Una comarca en otra historia

Es una voz medida, armoniosa, alegre y con presunciones de epidemia porque el público, cuando la escucha, se cree que también puede cantar, que entonar es fácil y que todos tienen derecho a ser artistas y a emocionar a miles de personas en el mundo con sólo decir -con un piano y un bongó en el fondo- una frase como «Tongo le dio a Borondongo, Borondongo le dio a Bernabé, Bernabé le pegó Buchilanga, le echó burundanga y le jincha los pies».

Esa ilusión de vivir en la gloria, esa confusión fascinante y los desengaños masivos aceptados después como una bendición con la nota final de la pieza, eran asuntos privados, privilegios de la brujería del talento de Celia Cruz (La Habana, 1925-Nueva Jersey, 2003).

Es fundadora todavía de otras ensoñaciones. Unos delirios más locales y cerrados que experimentan los cubanos que se ven obligados a escucharla casi en la clandestinidad en su país, donde está prohibida por la cultura oficial, y quienes pueden oír sus canciones en libertad en los exilios y las lejanías. Para todos, aquella negra bonita de la barriada habanera de Santos Suárez, aspirante a maestra, es una parte de Cuba que se siente en toda la extensión de la palabra pura.

Para quienes recuerdan sus actuaciones en vivo, Celia Cruz es el emblema de una época, de una manera de asumir el espectáculo. Ella es la expresión legítima de una forma de la belleza que se ha extinguido, pero que dejó la marca de las producciones del cabaré Tropicana original y el vestuario, las coreografías y el lujo rimbombante de Las mulatas de fuego. Una vez, alguien escribió que Celia, en un escenario, era entre otras cosas un escándalo biológico. Con sus tacones que aspiraban a espadas, los colores y los brillos de sus trajes y las pelucas altas, en busca del cielo, perfectas y descendentes como las cobijas de las casas de los guajiros de su isla que se hacen a mano con las hojas del guano y de las palmas.

Ella es todo eso y mucho más con su aureola de estrella universal de la música, sus recitales y todos los premios que siguieron a la noche en la que grabó con la mítica orquesta La Sonora Matancera, a finales de 1950, las piezas Mata Siguaraya y Cao, Cao maní picao.

Hace unos días, mediante una votación popular, Cruz entró en el Museo Nacional de Historia Americana de Washington DC. La Reina de la Salsa, dice una nota de la institución, alcanzó una clara mayoría y representa tanto la faceta de la inmigración como la de la música.

Salió de Cuba en 1960 y no regresó nunca porque, dos años después, murió su madre, y el Gobierno revolucionario no le permitió asistir al sepelio. Ya no pudo regresar. Como allá, los que no saben nada de las ilusiones, creen que es verdad que la pueden desaparecer, su nombre es un borrón, una ofensa al Partido Comunista. Se pronuncia en voz baja en las casas de amigos.

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