Una abuela de Santa Fe

De regreso a casa, me encuentro en la pantalla del televisor con José Juan Ortiz, de visita en Cuba, enviado por la Organización de las Naciones Unidas para la Infancia

LA HABANA, Cuba, junio (173.203.82.38) – Mi amistad con Aurora comenzó en la tienda de la calle 1ra de Santa Fe, al oeste de La Habana, donde ya apenas se vende ropa vieja traída del extranjero, porque está siendo sustituida por ropa nueva  hecha en China. Buscaba, en un cajón algunos shorts para sus nietos y no halló ninguno.

-Los shorts chinos no les servirán. Mis nietos son altos, envueltitos en carne. Tremendo problema con la ropa ahora –me dice.

Pero a Aurora no le preocupa tanto la ropa de los nietos como un drama que sufre desde hace años en su casa. Sus hijos, ya adultos, rechazan el castrismo, mientras sus nietos, los hijos de esos hijos, tienen que ser pioneros, jurar cada día en las escuela que serán como el Ché y estudiar la historia de Cuba con libros donde siempre aparece Fidel Castro como un hombre muy bueno.

-Es un arroz con mango que muchos no comprenden -expresa  con desánimo, como si el asunto no tuviera solución.

Me despido de Aurora y le prometo que si en algún momento veo shorts apropiados para niños de diez y doce años, le avisaré.

De regreso a casa, me encuentro en la pantalla del televisor con José Juan Ortiz, de visita en Cuba, enviado por la Organización de las Naciones Unidas para la Infancia –UNICEF. Un hombre tan alejado de la verdadera problemática social cubana, que oírlo da ganas de llorar.

Pero hasta cierto punto es lógico que así sea. Estos expertos que nos visitan con frecuencia jamás se quedan a vivir por un tiempo en un barrio de Cuba, para investigar cómo andan las cosas. Ortiz le contó al periodista Fernando Ravsberg, de la BBC, en La Habana, que trabaja “junto con el Ministerio del Interior”. ¡Qué clase de colaboradores se buscó el especialista!

Es evidente que al enviado le gustan las dictaduras y bien duras. Cuando le preguntan si hay desnutrición infantil en Cuba, suicidios y prostitución de jóvenes y niños, responde que mucho menos que en otros países donde se ha detectado una “situación grave”.

Es obviamente escurridizo el señor Ortiz. Según le contó a Ravsberg, para él  no existe un estado que no ideologice a sus niños; “unos persignándose y otros diciendo seremos como el Ché”.

¿De dónde habrá salido Ortiz, que no parece saber que en los países libres hay escuelas de todo tipo y cada cual trata de mandar a sus hijos a la que le conviene, si no le gusta lo que les enseñan en las otras?

Para que entienda mejor la realidad cubana, le recomendaría al especialista de la UNICEF que lea una crónica que se publicó en CubaNet en septiembre de 2005 titulada Niños de discursos, escrita por el periodista Luis Cino. Y si visita Santa Fe, voy a presentarle a mi amiga Aurora, para que le cuente lo que pasa con sus nietos; aunque va a ser difícil si el hombre viene con sus amigos del Ministerio del Interior.

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