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Sábado, 16 de diciembre 2017

Jacobo Machover: un judío errante, un cubano expulsado

¿Quién era aquel periodista judío-cubano-francés, exiliado, re-exiliado y mil veces repudiado?

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Jacobo Machover (El Mundo)

ESPAÑA.- Un libro circulará esta primavera por debajo de casi todos los radares: se llama El exilio, lejos del paraíso, viene con el sello de una editorial pequeña (Atmosfera Literaria) y sólo puede llamar la atención gracias al nombre de su autor. Jacobo Machover debe de sonar a unos cuantos lectores como el autor de La cara oculta del Che, aquel ensayo que atacaba la inocencia moral del guerrillero Ernesto Guevara. No sólo eso: entre la información abrumadora de aquel libro había, además de política e Historia, una voz atormentada y lírica. El exilio, lejos del paraíso, el libro de memorias de Machover, es, en ese sentido, una explicación de aquella tensión literaria que acompañaba a la biografía del Che.

¿Quién era aquel periodista judío-cubano-francés, exiliado, re-exiliado y mil veces repudiado?

El mismo Machover explica la historia de su familia en un correo electrónico en el que, como ocurre en sus memorias, la clave está en el padre: “Una de las figuras esenciales de este libro es, más que el narrador-protagonista mismo, el padre ausente. Él murió relativamente joven, exiliado en Francia (por enésima vez), cuando yo había cumplido los 14 años. Lo que significa que no tuve la oportunidad de tener un diálogo profundo con él. En Francia, después de abandonar su Polonia natal, por el antisemitismo, conoció a mi madre antes de que estallara la Segunda Guerra Mundial. Estuvo luego preso en Alemania como soldado vencido del Ejército francés. Al ser liberado meses más tarde, decidió irse a cualquier parte. Quiso que mi madre se fuera con él pero ella se negó porque no podía abandonar a su familia, de la que una buena parte, sobre todo su hermano menor y su padre, fue deportada y exterminada en los campos de concentración nazis de Polonia. Mi padre, pues, llegó (casi de casualidad) a Cuba, donde ya tenía un hermano refugiado. Mi madre lo alcanzó después de la guerra y allí nacimos, mi hermano y yo. Tiempo después estalló otro cataclismo: la Revolución. Aunque ambos tuvieran ideas de izquierda, de simpatía hacia el comunismo, mi madre intuyó que había que irse, por la escasez material y por el clima de vigilancia, por no decir de terror, que se propagaba a pasos agigantados en la isla. Salimos todos para Francia, pasando antes por Alemania del Este y por la República Federal Alemana. Mi padre quiso regresar a Cuba y nos dejó durante largos años (otro abandono), hasta que decidió juntarse otra vez con nosotros, ya definitivamente, en el exilio. ¿Por qué? Probablemente por la represión sufrida por los viejos comunistas, sus amigos, a manos del poder castrista, hacia 1968. Esas cosas extrañas de los poderes comunistas, en los que los apoyos de ayer se vuelven los enemigos de hoy y, tal vez, los aliados de mañana”.

Y continúa: “Mi padre dejó escritas unas memorias en las que contaba su vida e intentaba justificar sus ‘faltas’ frente a los personeros del Gobierno, a los que conocía bastante bien, por haber trabajado de traductor en el ministerio de Industrias, cuando el Che Guevara estaba a cargo del organismo. Parte de mi libro es un diálogo de ultratumba con esa figura tutelar. ¿Por qué nos abandonó por un tiempo que me pareció una eternidad? ¿Fue la ideología más fuerte que la familia? Pero más que nada es un desagravio frente a todo lo que tuvo que aguantar, y nosotros también: el repudio hacia él por parte de un proceso revolucionario que debía, según sus ideales proclamados, conducir a la libertad y en realidad lo empujó, otra vez, al exilio y a la muerte, que sobrevino poco después. Eso no se perdona”.

Otro aliciente del libro es el juego de espejos entre los judíos errantes y los cubanos expulsados. “Hay una comunidad de destinos entre los cubanos y los judíos: entre los siglos XX y XXI, hay pocos pueblos que hayan tenido que soportar una diáspora tan larga como el cubano (los españoles también saben lo que es el exilio). Espontáneamente hay una identificación de los fugitivos de la isla con el pueblo hebreo. De los desterrados, no de los afines al régimen castrista, que apoya desde hace décadas a los enemigos más encarnizados de Israel, como la Siria de Hafez El Asad (el padre del actual tirano) o el Hezbulá y otros movimientos terroristas. A los cubanos, a falta de libertad, les queda la memoria, la de la represión ocultada por proclamas libertarias que los simpatizantes del difunto Fidel Castro repiten como cotorras. Con esas consignas deslegitiman a las víctimas para tomar el partido de los carceleros y verdugos. No saben lo que hacen”.

