Pecadores de aldea

El Mundo, Madrid

Si es verdad que son creyentes sinceros, los líderes del llamado socialismo del siglo XXI que se lanzaron a celebrar con alegría en su mensaje público la elección del argentino Jorge Mario Bergoglio como nuevo jefe de la Iglesia Católica tendrán que ir el domingo a los confesionarios para arrepentirse de violar el octavo mandamiento de la ley de Dios que advierte: no dirás falso testimonio ni mentiras.

Deberán pagar con padrenuestros y avemarías ese pecado, por mucho que expliquen a los sacerdotes que sus funciones como jefes de estado los obligan a ser hipócritas y a fingir todos los días para permanecer en el poder.

Entre los más entusiastas y conmovidos apareció el presidente de Ecuador, Rafael Correa, el auto designado sustituto de Hugo Chávez al mando del grupo regional. El hombre de Quito dejó en su Twitter este recado envuelto en signos de admiración: «¡Tenemos Papa latinoamericano! ¡Vivimos momentos históricos sin precedentes! ¡Que viva Francisco I!».

En Venezuela, Nicolás Maduro, el otro suplente de Chávez, afirmó que su Comandante, ahora amigo personal y hombre de confianza de Jesucristo allá en las alturas, fue una influencia decisiva para que se nombrara Papa al arzobispo de Buenos Aires.

El tono de la nota de la presidenta Cristina Fernández es más distante. La felicidad por la llegada de su compatriota al más alto cargo de la iglesia se resiente por el recuerdo del día que su esposo, el fallecido Néstor Kirchner, dijo que el religioso era el verdadero representante de la oposición en Argentina.

Las relaciones de Bergoglio con la señora Fernández son también difíciles, entre otras cosas, porque el Papa contrapone la reconciliación nacional a las broncas políticas que genera la línea radical del Gobierno. Hace pocos días, criticó la corrupción en el país y la situación económica y el oficialismo lo acusa de no haber sido solidario con las víctimas de la dictadura militar argentina.

Para los dirigentes del socialismo del siglo XXI, Franciscoes un reaccionario. Pero han decidido asumirlo con euforia aldeana porque no pueden desafiar el poder de la iglesia en América Latina, con el 42% de los católicos del mundo. Y, en definitiva, porque Chávez se movió para nombrarlo.

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