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Lunes, 20 de noviembre 2017

A 29 años de un discurso poco conocido

Pocos recuerdan aquella intervención de Fidel Castro ante la Asociación Hermanos Saíz

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Reunión del Primer Consejo Nacional de la Asociación Hermanos Saíz (Cortesía)

NAPLES, Estados Unidos.- Acabo de leer detenidamente un discurso del Dr. Fidel Castro, previa preparación psicológica para poder adentrarme en aquel mundo dejado atrás hace ya algunos años, y sobre todo para tratar de evitar que acudiera a mi mente la imagen de aquel que destruyó a mi patria y fuera el causante de la muerte de miles de cubanos, muchos de ellos jóvenes, no solo en las duras travesías de los mares y las selvas americanas, sino en las guerras africanas evocadas en esta extensa alocución, a donde fueron llevados sin experiencia alguna de las andanzas bélicas y perecieron en la inmensidad de los campos de batallas.

El motivo de mi lectura —y quisiera explicarlo para que no se tenga el concepto de que pudiera ser un comunista, un infiltrado, y en última instancia, un desequilibrado mental— ha sido para poder tratar no un discurso cualquiera, sino un documento prácticamente desconocido, el cual permaneció muy bien custodiado desde el 12 de marzo de 1988, día en que fue pronunciado, hasta el 7 de noviembre de 2016, a solo unos días de su muerte, en que se dice, que el  ya muy senil exmandatario autorizó a que se publicara.

Este extenso panfleto de 9 737 palabras que tengo ante mí —a pesar de que en su introducción precisó que las condiciones no eran propicias para una intervención prolongada, además de insistir en la idea de ser prácticos, y de tratarse solo de algunas impresiones y conclusiones personales sobre la reunión— es el resultado de las versiones taquigráficas del consejo de estado durante su intervención en el primer Consejo Nacional de la Asociación Hermanos Saíz (AHS), celebrado en el Palacio de las Convenciones de La Habana.

Ya por aquellos años hacía ciertas digresiones que le apartaban por completo del eje o motivo de su tema. En esta ocasión, en medio de una plenaria de jóvenes intelectuales y creadores, ajenos por completo a las acciones militares expansionistas del régimen de la isla, evocó la famosa acción de Cuito Cuanavale durante la guerra africana al expresar: “Nuestros aviones están a pupilo todo el día allí en Cuito Cuanavale sobre el enemigo, sobre las tropas sudafricanas blancas, (…) comprometieron su honor, su prestigio en tomar aquello y no han podido tomarlo; porque en un momento dado mandamos unidades de tanques, de infantería blindada allí. Nos metimos en aquella ratonera, que se ha vuelto la ratonera del enemigo, y ahora tienen que tomarla”.

De ahí, y sin conexión alguna con el tema anterior, hizo referencia a la visita de dos secretarios soviéticos a los que llevó a recorrer ciertos puntos clave del entorno científico e industrial capitalino de los ochenta, los que dialogaron con el “pueblo trabajador”, idea que concluye exaltando el ambiente político cubano: “Cuando salíamos, uno de ellos dijo: “Bueno, es que aquí hay un clima político excepcional.”  Y yo saqué la conclusión: sí, es verdad; hay un clima, derivado de esa actitud de nuestra gente, que es excepcional.  Estoy seguro, sin exageración, de que no se ve hoy en ningún otro país del mundo; lo puedo decir sin chovinismo, sin exageración”.

Resulta significativo que ambas desviaciones del tema, cuyo contenido aún no había comenzado a tratar, conduzcan a sus oyentes —jóvenes intelectuales, a los que él prefiere llamar creadores— a su reiterado concepto de la grandeza de los cubanos, ya sea a través de las proezas en el terreno militar, o mediante las aparentes satisfacciones de los trabajadores del sector científico constatado por los líderes de la antigua URSS.

Casi treinta años antes de su muerte, cuando se dirigió a los miembros de la AHS, estaba en la plenitud de sus capacidades mentales, por lo que ambas digresiones tenían una finalidad premeditada alevosamente: Propiciar cierto ambiente favorable mediante la exaltación de ciertas virtudes en el seno de una importante tenida de los jóvenes, que se supone, sean continuadores como intelectuales y se hicieran copartícipes de la defensa de la revolución cubana desde el ámbito artístico como creadores, siendo más directos, los trató de envolver con su siniestro entusiasmo.

¿Se trata pues de una nueva versión de aquellas históricas reuniones que tuvo el cruel dictador en la Biblioteca Nacional en los primeros años de la naciente revolución cubana con la intelectualidad de la isla? Castro solo mencionó con sutileza al inicio de su intervención las “palabras a los intelectuales” del año 1961, insistiendo en la marcada diferencia de casi treinta años. Aunque retoma el tema casi al final del kilométrico e incoherente discurso para destacar lo que cree que diferenció a la revolución cubana del resto de los países socialistas: “vamos a emplear con absoluta libertad cualquier forma de expresión”, con lo que evadió las variaciones dentro de los contenidos de la creación artística y literaria, los que han de estar enmarcados “dentro de la revolución”.

