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Domingo, 22 de octubre 2017

Inocencia moral de la desigualdad económica

Medir moralmente mejorías en la sociedad no implica vilipendiar al rico, sino incrementar el bienestar del pobre

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PARIS, Francia.- Los igualitaristas argumentan que la desigualdad económica es intrínsicamente injusta. Su énfasis en los resultados desiguales resulta en políticas equivocadas que desplazan la atención del problema real de la pobreza al ficticio de la desigualdad de ingresos. Esta es la opinión central del filósofo Harry G Frankfurt en su conciso libro “Sobre la desigualdad”, que fundamenta este artículo.

Por ejemplo, en un discurso de diciembre 2013 el entonces Presidente Obama habló extensamente sobre desigualdad de ingresos, calificándola como “el desafío definitorio de nuestros tiempos”. Esa evaluación equivocada generó políticas erróneas durante su administración. A pesar de los enormes gastos sociales, el índice de pobreza en EEUU en 2015 fue 1% mayor que 8 años antes (según el Buró del Censo). El desafío definitorio de nuestros tiempos no es que nuestros ingresos sean ampliamente desiguales. El problema es la pobreza generalizada. La solución no es hacernos a todos igualmente pobres.

La desigualdad económica puede parecer injusta, pero lo moralmente indeseado no es la desigualdad, sino la pobreza. Veamos: en el ranking 2017 de Forbes sobre Billonarios del Mundo, Bill Gates encabezó la lista con una riqueza neta de $86 billones. Su fortuna es 86 veces mayor que la de los últimos de la lista con un simple billón. ¿Nos ofende moralmente esta desigualdad entre billonarios del tope y de abajo?

¿O nos escandaliza moralmente la enorme desigualdad de ingresos entre alguien que haga $100 millones anuales y alguien que solamente gane un millón? Estar económicamente peor que otros no significa estar económicamente mal.

Si no nos angustian esas desigualdades, y no conozco a nadie que le angustien, debería quedar claro que no es la desigualdad como tal lo que consideramos moralmente alarmante. Como dice el profesor Frankfurt, “lo que nos mueve directamente… no es una relativa discrepancia cuantitativa, sino una absoluta deficiencia cualitativa. No es el hecho de que los recursos económicos de aquellos que están peor sean menos que los nuestros. Es el hecho muy diferente de que sus recursos son demasiado pocos”.

Que la desigualdad sea moralmente objetable se deriva del hecho de que la desigualdad de ingresos tiende a generar desigualdades inaceptables de otros tipos, como en la influencia política. Los aspectos negativos que emanan derivativamente de la desigualdad de ingresos hay que abordarlos. Pero enfocarse en comparar nuestro status económico con el de otros es un análisis superficial que nos aparta de lo que debería ser el verdadero propósito político: la eliminación de la pobreza.

Nuestros políticos no deberían guiarse por estrategias enajenantes enfocadas en la cantidad de dinero que las personas tengan. Lo moralmente importante no es comparar la riqueza de las personas. Lo importante para las personas es vivir vidas gratificantes.

Los igualitaristas, y otros, defienden irreflexivamente que la igualdad de ingresos tiene una presunta ventaja moral sobre otras políticas. No es así, y hay un peligroso conflicto entre políticas que pretenden igualdad de ingresos y nuestras libertades individuales.

La desigualdad es un fenómeno natural que surge de nuestra diversidad de talentos, preferencias y decisiones. Cuando nuestras actividades crean valores y nuestra riqueza crece, estamos mejor, pero también lo está la sociedad. Los igualitaristas presuponen equivocadamente que el pastel económico no crece; entonces una porción mayor para alguien se lograría a expensas de otros.

La evidencia sugiere que en economías de mercado la desigualdad creciente y un crecimiento económico sólido trabajan en conjunto ampliando el pastel económico. Los estudios en las naciones desarrolladas demuestran que la desigualdad creciente se acompaña de una clase media más rica y de pobres menos pobres. Creciente desigualdad se relaciona con mayores niveles de vida tanto para aquellos por debajo de altos niveles de ingresos como para los de los niveles superiores.

Medir moralmente mejorías en la sociedad no implica vilipendiar al rico, sino incrementar el bienestar del pobre. La desigualdad natural no reduce los niveles de vida del pobre. Como valor moral, la política económica debe enfocarse en libertades y oportunidades, no en desigualdad económica. La desigualdad surge cuando un individuo o grupo progresa. Entonces, la desigualdad es una medida del éxito. El progreso siempre es desigual. Intrínsicamente, la desigualdad de ingresos es moralmente inocente.

Acerca del Autor

José Azel
José Azel

(Cuba, 1948): Llegó al exilio en Estados Unidos en 1961, con 13 años de edad. Fue profesor adjunto de Negocios Internacionales de la Escuela de Administración de Empresas de la Universidad de Miami. En la actualidad es catedrático del Instituto de Estudios Cubanos y Cubanoamericanos (ICCAS) de la Universidad de Miami. Posee una maestría en Administración de Empresas y un doctorado en Relaciones Internacionales de la Universidad de Miami. Se especializa en análisis a profundidad de temas económicos, sociales y políticos cubanos, con especial énfasis en las estrategias a seguir en la Cuba post Castro. Es autor del libro Mañana en Cuba: El legado del castrismo y los retos para la transición. Pertenece a la Junta Directiva de CubaNet Noticias.

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