Una profesión sin presente ni futuro

Nuestros jóvenes economistas no desean trabajar en entidades donde todas las decisiones profesionales vienen “de arriba”

LA HABANA, Cuba, mayo, 173.203.82.38 -Mucho se ha hablado y escrito, en los últimos tiempos, acerca de la gran cantidad de jóvenes cubanos matriculados en la especialidad de Contabilidad, en los institutos politécnicos de nivel medio, lo cual torna muy difícil su ubicación laboral una vez que se gradúen.

Con independencia de la real predilección que sientan muchos de ellos por esta materia, lo cierto es que Contabilidad constituye una de las escasas opciones con que cuentan los estudiantes que terminan la secundaria básica y desean evadir las poco atractivas especialidades relacionadas con la agricultura y la construcción, que hoy disfrutan de la máxima promoción por parte de las autoridades educativas de la isla.

Sin embargo, otro es el panorama si miramos a la educación superior. Se conoce que la mayoría de los estudiantes de preuniversitario no tienen las especialidades de Economía entre las primeras opciones de carreras universitarias, y solo las matriculan si no les otorgan las carreras de su preferencia.

Semejante carencia de vocación, a no dudarlo, compromete la calidad y dedicación de los futuros profesionales de la economía, y también atenta a mediano plazo contra el nuevo esfuerzo de los gobernantes por ubicar todo lo relacionado con la economía en los primeros planos del acontecer nacional.

En una entrevista, aparecida en el semanario Trabajadores (edición del lunes 9 de abril), el doctor Joaquín Infante, Premio Nacional de Contabilidad, y asesor de la oficialista Asociación Nacional de Economistas de Cuba (ANEC), se lamenta del desdén de los jóvenes hacia los estudios económicos en los predios universitarios.

Según Infante, los economistas cubanos, en su trabajo diario, afrontan una serie de tropiezos que hace que los estudiantes de preuniversitario, al tanto de esos problemas, se inclinen por carreras ajenas a la economía.

Entre esos inconvenientes, destacan: inadecuadas condiciones laborales, tanto en los locales como en el equipamiento y los insumos; una retribución salarial que no se corresponde con la importancia de un trabajo que pudiera contribuir al logro de la eficiencia empresarial; la no instrumentación de un sistema de estímulos morales y materiales; así como la poca atención que se les presta a los jóvenes economistas en las entidades donde laboran, lo que no motiva la permanencia de ellos en dichos centros.

Con todo, nos parece que el señor Infante ha obviado un elemento esencial, y que denota lo insustancial del trabajo de buena parte de los economistas cubanos. Porque un verdadero economista debe estar en condiciones de asesorar al gerente o director, en temas tales como: quiénes deben ser los proveedores de la entidad, qué materias primas adquirir, qué tratamiento darle a los clientes, a qué precio lanzar al mercado los bienes y servicios, y qué hacer con las ganancias que se obtengan.

Y, por supuesto, muy pocas decisiones como esas pueden ser tomadas por las empresas, ya que es proverbial la falta de autonomía que por lo general padecen.

Por lo tanto, es natural que los jóvenes, además de soportar los infortunios ya mencionados, no deseen que su futuro transcurra en entidades donde las decisiones vengan “de arriba”, y donde sus jornadas laborales transcurran entre bostezos, detrás de un buró.

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