¿Estamos pues en presencia de una autocensura del viejo comandante? ¿Por qué permaneció este documento de manera inédita esperando una autorización pre-mortem —suponiendo que en realidad lo autorizara realmente Fidel Castro— para ser publicado? Tal vez ciertos puntos de su discurso van más allá de aquellos cánones a los que acostumbró a “su pueblo”; aunque solo va dirigido a cierto sector intelectual.

Castro llegó a admitir que la revolución iba a un estancamiento y descenso en ciertos aspectos de su economía (finales de los ochenta, en la aurora del desmoronamiento del campo socialista); aunque como siempre lo justificó al referirse a un posible error estratégico identificado a tiempo y superado. De igual modo reaccionó a los reclamos de los jóvenes respecto a la necesidad de autofinanciarse cuando expresó: “En la Revolución no hubo errores estratégicos; hubo algunos períodos en que nos invadió el mecanicismo, el tecnicismo, el tecnocraticismo, el teoricismo y el mercachiflismo. (…) Yo reaccioné un poquito a la idea del autofinanciamiento; no, es que yo pienso que tenemos que hacer un enorme esfuerzo en todo lo relativo a controles, costos, productividad. Pero no se logra eso con esos mecanismos. Los trabajos que estamos haciendo ahora sí están generando una productividad increíble”.

Pero al parecer otros puntos resultaron mucho más controversiales como para haber quedado durante años en el silencio. En primer lugar se refirió a la cifra aproximada de hombres que tenía en ese momento en territorio angolano, según él, más de 45 000, criticó la legislación laboral, a la que catalogó de paternalista y promotora de la indisciplina, pero sobre todo la atacó de perfil estrecho e infladora de plantillas, se mostró enérgico contra el dogmatismo de los países del campo socialista que estuvieron insistiendo en el realismo dentro del arte por más de veinticinco años, y por si fuera poco, fue categórico al admitir que: “nosotros estábamos destruyendo eso (refiriéndose a valores morales y gestos altruistas de los cubanos), estábamos empezando a destruirlo con el montón de tendencias negativas que iban entrañando también fenómenos de corrupción, de reblandecimiento, que era toda la filosofía de vivir bien y ganar mucho, en que se iban distanciando cada vez más del pueblo”.

Y así las cosas, entre exaltaciones a la valentía de unos, a la firmeza y al espíritu crítico de otros, a las bondades de la revolución, a su posición eterna junto al pueblo, y sin decir absolutamente nada respecto a la libre creación de los jóvenes asociados, concluyó con su acostumbrado “¡Patria o Muerte!”, no sin antes dejar en evidencia, una vez más, su megalomanía cuando dijo:  “Nosotros estamos llegando a un nivel más alto que creo que ninguna otra sociedad haya llegado, estamos llegando a un nivel, en un proceso revolucionario, en que los valores están jugando —los valores éticos, los valores morales— un papel tan alto como a un nivel al que no ha llegado ninguna sociedad”.

A solo tres años vino abajo la URSS, y acto seguido todo el campo socialista, el resto de la historia ya todos la conocen. Al parecer, “ese papel tan alto al que no ha llegado ninguna sociedad” solo pudo ser vislumbrado en las fantasías quijotescas del tirano que ya “se fue”, como escribiera un grafitero en un muro de La Habana luego de pocas horas de anunciado el deceso del exgobernante.

A 29 años, esa sociedad está entre la evasión, la apatía, la inercia, la indiferencia, el desasosiego y la incertidumbre, el régimen aferrado a una supervivencia que no encuentra su sostén, y la nación que admiraron los camaradas del PCUS totalmente destruida.

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Acerca del Autor

Alberto Roteta Dorado
Alberto Roteta Dorado

Dr. Alberto Roteta Dorado. Cienfuegos, Cuba. Graduado de doctor en medicina, especialista en Medicina General Integral y Pediatría por el Instituto Superior de Ciencias Médicas de Villa Clara y de Máster en Ciencias, especialista de segundo grado en Endocrinología y de segundo grado en Medicina General Integral por la Universidad Médica de Cienfuegos. Ejerció su profesión de médico por más de veinticinco años en Cuba. Profesor auxiliar de Pediatría y Endocrinología, se dedicó al magisterio por más de veinte años. Ha realizado estudios de filosofía, teología, antropología y teosofía. Presidió en Cuba la Fundación Cultural “Oasis Teosófico-Martiano”. Actualmente presidente de honor de dicha institución. Dictó conferencias sobre temas martianos y filosóficos en diferentes instituciones cubanas como: Fundación Cultural “Oasis Teosófico-Martiano” y “Memorial Presidente Salvador Allende”. Tiene inéditos dos libros de ensayos sobre el sentido de la religiosidad y el pensamiento filosófico de José Martí. Colaborador de medios de prensa como Cubanet, Noticias de Cuba. Ha visitado varios países de América: Perú, Ecuador, Colombia, Costa Rica y Panamá. Radicado en Estados Unidos de Norteamérica.

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