14Ymedio: El espía que nunca quiso serlo

14Ymedio: El espía que nunca quiso serlo

La insólita historia del periodista de ‘Granma’ condenado a 14 años de cárcel

Jose Antonio Torres CoverA las afueras del edificio, una zanja lleva las aguas albañales calle abajo. Varios niños saltan de un lado a otro del apestoso canal mientras la tarde cae en Micro 7, un barrio del santiaguero distrito José Martí. Hace apenas unos años los vecinos señalaban hacia el número nueve de aquel tosco bloque y decían: “Allí vive el corresponsal del periódico Granma“. Hoy, la familia carga con el estigma de que el periodista está en la cárcel, donde purga una condena por espionaje.

Los escalones son toscos y desiguales. Arriba una reja improvisada cubre la puerta de la casa. Toqué por largos minutos, pero nadie abrió. Mayda Mercedes, la esposa de José Antonio Torres, Tony, solo me recibió al otro día, con cierto temblor en la voz y mirando hacia todos lados. Allí logré acceder por primera vez a la sentencia judicial que hizo que el destino de este hombre se torciera, al decir de un bolero, “como débil varilla de estaño”.

El reportero oficial nunca imaginó que su cumpleaños 45 los pasaría tras las rejas. Después de graduarse como periodista en 1990, su carrera solo había conocido el éxito. Se desempeñó como subdirector de Tele Turquino, corresponsal de la Agencia de Información Nacional, del Noticiero Nacional y posteriormente del diario Granma. Fue comentarista deportivo, secretario general del núcleo del Partido Comunista de los corresponsales en Santiago de Cuba e, incluso, su trabajo fue alabado públicamente por Raúl Castro. Todo apuntaba a que escalaría alturas profesionales más cercanas al poder y mejor remuneradas.

Sin embargo, todo terminó cuando el 8 de febrero de 2011 lo detuvieron y, después de tres meses en Villa Marista, traslados a otras prisiones y agotadores interrogatorios, un tribunal lo condenó a 14 años de privación de libertad por el delito de espionaje. En el expediente de la causa número 2 de 2011, se dice que el acusado había escrito una carta dirigida a Michael Parmly, quien fuera jefe de la Oficina de Intereses de Estados Unidos en La Habana (SINA). El documento refiere, además, que el acusado quería “conseguir una entrevista personal con este para proporcionarle (…) información sensible (…) que podía poner en peligro la seguridad nacional”.

El reportero de ‘Granma’ nunca imaginó que su cumpleaños 45 los pasaría tras las rejas. Su carrera solo había conocido el éxito

Tony asegura que la idea de escribir aquella misiva fue hija del despecho. Su esposa había sido víctima de una injusticia laboral y, según cuenta el periodista, decidió cobrar revancha contra las autoridades. Un desquite que consistió en fingir que poseía datos de carácter secreto que lograrían desestabilizar al Gobierno cubano. Su abogada defensora aseguraría más tarde la “inexistencia de peligro real para la seguridad del Estado”, y Torres confesaría que construyó “todo pieza a pieza”.

Un andamiaje de mentiras que terminó cayendo sobre él, porque el delito de espionaje incluye en el código penal cubano la “consumación anticipada”. La mera proposición a un Estado extranjero de una información sensible ya acarrea una condena.

Desde finales de 2005 y hasta enero de 2007, escribió en la computadora de una vecina un largo texto en el que aseguraba tener datos sensibles sobre “el caso Elián González (…), materiales clasificados de carácter militar (…), informaciones sobre la corrupción gubernamental (…), escándalos en las filas del Partido Comunista (…), documentos originales de los cinco espías (…), estafa del grupo de inversiones de la Batalla de Ideas (…), impagos en la contratación económica con China” y mucho más. Una explosiva lista de temas, a la que anexó su propio currículo como periodista para dar más credibilidad al asunto.

Con una meticulosidad inusual por estos lares, ideó también un enrevesado código de contraseñas y claves que incluía “la mitad de un billete de un peso moneda nacional”, que Michael Parmly sólo podría completar cuando se encontrara cara a cara con él. Una postal de la Casa de la Música de Miramar, también partida en dos, reafirmaría la identidad de cada parte. En el cartel lumínico donde la SINA publicaba por ese entonces titulares y noticias, debía mostrarse en los días posteriores a la recepción del documento, el código “Michael 2003” si el funcionario aceptaba la propuesta total de Torres, y “Michael 6062” en caso de que solo existiera interés en una parte.

