Ironías bolivarianas

Ironías bolivarianas

Los venezolanos han llegado al extremo en su penosa situación

Venezolanos transportando paquetes a través del puente internacional Simón Bolívar, en la frontera entre Colombia y Venezuela (Foto: Reuters)
Venezolanos transportando paquetes a través del puente internacional Simón Bolívar, en la frontera entre Colombia y Venezuela (Foto: Reuters)

MIAMI, Estados Unidos.- Por estos días los medios informativos han divulgado espectaculares multitudes cruzando la frontera venezolana con Colombia (fuentes calculan el segundo cruce en 35 mil personas) con el fin de aliviar la situación de desabastecimiento que viven en su tierra. Los rostros y las actitudes muestran el estado de desesperación que muchas de estas personas viven bajo la actual administración chavista presidida por Nicolás Maduro. Les falta de todo y el propio gobierno ha tenido que reconocerlo, ayudando a sus ciudadanos en esta misión de aprovisionamiento de productos tan esenciales como aceite, café, leche, harina, papel sanitario y medicamentos básicos.

Mirando estas noticias vienen a la mente las ironías de la vida en el desarrollo del tiempo. Por ejemplo que, hace apenas un año, en agosto del 2015, fuera el gobierno venezolano el que cerrara las fronteras de su país con la vecina tierra colombiana pretextando cuestiones de seguridad y el hecho de que ciudadanos colombianos estuvieran saqueando mercancías venezolanas aprovechando los bajos precios de subsidio bolivariano. Por tal motivo, las relaciones entre ambos países llegaron a una tensión apreciable cuando miles de colombianos asentados en la parte venezolana fueron obligados a desalojar sus humildes viviendas e irse a su lugar de origen.

Pero la situación fronteriza colombo-venezolana ha tornado de cariz. Ahora los que llegan, por miles, para comprar cuanto no pueden adquirir  en su país, son los pobladores de Venezuela, aquejados de una crisis profunda que parece no tener solución y que abarca todos los reglones de la economía nacional. Sin embargo no es la única vía de escape que han encontrado los que viven bajo las promesas de un mundo mejor, fruto de la nueva era del socialismo siglo XXI.

Apenas a 11 kilómetros de las costas venezolanas, Trinidad y Tobago se ha convertido desde hace un tiempo en objetivo de los que pagan un peaje en lancha para buscar mercancías deficitarias o incluso de los que huyen del territorio bolivariano. Para mal de las autoridades trinitarias, esta vía les ha traído por igual el vestigio de la violencia reinante en su vecino del sur y el incremento de tráfico humano o el que produce la droga. Un nuevo rasgo irónico del destino cuando la nación trinitaria superaba una crisis aguda en el 2002 a la que tuvo que hacer frente un gobierno electo democráticamente.

Y no se trata de que Trinidad Tobago sea un dechado de virtudes. La nación isleña de habla inglesa tampoco goza de un buen record  en aspectos de derechos humanos. Amnistía Internacional, por ejemplo, denuncia torturas, juicios cuestionables, casos de aplicación incorrecta de la pena de muerte y una ley que prohíbe la entrada de homosexuales al territorio insular. Pero nada de esto impide que en los últimos tiempos el flujo migratorio se haya incrementado desde la cercana orilla continental. Unos para adquirir comida y provisiones varias, tras lo cual regresan a casa. Pero no pocos en busca de asilo, petición basada en el empeoramiento de la situación política en Venezuela.

“Ofrecemos asistencia y protección humanitaria en colaboración con el Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR). Los registramos y les ofrecemos asistencia psicosocial, alojamiento temporal, alimentos y dinero en efectivo para pagar un alquiler. Básicamente nos ocupamos de ellos mientras están aquí y la mayoría de ellos están aquí por un largo tiempo”, apuntan las autoridades trinitarias sobre esta situación que les significa un problema cercano para un país que carece de ley de refugiados y que tiene que buscar soluciones a largo plazo para los que llegan o simplemente derivarlos a otros países como Estados Unidos,  que sí cuentan con la legislación adecuada para estas situaciones.

Es de pensar las ventajas y desventajas de estas proximidades geográficas que en unos casos benefician a los ciudadanos que sufren situaciones de mala economía o de persecución política. O ambas  incluidas. En el panorama cubano el aislamiento ha sido una bendición para el sistema imperante al tener la frontera más cercana a 90 km al este, en una empobrecida nación haitiana.

Pero lo llamativo de la situación de los venezolanos es que les hayan llevado al extremo de recurrir a un vecino tan pequeño como Trinidad y Tobago, que cuenta, como principales renglones productivos, con el petróleo y el turismo.

El último punto irónico de esta historia es que el paso que sirve de aliviadero a la penosa situación que sufren personas a uno y otro lado de la frontera común colombo-venezolana sea un puente que lleva el nombre de Simón Bolívar. Una vía que une o separa, según convenga, a pueblos de una misma raíz, lengua y proyecto. Justo cuando se cumple un aniversario más de su natalicio, el nombre del Libertador parece resurgir como nota de atención sobre un sueño de libertades, justicia y unidad que sigue siendo una meta por concretar.

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