El Fidel que todos llevamos dentro

El Fidel que todos llevamos dentro

La larga pesadilla del castrismo cubrirá a Cuba durante tiempo. La educación, la decencia, los buenos modales y las virtudes ciudadanas no se alcanzan mediante preceptos legales

fidel_castro_tonio-1MIAMI, Florida ––Más que un líder político Castro prefirió ser un ídolo. Con sus largos discursos y su omnipresencia trató de ser inalcanzable en su grandeza. Su manera de vestirse, su barba guerrillera, la ausencia de una familia y la permanencia de una escolta pretoriana, hicieron de Castro un talismán al que todo el pueblo debía rendir tributos, pues de lo contrario sería enviado al patíbulo.

Todo esto produjo en los cubanos una suerte de indefensión, de aplastamiento frente al todopoderoso, el sentimiento de que ese Mesías era el único capaz de conducirlos hasta la victoria final.

Nadie es más inteligente que él, nadie más podía conducir las riendas de la nación ni su destino. El dicho “seguramente Fidel no sabe que esto está sucediendo” penetró el imaginario popular. Aquel “razonamiento” reflejaba la creencia de que los problemas no llegarían a solventarse sin la intervención del “gran talismán”.

Castro se identificó a sí mismo como el Estado y esta abominación política creó un enajenamiento en torno a la figura del Gran Líder, del Comandante en Jefe. Sus decisiones no admitían el menor cuestionamiento pues él encarnaba la esencia de la nación.

Cualquier ciudadano, incluso inspirado en los más nobles y auténticos sentimientos patrióticos, corría el riesgo de ser enviado a la cárcel o el paredón de fusilamiento ante la más mínima expresión   de discrepancia, disidencia o critica.

Esto hizo que el cubano fuera perdiendo su capacidad de análisis, de interpretación de los fenómenos que se desataban a su alrededor.

Su interpretación de la historia.

La ideología castrista, enmascarada en el marxismo, le dio a Castro la oportunidad de rehacer la historia de Cuba. Las generaciones más jóvenes creen que antes de la revolución Cuba era una colonia de Estados Unidos y que todas nuestras desdichas y desventuras partían de aquel país.

Fue tal el grado de manipulación de la historia que Fidel Castro llegó a decir en el juicio tras el asalto al cuartel Moncada que el autor intelectual del asalto había sido José Martí. Se atrevió a establecer similitudes entre el pensamiento martiano y los dogmas marxistas.

Castro trató de aplicar a pie juntillas los afiebrados planteamientos de Carlos Marx y Lenin respecto a la economía y lo hizo de una forma deliberadamente oportunista. Su objetivo final era alcanzar el control absoluto de las actividades laborales y para ello ideó un engendro de movimiento sindical desprovisto de autonomía y representatividad.

Su objetivo, evitar las protestas obreras, maniatar a los líderes sindicales, obstaculizar el funcionamiento de las asociaciones de profesionales y, finalmente, apropiarse de todos los recursos de la nación. Se trataba de la dictadura del proletariado en contra del proletariado, de la explotación del hombre por el Estado.

El internacionalismo.

Mientras en la mayoría de los países del continente se sucedían cambios democráticos, Castro elucubraba la forma de desestabilizar a esas naciones mediante la creación de grupos terroristas.

La inquietud por la injusticia social constituía una cortina de humo a las verdaderas intenciones de Fidel Castro enfiladas a propiciar daño ideológico, moral, económico o diplomático – a Estados Unidos.

Castro quería ejercer su influencia en el resto del mundo e hizo grandes esfuerzos para concretarlo aunque para ello fuera necesario asesinar adversarios, incendiar, asaltar o secuestrar.

Muchos cubanos llegaron a creer que Cuba estaba destinada a salvar el planeta y a sus habitantes. El paradigma de aquella enajenación fue el Che Guevara, con su rostro de “santo con boina” que, con el transcurso de los años se ha estampado en camisetas, banderolas, gorras, comercio similar al Pato Donald o el Perro Pluto.

La violencia

Durante toda su vida adulta Fidel Castro demostró poseer una personalidad violenta. Lo llevó a la vida pública el asalto al Cuartel Moncada. La imagen de Castro evoca al sempiterno guerrillero, fusil en mano, dispuesto a disparar en cualquier momento.

Sus argumentos a favor de la violencia armada se concretaron en la promoción de grupos terroristas. Su visión apocalíptica tuvo su máxima expresión cuando en 1962 aconsejó a los rusos lanzar un ataque nuclear contra Estados Unidos.

La estrategia del castrismo se resume en que al adversario hay que destruirlo, desparecerlo, devastarlo, y esa “lógica” es la causante de la violencia presente en la sociedad cubana.

En Cuba, donde la fraternidad y la hermandad eran fundamentales, sucedió un fenómeno que solo se explica por el efecto que tiene el terror en el alma de las sociedades, efecto que multiplica odios, desconfianzas, violencias y todo lo que arruina la convivencia.

Muy a pesar del terror implantado, las masas han aprendido a identificar las causas de sus apremios. En Cuba hasta los niños y los adolescentes saben que algo anda mal, que no funciona, que algo los hace desiguales a los niños y adolescentes del resto del mundo.

Para destruir hasta la última simiente del pensamiento castrista y la influencia de la personalidad del dictador en la sociedad se necesitará tiempo y mucha paciencia porque la educación, los buenos modales, la decencia y las virtudes no se alcanzan mediante preceptos legales. La larga pesadilla del castrismo cubrirá a Cuba durante algún tiempo.

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Vicente P. Escobal

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