Aseguraba tener datos sensibles sobre “el caso Elián González (…), materiales clasificados de carácter militar (…), informaciones sobre la corrupción gubernamental”

Al leer hoy tan metódico sistema de aviso y comprobación, es difícil no sonreír ante este aprendiz de James Bond, que terminó siendo víctima de su propia astucia. Pero Tony parecía no calcular la gravedad y el peligro de sus acciones. Así que a inicios de 2007 le pidió a su hermano que viajara a La Habana y echara un sobre en el buzón de la Oficina de Intereses que contenía dos disquetes con copias de la carta, acompañados del trozo de billete y la porción de la postal. El conteo regresivo que terminaría en su desgracia había echado a andar, pero no lo sabría hasta cuatro años después.

En su celda de la prisión de Boniato, una de las cárceles cubanas de peor reputación, Torres ha alimentado por años la ilusión de que lo visite algún periodista para tener a quien contarle su historia. Ha pasado del rechazo al desespero por que alguien arroje luz sobre su situación. A mediados del año pasado colocó mi nombre en la lista de quienes podía asistir a sus visitas en el penal para narrarme personalmente su versión de una historia que por momentos parece sacada del libro El Agente secreto de Joseph Conrad y, por otras, de la novela La Broma de Milán Kundera.

El encuentro no se ha dado hasta ahora. La policía política monitoreó las llamadas e hizo que “casualmente” se perdiera el listado donde se recogía mi nombre para visitarlo ese fin de semana. Así que, después de un largo viaje, me vi en la ciudad de Santiago sin más posibilidades que la de reconstruir “el caso Torres” a través de los documentos jurídicos, los testimonios de quienes lo conocieron y las cartas que regularmente me envió desde la cárcel. Un rompecabezas de piezas, que en algunos momentos me resultarían más literarias que creíbles.

La policía política monitoreó las llamadas e hizo que “casualmente” se perdiera el listado donde se recogía mi nombre para visitarlo

Tony es puntilloso cuando cuenta su historia a través de la línea telefónica, el oficio de reportero se le nota en cada detalle. Tiene una letra apretada con la que llena cuartillas y cuartillas que después despacha a todas partes. En poco tiempo me convertí en una destinataria de sus desesperados escritos. Las llamadas telefónicas cruzaban la geografía insular para resonar en mi piso catorce. “A veces tengo que comprar con cigarros el acceso al teléfono “, me cuenta.

El antiguo vocero oficial se aferra ahora al periodismo independiente y a la oposición como el naufrago a un precario salvavidas. Ha dejado atrás las opiniones vertidas en un alegato que nunca pudo leer ante el tribunal que lo juzgó y en el que aseguraba que había pedido dinero por la información que iba a suministrarle a Estados Unidos para hacer creíble su condición de agente al servicio de un Gobierno extranjero ya que “no hay contrarrevolucionario que se respete que no busque o utilice la ruta o el conducto de los dólares”.

Los rigores de la cárcel lo llevarían más adelante a buscar el apoyo de la Unión Patriótica de Cuba y de su líder, José Daniel Ferrer. La decepción por el sistema del que formó parte se ha hecho sentir también en su escritura, cuando a mediados del año pasado, en una de sus cartas, describió al pueblo cubano como “herido por el desengaño, con la paciencia agotada, harto de necesidades, mal comido, con un fardo de demandas postergadas, hacinado en el limbo eterno de las promesas incumplidas”.

Su desespero lo llevó a escribir una carta a Barack Obama y otra al papa Francisco, pidiéndoles ayuda

La semana pasada, su desespero lo llevó a escribir una carta a Barack Obama y otra al papa Francisco, pidiéndoles ayuda. Las misivas han comenzado ya el recorrido para llegar a sus destinatarios, pero esta vez no llevan claves ni billetes cortados a la mitad. El prisionero espera, al menos, ver su nombre en las listas de presos políticos y de conciencia que varios grupos de la disidencia cubana elaboran. Sin embargo, su caso “es difícil de defender”, aseguran algunos activistas de derechos humanos, mientras otros le reprochan su largo pasado oficialista.

En la mañana que comenzaron las excarcelaciones de activistas derivadas de las conversaciones secretas entre Washington y La Habana, mi teléfono sonó temprano. “¿Qué sabes de las liberaciones?”, indagó una voz engolada de locutor televisivo. Respiré profundo y lo provoqué: “Van a liberar a un espía que le sirvió a Estados Unidos por años, así que si no eres tú… será Rolando Sarraff Trujillo“. Su risa mordaz apenas me dejó terminar la frase.

Irónicamente, cuando José Antonio Torres clama por que se le considere inocente y no se le tilde de agente de la inteligencia norteamericana, está también alejando la posibilidad de que lo incluyan en algún canje de espías. Su principal argumento para defenderse y con el que exige justicia, podría ser también el mayor escollo para lograr una liberación a corto plazo.

