Un lugar a donde regresar

Casi todos los cubano-americanos que visitan Cuba no quieren saber de disidentes, ni “buscarse problemas”

LA HABANA, Cuba, septiembre, 173.203.82.38 -Tengo un amigo que vive en Coconut Grove desde hace más de 15 años. Dice que no le interesa la política en lo absoluto. Como casi todos los cubano-americanos que visitan Cuba, que no quieren saber de disidentes y mucho menos “buscarse problemas con esta gente”.

Recuerdo que era un muchacho tímido y aburrido, que no tenía casi nunca con quién salir. A cada sitio que iba siempre daba la impresión de que estaba fuera de lugar.

Tiene 47 años, pero aparenta 30. No sé cómo se las  arregla, pero se ve diferente: elegante, desenvuelto, con ademanes de hombre de mundo.  A nadie se le ocurriría que alguna vez fue un perdedor a tiempo completo y sin esperanzas.

No había vuelto a Cuba  porque temía  chocar con el pasado. Pero me confiesa que -de visita, claro- muchas de las cosas malas ya no se lo parecen tanto. “Lo cual no quiere decir tampoco que sean buenas”, aclara.

Hasta le ha cogido el gusto a algunas cosas que detestaba, como bailar casino, darse un atracón de lechón asado, congrí y plátanos a puñetazos,   emborracharse con sus primos y jugar dominó en el portal. Sólo que cuando los parientes y los vecinos se exceden en los gritos y la chusmería, vuelve a sentirse fuera de lugar.

Hasta los parientes que antes apenas lo trataban porque lo consideraban un bicho raro, ahora lo adoran y se desviven por escuchar sus historias “del más allá”. Ser finalmente aceptado por su familia le ha costado muchos dólares. Pero por mucho que se esfuerza por quedar bien con todos,  no logra resolver ni la cuarta parte de sus problemas: reparaciones de casas, fiestas de quince, bodas, una ayudita para montar un timbiriche. De tantos que son –los parientes y los problemas- varios millones de dólares no le alcanzarían.

Se queja de algunos inconvenientes. Echa de menos el aire acondicionado. El calor es el mismo de siempre, pero las moscas y los mosquitos ahora son más. Y las santanillas, que se han mudado de los matorrales al interior de las casas.

De los atracones, las tantas cervezas,  el cambio de agua o por los nervios, agarró unas diarreas que por poco lo matan. Por suerte, los cocimientos de la tía Josefina  todavía sirven para curar casi cualquier mal.

Me cuenta  que al fin logró acostarse con Loreley. Nunca se atrevió a confesarle cuanto le gustaba,  por su timidez y porque no tenía nunca dinero para invitarla a algún lugar que valiera la pena. Además, porque ella no ocultaba que buscaba un  extranjero que se la llevara “pa fuera”.

Ahora, cuando la invitó “a dar una vuelta por ahí”, no tuvo que insistir. Cuando terminaron de comer en La Cecilia, a pesar de que él le comunicó que estaba casado con una americana desde  hacía 12 años y le enseñó la foto del niño, ella le dijo: “Vamos para mi casa, que esta noche nos la debemos desde hace muchos años”. Después que hicieron el amor, se sintió un poco decepcionado. Loreley se conservaba mejor de lo que suponía –con un poco de imaginación, hasta se le dio cierto aire a J Lo, sólo que  más ajada- pero fumaba como una condenada (“es el stress, sabes”, le advirtió), hablaba demasiado alto, decía malas palabras cual carretonero y su sexo olía y sabía a cerveza Bucanero con un ligero toque agrio.

“Brother, el viaje ha sido muy lindo, me probé muchas cosas a mí mismo y ya sé que tengo un lugar a donde regresar, pero  en largo tiempo vuelvo a Cuba, si es que alguna vez vuelvo, porque al final, todo es muy triste”, me dijo muy serio, en plan de confesiones, el día antes de su partida.  Por un momento, me pareció tener delante al mismo muchacho apocado de hace 20 y tantos años, que se acomplejaba cuando le decían que se parecía a Juan Primito y que no se sentía a gusto en ningún sitio.

luicino2004@yahoo.com

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