Un tratado de la sumisión

Un tratado de la sumisión

Para Luis Báez, el periodista no tiene que ser objetivo e independiente, sólo revolucionario

LA HABANA, Cuba, diciembre, 173.203.82.38 -El periodista Luis Báez arriba a sus 75 cumpleaños. Se trata del autor de varios libros dedicados a Fidel Castro, entre ellos Absuelto por la historia, El mérito es estar vivo, y Así es Fidel. Pero también de otros textos de entrevistas como Los que se fueron, Los que se quedaron, y Secretos de generales. Por cierto, estos dos últimos, tal vez más que ningún otro, develan facetas del accionar poco escrupuloso de los gobernantes cubanos.

En Los que se quedaron, por ejemplo, hallamos la represión contra los que se suponían desafectos políticos a raíz de los sucesos de Playa Girón en 1961. Hasta un intelectual que después devino un castrista consumado, como Enrique Núñez Rodríguez, en ese momento fue a parar a la cárcel. Secretos de generales, por su parte, nos muestra la activa participación de militares cubanos en movimientos guerrilleros de otros países.

Pero sucede que Luis Báez no ha sido un periodista cualquiera, sino un hombre que se vanagloria en afirmar que su gran valor no son los libros que ha escrito, sino su lealtad a la revolución y a Fidel Castro. Esta autocensura que se impone jubilosamente el señor Báez, no solo es criticable desde el punto de vista de los que amamos la objetividad y la libertad de expresión. Lo es también desde la propia posición oficialista que trata de aparentar cierta apertura.

En momentos en que el Proyecto de Documento Base para la Primera Conferencia Nacional del Partido Comunista de Cuba aboga por que los medios de comunicación masiva “sean una plataforma eficaz de expresión para la cultura y el debate, ofrezcan caminos al análisis y el ejercicio permanente de la opinión, desarrollen un periodismo objetivo y de investigación que destierre la autocensura, y suprima las nocivas manifestaciones del secretismo”, el señor Luis Báez se aparece con criterios enmarcados en un periodismo de abyección que nos traslada al culto a la personalidad de Stalin, Mao y la dinastía Kim en Corea del Norte.

Veamos pues esas opiniones que publica el periódico Juventud Rebelde (en su edición del sábado 26 de noviembre), en una entrevista a propósito del referido cumpleaños. Con respecto a la objetividad, Báez expresa lo siguiente: “Todo lo que perjudica a la Revolución, yo no lo hago, no lo publico. Lo que beneficia a la Revolución es lo que publico. No creo que el periodista tiene que ser objetivo e independiente; aquí el periodista tiene que ser revolucionario, porque tenemos a 90 millas a Estados Unidos, y tenemos un bloqueo”.

Cuando le preguntaron por el reto que enfrenta el actual periodismo cubano, Báez declara que “Primero que todo, para ser periodista hay que ser revolucionario. Si tú no eres revolucionario, no puedes ser periodista, ese es el principal reto”.

Y al referirse a la censura, el entrevistado aprovecha para ofrecer la respuesta que más debe de haberle agradado: “No existe la palabra censura en mi trabajo, me censuro yo. Soy consecuente con mi trabajo, nada que pueda herir a Fidel, tú lo verás en mis libros. Yo soy fidelista por encima de todas las cosas, yo soy castrista de Fidel y de Raúl”.

No dudo de que estemos en presencia de una especie de pieza museable que despierte la curiosidad de quienes se acerquen a ella, pero que, sobre todo, denota su anacronismo.

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