Ya no hay que fusilar a Retamar

Sobre las irreconciliables diferencias entre el recientemente fallecido Carlos Fuentes y Roberto Fernández Retamar

LA HABANA, Cuba, junio, 173.203.82.38 -En su ensayo Calibán, escrito en 1971, el escritor cubano Roberto Fernández Retamar arremete contra dos importantes figuras de la literatura latinoamericana: el argentino Jorge Luis Borges y el mexicano Carlos Fuentes.

En ese texto, escrito al calor de la furia que le causaron a Retamar las críticas al Primer Congreso de Educación y Cultura, y la algarabía por el encarcelamiento del poeta Heberto Padilla, el presidente de la habanera Casa de las Américas no le perdona a Borges el haber expresado que su tradición era Europa, y mucho menos la firma de un documento en 1961 en apoyo de la brigada 2506 que desembarcó en Playa Girón. Concluye calificando al poeta argentino como un típico representante de la “decadente” burguesía.

Con respecto al novelista mexicano, Retamar no concibe que Fuentes le fuese retirando el apoyo a la revolución cubana a medida que esta se adentraba en la doctrina marxista-leninista. Además, estima que el escritor azteca fue uno de los líderes de lo que califica como “la mafia mexicana”, el único equipo nacional de escritores que había roto con el castrismo a raíz del caso Padilla. Al final de sus ataques, Retamar considera que Fuentes era un vocero de la misma clase social a la que pertenecía Borges, aunque evalúa al mexicano como un escritor muy inferior al argentino.

Se conoce que Fernández Retamar, en sus tantas versiones del personaje de Calibán que escribió posteriormente, fue suavizando sus puntos de vista sobre Borges; sin embargo, en poco o nada varió su juicio acerca de Carlos Fuentes. Y, al parecer, tales críticas hirieron la susceptibilidad del novelista mexicano, el cual, justo es consignarlo, nunca fue un fanático adscripto a determinada ideología, sino un intelectual honesto que defendía su criterio en todas las tribunas. Según nos cuenta su compatriota Jorge Castañeda, en su libro La utopía desarmada, en más de una ocasión las autoridades culturales cubanas invitaron a Fuentes a visitar la isla, pero su respuesta, tal vez medio en serio, o medio en broma, siempre era invariable: primero tienen que darle paredón de fusilamiento a Fernández Retamar.

He traído a colación lo anterior a raíz del reciente fallecimiento de Carlos Fuentes, que deja un gran vacío en el mundo literario de habla hispana. Los que tuvieron la oportunidad de leer La muerte de Artemio Cruz o La región más transparente, por solo citar dos de sus novelas más conocidas, advirtieron enseguida que se trataba de un narrador fuera de serie. Cuando en 1990 el poeta mexicano Octavio Paz obtuvo el Premio Nobel de Literatura, fuimos conscientes de que pasarían muchos años para que ese galardón recayera en otro escritor latinoamericano. Todo debido a esa costumbre que, al parecer, está guiando en los últimos tiempos las decisiones de los académicos suecos, y que consiste en rotar el preciado lauro por zonas geográficas y culturas diferentes.

Veinte años después, cuando los ojos de los académicos volvieron a posarse en América Latina, casi todos sabíamos que había dos figuras que descollaban: Carlos Fuentes y el peruano Mario Vargas Llosa. Por supuesto, muy merecido el Nobel para este último, aunque Fuentes también era digno de él.

Se ha ido Carlos Fuentes sin el Premio Nobel de Literatura, como, curiosamente, le sucedió también a Jorge Luis Borges, el otro denostado entonces por el ensayista cubano. Y no es que pensemos que una trifulca entre escritores pueda conducir a que uno se alegre del fallecimiento de otro. No obstante, no sería de extrañar que Roberto Fernández Retamar haya sentido cierto alivio por estos días.

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