Viaje a pueblos muertos (2 y Final)

Para extinguir al campesino cubano, pretendieron colectivizarlo en koljós estalinistas, diluyendo lo que más ama, la tierra

PUERTO PADRE, Cuba, julio, www.cubanet.org -Las leyes de reforma agraria, de mayo de 1959 y octubre de 1963, lejos de ser vehículos para incrementar la población campesina, fue el instrumento jurídico empleado por el régimen para impedir al obrero agrícola transformarse de proletario en propietario, según cánones estalinistas. No bastándole con mantener una masa de asalariados en condiciones semejantes a las del empresariado que tanto criticó, el régimen concibió nada menos que la extinción del campesino cubano.

Al respecto, diría el propio Fidel Castro: “Al organizar aquellas cooperativas en las empresas cañeras, dábamos un paso adelante en relación a lo que había significado la parcelación de aquellas tierras… desde el punto de vista social había sido un retroceso, porque aquellos obreros los habíamos transfigurados de obreros, de proletarios, en campesinos”.

Se refería a las tierras expropiadas al latifundio, las que, en lugar de incrementar la propiedad campesina y con ella la población rural, entregándosela a quienes la trabajaban, originaron el Estado latifundista. Esas son hoy las miles de hectáreas de terrenos de labranza declaradas ociosas, sin producir durante años, causantes del desabastecimiento de productos agrícolas y de los precios prohibitivos.

Para extinguir al campesino, pretendieron colectivizarlo, diluyendo lo que más aman, la tierra, en esa suerte de koljós estalinistas al que llamaron Cooperativas de Producción Agropecuarias (CPA). El crimen de lesa humanidad no se produjo por completo, gracias a la resistencia ofrecida por algunos campesinos, y, finalmente, por el derrumbe de la Unión Soviética, al verse privado el régimen del sostén económico que necesitaba para esta aventura de magnitud genocida.

Desaparecido el batey, núcleo socioeconómico, de apoyo logístico y espiritual en la vida rural, los campesinos apocados, los que no confiaban en sí mismos, se integraron a las CPA.Y otros le “aportaron” sus tierras, a cambio de una pensión vitalicia, o las vendieron para comprarse una casa en la ciudad.

Ya para 1975, 66 mil campesinos se habían integrado a las CPA, 97 mil mantenían sus propiedades asociados a las Cooperativas de Créditos y Servicios (CCS), mientras recibían un acoso sistemático, en forma de “persuasión”, para integrarlos. Y sólo unos 9 mil campesinos mantenían su estatus individual en las llamadas Asociaciones Campesinas, unas 250 en todo el país. Las CPA sumaban 1 398, según fuentes oficiales.

Pese a tan tremendo acoso sociopolítico para conseguir la colectivización del campesinado cubano, no pocos se mantuvieron firmes en sus terruños, y, cuando la mayoría de las CPA cayó en bancarrota, serían ellos, los apestados, quienes llevarían el peso de numerosas producciones agrícolas en el país.

Hoy, se exige a los habitantes del campo (20 % de la población, aproximadamente) que, con apenas recursos y sin incentivos materiales y espirituales, produzca no sólo para alimentar al 80% que viven en las ciudades, sino también a la industria turística y a los usufructuarios de una política basada en la diplomacia de vitrina.

El campesino cubano es víctima del desprecio oficial y de la ridiculización caricaturesca de casi toda la sociedad. No en balde nuestra debacle en la producción agrícola. Luego de provocar el abandono del campo, el régimen pretende ahora hacerlo productivo entregando tierras baldías en usufructo. Hasta hace muy poco, se prohibió a los usufructuarios fabricar un bohío en las tierras cultivadas. Ya se les autoriza, constituyendo el primer paso en el largo camino para repoblar el campo cubano.

¿Renacerá la aldea en Cuba? Le llamemos batey, chucho, caserío… debe ser el punto más cercano entre la familia campesina y la ciudad, donde el comerciante y el herrero, entre no pocos del clan citadino, se encuentran con el agricultor, entendido este como el encuentro más amigable entre lo urbano y lo rural. Presencia rural encontramos hasta en las ciudades proyectadas por el urbanismo más presumido, la sentimos en los árboles, las flores y el césped; está en la literatura, el cine, la danza, el teatro y la música. Luego, si en realidad queremos una Cuba próspera, con una cultura rural reanimada, ¿cómo negar la presencia urbana en el ambiente campesino?

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Alberto Méndez Castelló

Alberto Méndez Castelló (Puerto Padre, Oriente, Cuba 1956)
Licenciado en Derecho y en Ciencias penales, graduado de nivel superior en Dirección Operativa. Aunque oficial del Ministerio del Interior desde muy joven, incongruencias profesionales con su pensamiento ético le hicieron abandonar por decisión propia esa institución en 1989 para dedicarse a la agricultura, la literatura y el periodismo. Nominado al Premio de Novela “Plaza Mayor 2003” en San Juan Puerto Rico, y al Internacional de Cuentos “ Max Aub 2006” en Valencia, España. Su novela “Bucaneros” puede encontrarse en Amazon.

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