Mientras tocaba y aguardaba porque Mayda Mercedes me abriera la puerta, una vecina subió las escaleras cargando un cubo de agua. Andaba con cuidado y despacito como quien lleva entre las manos un recién nacido. En julio de 2010, Torres había escrito un extenso reportaje para el periódico Granma donde denunciaba irregularidades, “negligencia” y “mal trabajo” en las obras de rehabilitación del acueducto de Santiago de Cuba. La ciudad estaba llena de huecos y calles rotas, pero el suministro de agua no acababa de estabilizarse después de meses de labores.

“El amordazamiento es tan recio que nos hemos convertido a fuerza de presiones en reos inofensivos de la repetición y la componenda”

Una coletilla de Raúl Castro se publicó junto al concienzudo trabajo, en la que el general afirmaba “discrepar de algunos enfoques”, pero hacía llegar “un reconocimiento al periodista santiaguero, por su constancia en el seguimiento de la obra”. En los círculos del periodismo oficial aún se rumora que fue aquel artículo y no la mascarada de espía de Torres lo que marcó la severidad de la posterior condena en su contra.

Mientras el mundo leía el texto como si fuera una señal de la glasnost informativa en Cuba, la Seguridad del Estado ya vigilaba desde cuatro diferentes puntos la vivienda del periodista. En aquel entonces Torres estaba arrepentido de su absurda acción y creía que nunca sería descubierto. Todo indica que fue en ese momento en que el acto de revancha que ideó al redactar aquella misiva en el pasado se topó de bruces con la venganza de otros. El periodista no tendría ninguna oportunidad de salir absuelto.

Un par de años después, desde la cárcel, Torres analizaría la prensa oficial con la autocrítica del que ha sido por largo tiempo parte de un artificio. “En este país (…) la prensa no conoce ni lo que debiera. El amordazamiento es tan recio que nos hemos convertido a fuerza de presiones en reos inofensivos de la repetición y la componenda”, escribió en una carta que logró sacar del penal de Boniato, cuando sus esperanzas de liberación estaban más bajas.

El arresto ocurrió en una mañana de febrero. Su hija más pequeña lloraba mientras hacían el registro minucioso de la vivienda. Le ocuparon casetes de video, bloc de notas rellenos con su letra bien cuidada, ocho hojas con detalles sobre el acueducto de Santiago de Cuba, un cuaderno de trabajo sobre el balance del sector de la salud pública, informes meteorológicos, documentos con ideas del material entregado a los sectores militares durante el Bastión 2004, fotocopias de cartas del espía Antonio Guerrero a su hijo, dos cartas dirigidas por Torres a Raúl Castro, entre otros materiales.

La relación de sus pertenencias no pasaba de lo que cualquier periodista tendría en su archivo. Ninguno de los datos que recoge el acta judicial apunta a que poseyera “secretos de Estado”. Según se demostró, ni siquiera la carta donde ofrecía sus servicios como informante llegó al destinatario. No está claro cómo la misiva “apareció” en un latón de basura ubicado en áreas aledañas de la SINA y no en el buzón donde supuestamente la había colocado el hermano de Torres. Un testigo de la fiscalía, agente del Sistema Especializado de Protección S.A. (SEPSA), aseguró que allí encontró el sobre con los disquetes.

Según se demostró, ni siquiera la carta donde ofrecía sus servicios como informante llegó al destinatario

Torres intentó basar su defensa en la inviolabilidad de la correspondencia diplomática, pero el tribunal enfocó la acusación en lo “sensible de la información de interés para el enemigo”. Aún hoy, el periodista apela a que su acto solo fue una tentativa que nunca hubiera trascendido si el buzón de la SINA no estuviera “bajo observación de los servicios de inteligencia cubanos”. Su autodefensa no proclama inocencia, sino malos procedimientos en la obtención de pruebas. Pero el recurso de casación para reevaluar la sentencia fue declarado “sin lugar” a finales de 2012. Un cubo de agua fría cayó sobre sus esperanzas de ver aminorada la condena.

Al destacamento 4 de la cárcel de Boniato le dicen “El Termómetro”. Los presos le han puesto así porque siempre “está caliente” a causa de las peleas entre reclusos y la violencia que impera en el lugar. En medio de eso, un hombre que habla como un locutor de televisión pasa ahora sus días. Una vez, hace tiempo, narró en su voz y sus escritos el paraíso socialista y las manchas que debían erradicarse para que fuera perfecto.

En las noches, cuando los guardias apagan la luz y llaman al silencio, coloca bajo el colchón las hojas repletas de una letra apretada que después pondrá en improvisados sobres. De esa pasión por escribir cartas que lo llevó a prisión, cuelgan ahora todas sus ilusiones de quedar en libertad.

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