contradicción inexplicable con los postulados básicos del rostro socialista que muestran a sus bases, apoyan el nacionalismo a ultranza y la insolidaridad entre pueblos. Una estrategia explicable si tras el plan de apoyo e instigación para forzar la pretendida independencia, se esconde una apuesta desestabilizadora que les permita en su momento, una vez lograda la fisura, el terreno propicio para sacar del juego a sus “aliados” y afincarse en el poder.

Junto a los miembros de las CUP se mueven los podemistas de Pablo Iglesias. Su mayor exponente en Cataluña controla la alcandía de la capital. Sus estrategias convergen en un método que comprende el despliegue de las muchedumbres en los famosos escrache (actos de repudio). A esto se añade las agresiones contra quienes manifiestan su desacuerdo con la corriente independentista. Lo hacen mediante amenazas directas y anónimas, señalando sus oficinas o negocios; reproduciendo los semblantes de los principales oponentes con una diana sobre su rostro. Además convocan manifestaciones nutridas por jóvenes, adolescentes y niños para cerrar calles, tensar la crisis con la desobediencia civil y provocar a las autoridades. Todo para sacar partido propagandístico, añadiendo a la manida frase “España nos roba” el manipulado “nos reprime”. La imagen emblemática de la manipulación fue difundida durante las cargas policiales del 1ro de octubre en el manifestante que irresponsablemente llevaba sobre los hombros a un niño mientras fustiga a los efectivos encargados de evitar la celebración del referendo declarado ilegal por la Justicia.

Pero no todo se trata de cortes de calles y avenidas o huelgas aplaudidas desde el propio govern. Entre las mayores irregularidades a criticar no puede ignorarse la situación de esos niños y adolescentes animados a participar en unos eventos de los que quizás ellos no alcancen a tener idea, más allá de la rebeldía propia de una edad difícil, útil para los propósitos oscuros de los que buscan la fragmentación social y el enfrentamiento. Hay que hablar de los listados prorrefrendo en los que la ausencia del firmante deja en claro sus sentimientos o el acoso denunciado en diferentes escuelas contra estudiantes cuyos padres son contrarios a la independencia.

Así, mientras en Cataluña el liderazgo político que reivindica el derecho a decidir la independencia solivianta los ánimos en las voces histéricas de Carme Forcadell o la irrespetuosidad de Rufián acusando al gobierno central de franquistas, dictatoriales, ladrones, sus compañeros de fila se unen al corro, sin antifaz, con la estelada en una mano y la bandera roja en el otra, anunciando la propuesta de lo que llaman una federación de repúblicas socialistas. Una carrera en la que todo vale, desde arrancar las banderas españolas con saña a llamar fascista a cualquiera, llámese Joan Manuel Serrat o Mariano Rajoy. Y de paso lanzar propuestas como las de quitar de las calles los nombres de Antonio Machado o de Francisco de Quevedo por anticatalanistas.

Es notorio el despliegue conseguido en varios medios críticos contra el despliegue de la Guardia Civil durante la jornada dominical. Uno de ellos se escenificó en pleno parlamento europeo entre un representante español y un miembro de la UKIP de Nigel Farange, muy “preocupado” este último por la violencia policial desatada en Cataluña. Otras voces se han levantado en un tono similar, olvidando Davos, donde la pacifica fuerza policial suiza no duda en emplear la represión violenta contra los manifestantes anticapitalistas. Como ocurre en Alemania, Italia, Estados Unidos y otros países cuando de mantener el orden se trata.

Hoy en España, y específicamente en Cataluña, se vive un momento crítico en el que se juega el futuro inmediato de Europa y la humanidad. Como ocurrió en su momento a finales de la de la década del 30 con un mundo abocado al dominio totalitario de las fuerzas nacionalsocialistas, fascistas y estalinistas. El lema “No pasarán” enarbolado por los republicanos españoles de aquel momento parece revivir otra vez, ahora ante una democracia en peligro de ser quebrada por obra de los que apuestan, unidos en una extraña alianza, por la esquizofrenia nacionalista, la xenofobia y las aspiraciones antisistema.

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