“Fue mi memoria judía la que me impulsó a darles la palabra a los que no la tuvieron nunca en la isla: los intelectuales censurados, los ex – presos políticos, los balseros, los descendientes de los fusilados. Sus testimonios forman la segunda parte del libro, en la que el narrador convoca otras voces, como una continuación de los que han desaparecido mucho antes, a los que él sólo conoció por los relatos de su madre y de otros familiares. Los dos aspectos, el judío y el cubano, son a mi juicio complementarios. Son parte de una misma humanidad aplastada por la Historia, revolucionaria o no”.

En la segunda parte del libro, la familia Machover va desapareciendo y toman peso los cubanos del exilio. Algunos son reconocibles: Severo Sarduy, Reynaldo Arenas, Guilermo Cabrera Infante… Entre todos dejan la sensación de hartazgo, un “qué duro es ser cubano en el exilio y no volverse ácido, qué prueba tan moralmente imposible nos han puesto”.

“Mis primeros contactos con la disidencia exiliada se hicieron a través de las obras de Guillermo Cabrera Infante, Severo Sarduy, Heberto Padilla o Reinaldo Arenas. Todos ellos, por distintos medios, novelescos o poéticos o los dos a la vez, resucitaban una Cuba distinta a la actual pero, a fin de cuentas, más viva, más sensual, más culta, menos impregnada de ideología y de violencia, que la de los años posteriores a la revolución. Después entré en contacto con todos ellos y tuve el privilegio de adentrarme en su intimidad, no sólo a través de nuestros sentimientos comunes respecto al castrismo sino también por el amor prestado a las palabras, única manera de seguir viviendo, no sobreviviendo, recreando otra Cuba, libre, en todas partes del mundo. Con mucho humor, a menudo sarcástico, ácido incluso, siempre sugestivo, con invenciones tan cubanas en su lenguaje, que han abierto hasta el infinito los horizontes del idioma español… La distancia en libertad, en estos casos, ha podido ser creativa. Los he retratado con simples pinceladas: Cabrera Infante, el terrible maestro; Severo, que sonríe; el valiente guajiro Reinaldo, porque no quise redactar un ensayo. Ya lo había hecho, analizando profundamente su obra, no exenta de contradicciones.

La relación con Cabrera Infante acabó mal. “He admirado la obra de Guillermo, sus novelas, Tres tristes tigres y La Habana para un infante difunto, así como sus textos anticastristas, lúcidos y feroces. Me unió a él una amistad crítica. Hasta el día, a finales de los años 1990, en que descubrí un texto periodístico escrito unos días después de la toma del poder por Castro, publicado el 16 de enero de 1959 en el diario Revolución, dirigido por otro futuro exiliado, Carlos Franqui, en el que, con ya casi treinta años (no era tan joven), justificaba los fusilamientos practicados por los hermanos Castro y el Che Guevara, escribiendo salvajadas como ésta: ‘Los fusilados son criminales connotados, sus crímenes han sido cantados por ellos mismos; un pueblo de siempre sentimental no ha movido un dedo para impedir que sigan los ajusticiamientos; hasta los familiares de los ajusticiados saben que se obra con espíritu de honradez’. Me he encontrado con varios familiares de esos ‘ajusticiados’. Créame que ninguno de ellos tiene los pensamientos que le atribuía GCI. Textos como ése, hay varios. Incluso en un libro póstumo, Cuerpos divinos, habla de una visita que realizó como periodista a una cárcel donde los condenados a muerte esperaban su fin. A las peticiones de clemencia que le dirigían a él, las calificaba como un espectáculo ‘obsceno’. Todo el mundo tiene derecho al error. Pero un escritor de esa valía, con tantos y tantos adeptos, tenía que haberse explicado a posteriori sobre esas sentencias tan graves. Nunca lo hizo. Lástima”.

Última pregunta: ¿qué tal te ha sentado escribir durante todos estos años y este libro en concreto? En sus páginas, el personaje que hace memoria es un muchacho claramente en el filo del abismo que confía en el texto como una salvación. ¿Fue real? “Mi escritura, por desgracia, no es nada divertida. Puede ser lírica, a veces erótica, pero es muy cerebral. Los temas que he tratado, tanto en los ensayos literarios como en los escritos políticos sobre los hermanos Castro y El Che son como una necesidad de dejar un testimonio: más que el mío, el de sus opositores, esas víctimas -sin embargo, tan valientes- a las que he tenido el honor de conocer. Intentar darles la palabra era una obligación para mí, exenta del placer de la escritura. En estas memorias noveladas he emprendido un viaje iniciático, que empieza desde antes de haber nacido, con la terrible herencia que me han legado mi padre, mi madre y los familiares a los que no conocí. Recorrí el territorio de la infancia en Cuba, el de la adolescencia, tan libre y desenfada en París, más que nada en la sexualidad y en el modo de vivir, con incursiones en la España del destape y en muchos otros lugares, allí donde las muchachas y la literatura me abrían sus cuerpos y sus secretos más hondos. Intenté contar eso con la mayor vitalidad posible. Algo, sin embargo, me retrotraía hacia mis pesadillas fantasmales, de mazmorras y de desaparecidos en cenizas, quién sabe dónde. Entonces, no: la escritura no puede ser para mí una salvación.

(Publicado originalmente en El Mundo)

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